viernes, 1 de septiembre de 2017

SEPTIEMBRE

El mes por antonomasia de la melancolía.

Del verano que se fue; del amor que nunca volverá; de los días largos y soleados.... La playa se queda triste y sola, como la Tuna, abandonada por la muchedumbre bullanguera, las pieles bronceadas o escocidas, los besos piratas y algún que otro escarceo amoroso al que el mar dio su manto protector e íntimo.

Realmente resulta depresivo contemplar la playa en un día tormentoso. Perdidos los ecos de los gritos infantiles, las figuras gráciles de las muchachas y hasta la orondez incontenida e incontenible del rebosante bañador de la señora María, se echan de menos. Solo quedan los irreductibles a los que nada asusta o impide darse un chapuzón.

Nubes negras de fuerte marejada inundan el horizonte y el agua bate sin cesar la playa en un íntimo placer por deshacer lo que el hombre -y a veces el mismo mar- tan laboriosamente prepararon. Toneladas de arena serán arrastradas mar adentro en un ininterrumpido ir y venir; pero no tendrá misericordia si esa arena fue llevada para robarle su espacio, no perdonará y desaparecerá. 

Nubes negras que arrasarán mentes, gargantas y pensamientos soñando en lo que pudo ser y no fue; de besos compartidos y/o robados; de uniones desesperadas dándolo todo a sabiendas de que su continuidad es imposible. Habrá que armarse de valor y enfrentar un nuevo otoño en el que, salvo algún milagro inesperado, solo quede la esperanza de un nuevo verano quizá acompañado de nuevas inquietudes. Pero para eso falta un año y el ánimo ahora no está ahora para tirar cohetes. Hasta Les Falles.

Que el otoño os sea leve, lector@s.

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