viernes, 14 de julio de 2017

TORTILLA A LAS FINAS HIERBAS


El tío Inazio, es un abuelete dicharachero y jovial con el cual mantengo a veces conversaciones divertidas, interesantes o enigmáticas. Esto último se da cuando comienza a divagar hurgando en sus recuerdos y ni él puede aclarar cuál es el tema o la cuestión de su perorata.


Hemos trabado amistad en el comedor del Restaurante La Republicana donde suelo acudir a menudo a almorzar ya que resido solo y me pilla cerca. No es su caso pues vive en una residencia, según explica, en la calle Predicadores y de allí a Méndez Núñez hay un paseo, pero se «escapa» cuando el cuerpo le pide cambiar de dieta. Además el ambiente, la decoración y el local, le recuerdan tiempos pasados. No le gustan las moderneces estridentes.

—Hijo, me cuidan muy bien pero yo necesito cambiar de menú de vez en cuando.

Siempre que hemos coincidido, ha pedido cocido montañés para comer. Aunque añora el que hacía su madre cuando tocaba segar a corbella, a mediados del siglo pasado.

—Ese sí que era un cocido como dios manda. Unas rebanadicas de pan en la fuente y un chorrico del caldo sobre ellas y las sopicas sabían a gloria. Pero no creas echo de menos el segar a mano, aquello era matador aunque de algunas joticas se deduzca que era como ir de fiesta.

Pudiera parecer que la diferencia de edad nos debía separar, pero a mí me interesan muchísimo las historias de la gente mayor y el tío Inazio, puede que historias no tenga —o se las guarda— pero edad y experiencia, un montón. Además, si puedo seguir un hilo conductor, me gustaría dejar constancia escrita de sus vivencias para entregárselas un día; que como comprenderá el lector de este recopilatorio, no se han producido de un tirón…

— ¿Y para qué necesito yo eso? Quita, quita —me dice.

— ¿Cuándo y porqué vino usted a Zaragoza?

— «Mira maño, en aquellos años la desbandada de los pueblos fue general. En el mío se marcharon familias enteras. Las hubo que vendieron todo cuanto poseían, casa incluida, para poder dar la entrada de un piso en el extrarradio de la ciudad. Sesenta u ochenta mil peseticas costaban. En mi caso, a pesar de no tener tierras suficientes ni medios para cultivarlas, mis padres, y en especial mi madre, no deseaban que yo me marchara, así que malvivía dejando pasar el tiempo y la oportunidad de una nueva vida. Un desgraciado accidente que no deseo recordar, puso fin a mi vida de labrador sin vocación. En ese momento, yo, tenía 16 años»

—Oiga señor Inazio, vaya cabronada ¿no?

—Sí hijo sí.

—Eso dio pie para que usted marchara del pueblo ¿Y después?

—«Un tío de mi madre me buscó un trabajo; bueno por mediación de un amigo suyo. Sin comerlo ni beberlo, el día 1º de mayo me encontré de pinche de cocina en el Hotel Oriente, junto al cine Coso. El catetico de pueblo vestido de blanco, como en la primera comunión. Tuve la sensación de que todas las hostias tenían dueño, iban a ser para mí, como así sucedió. Yo hacía las cosas que me ordenaban pero había una despensera desconsiderada (querida o amante, como prefieras, de uno de los jefes del hotel), que me tomó por un pelele y se me atravesó; esto comenzó a complicarme la existencia.

La verdad es que el cambio no supuso un contraste insalvable con la vida de labrador irredento anterior. Me adapté bien y como no conocía otra cosa, tampoco la podía echar de menos. Había tardes que me hacían quedar de guardia, no sé para qué pues no sabía ni freír un huevo, y yo las aprovechaba para husmear en los dominios de la despensera, merendar lo que había a mano y de paso darle algún tiento a las botellas de vino, abiertas, que la bruja aquella guardaba en sus estanterías. El cine Fuenclara estaba tan cerca, que la voz de la pantalla se escuchaba perfectamente desde la cocina.

La hora nocturna de salida del trabajo, me hacía correr la mayoría de las noches desde el hotel a la parada del tranvía de Escuelas Pías; si perdía el último tranvía, debería subir andando hasta las tapias del Manicomio junto a la calle Barcelona, lugar donde vivía el tío y mi pensión provisional. En aquella época, casi todo eran campos yermos con algún edificio aquí y allá. Me aprendí bien el recorrido; a la mañana, a las siete y media, había que encender la cocina para dar los desayunos.

Una de las cosas que menos me gustaba hacer por su dificultad –al menos así lo creía yo- era los caracolicos de mantequilla para untar en las tostadas del desayuno; había días que no salía ni uno. Y sí, hubo una cosa que me llamó la atención y no se me ha olvidado: a la tortilla con perejil, la llamaban «tortilla de finas hierbas». Toma ya; en la cocina como en el circo, hay mucha fanfarria. Y las sobras del almuerzo, crema de no sé qué para la cena.

Tuve suerte con los cocineros mayores, que eran tres. El señor Santiago, viendo que las cosas empeoraban a ojos vistas con la despensera, y dado que deshacía la cama con el gerente, me buscó otro trabajo y a mitad de julio marché al Restaurante París, en el Paseo las Damas, de ¡¡Ayudante de cocina!! No iba a variar la faena, pues seguiría siendo el pinche de cocina, eso sí, cobrando ¡¡300 pesetas más!! O sea, 1.200. Que eran las que a mí me quedaban tras pagar la pensión. Con los años, me di cuenta de una cosa de capital importancia a la hora de la jubilación: en el hotel Oriente me dieron de alta en la Seguridad Social desde el primer día. Otros “empresarios” granujas, no lo hicieron nunca».

—Se ve que tuvo poca suerte en su primer empleo.

—Y que lo digas Juan y que lo digas. Todavía desconocía el teorema de Pitágoras según el cual se necesitan dos o más cateticos para igualar a una hidepotenusa. (Y yo estaba solo). Al menos había tres líos que yo recuerde. La despensera y dos camareras se entendían con otros tantos fulanos del hotel. Los cocineros, pobrecicos, no se comían una rosca. Los fogones no resultan afrodisiacos.

A veces en la sobremesa, mientras tomamos un café, se queda como traspuesto mirando los objetos y fotos de las estanterías y vitrinas.

—«Esa balanza ahí expuesta, me recuerda a la que había en la tienda de mi pueblo. Esa es marca Berkel y aquella era Magriñá. Estaba muy bien amaestrada ya que nunca se equivocaba en contra de la casa. La tienda era de la tía Carmen y su marido, que también ejercía de herrero. Y no solo eso, café y baile incluidos. Los recuerdos que guardo desde que era un canijo hasta que cerraron por fallecimiento de ella...

Los días de fiesta, el café ubicado en la primera planta, se ponía a tope de hombres discutiendo las jugadas de guiñote o subastao. Y con una tufera a cuarterón que echaba para atrás. Anda que no tendré yo compraos cuarterones y librillos de liar para mi padre; allí, también era el estanco. Los críos ya borregoncetes, liábamos jormos de estepa y hojas de pataqueras con papel de estraza. El primer paquete de tabaco colectivo que compramos los colegas, para las fiestas de san Blas, fue un rubio que llamaban Las Tres Carabelas.

Por la tarde, los domingos y fiestas de guardar, el patio de la casa se llenaba de mozos y mozas a la hora del baile. El tío Mininas, era su mote, como los críos incordiábamos y no hacíamos caja, —con una jícara de cacahuetes, si llegaba, cubríamos el cupo—, nos encorría a pescozones el muy jodido. Hasta que llegó nuestro tiempo de ser los bailones.

Un año los quintos, echándole más morro que el oso hormiguero, le robaron los conejos del corral a la tendera y con toda la caradura del mundo le pidieron que los cocinara. Lo cual hizo la buena mujer quizá desconociendo la procedencia.

Había otra tienda, más pequeña, de comestibles y bebidas. A ella daba gusto ir en época del matacochino, por las especias tan aromáticas necesarias para el mondongo».

—Sabes Juan, el nombre de La Republicana que ostenta este establecimiento, no creo lo hubieran permitido hace unos años. Debieron pasar muchos abriles desde que salí del pueblo, para tomar conciencia “política” de nuestra situación como ciudadanos en lugar de siervos. No se añora lo que se desconoce; en esa tesitura nos encontrábamos la mayoría de los habitantes de esta nación. En aquellos nuestros pueblos y aldeas perdidos en el culo del mundo, solo existían los caciques en mayor o menor grado, los civiles, a los que se temía porque eran intocables —a un hermano de mi padre le dieron una paliza sin motivo y lo dejaron por muerto— e impunes sus acciones, y el cura que anotaba y apuntaba a veces excesivas cosas.

—Pues no crea usted señor Inazio, existen todavía demasiados nostálgicos de aquella época y sus métodos. Tenemos suerte de que como dice la zarzuela: «hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad», pues de lo contrario hubiéramos vuelto a las andadas; aunque lo intentaron.

Hay ocasiones en las que, sin solución de continuidad, cambia de tema con lo que me deja descolocado o in albis. Sobre todo, cuando habla o eso parece, de sus amores infantiles, juveniles…u otras cosas. A fuerza de insistir conseguí averiguar un día de qué me estaba hablando.

—«Lo que te voy a contar, nunca se lo he dicho a nadie, aunque ahora carece de importancia para mí y no me crea ningún problema de conciencia. El fulano que me proporcionó el trabajo en el hotel Oriente, tenía una tienda de distribución de vermú Aquila Rossa en la calle Las Armas, frente a donde el tío de mi madre regentaba un establecimiento de bebidas domésticas. El muy cabrón era un bujarrón que quiso abusar del pueblerino y me invitó al Oasis. En un reservado, quiso meterme mano y que le tocara a mi vez su pene; justo le vino, le agarré las pelotas y se puso a chillar como un cerdo, parando la función de Jusepe y la Pilara… Me largué echando leches. Nunca más lo volví a ver».

En un intento de desviar su atención, le pregunto sobre la cocina actual.

— ¿Qué opinión le merece la cocina moderna, esa de “alquimia”?

—«La verdad es que me pilla ya mayor esa moda. Cierto es que en todos los ámbitos de la vida hay que progresar y buscar nuevas ideas y horizontes; aunque no es lo mismo dar de comer a un jornalero que a un político. Básicamente porque el obrero necesita energía y se paga la comida, en tanto el segundo… vive a costa del trabajo del primero. (No es precisamente políticamente correcto el abuelo ¿eh?) Quiero decir que el pueblo, el trabajador, necesita en su plato cosas con sustancia y nada etéreas, con fundamento, según frase que ha hecho famosa Arguiñano, mientras que hay otras gentes, consumidoras de esas novedades, a las que les ocurre como al rey desnudo.
To be continued....

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