sábado, 10 de febrero de 2018

MARIBEL

El preludio de este relato no lo puedo transcribir, pues no es mío. Básicamente se trata de una camarera de bar a la que no se le conocen antecedentes, es una desconocida a la vez que muy eficiente en su trabajo. Sin saberlo, dos policías que desayunan todos los días en el bar, acaban hallando el hilo de la historia debido a las continuas llamadas a la policía que una familia hace. O bien se pelea el matrimonio, o los gemelos se pierden, o el gato está enriscado; normalmente, cuando ellos acuden, los problemas ya han desaparecido; pero acaban siendo viejos conocidos. Este sería el desarrollo y epílogo a esa historia con esa longitud de caracteres, espacios incluidos.
Lo que sigue, es la sorpresa que el agente Román recibe cuando, habiendo acudido solo a una llamada, descubre que esa familia y ese domicilio, es el de la camarera.

Sin expresar el más mínimo gesto que denotara la sorpresa de este hallazgo, le cedió el paso saludándola, deseándole buenas noches, y saliendo a continuación de la casa.
A partir de este encuentro fortuito y sin dar a conocer su interés, cuando por las mañanas tomaba su desayuno en el bar café La Marina junto a su compañero Sánchez, discretamente, la observaba con la mirada. Sí, poseía un halo de belleza y misterio, como la Mona Lisa.

En una de las frecuentes llamadas a que les tenían acostumbrados la familia de Mel, sondeó a los padres sobre su situación. Metiéndoles un poco de miedo sobre  lo que podría ocurrir si la Junta averiguaba la situación doméstica de continua gresca conyugal, —la cual podía poner en peligro la custodia de los niños—, averiguo quien era la madre de una niña de cinco años de nombre Marisol: María Isabel, Mel.
He aquí pensó Román, tras la conversación con sus padres, el motivo de su tristeza, pero ¿y el marido o padre de la niña? Los progenitores vivían una situación similar a la de otros muchos hogares: padre pescador o peón de obra que va prematuramente al paro y que no encontrando trabajo debe acudir a la ayuda familiar. Estrecheces en el hogar que desembocan invariablemente en la misma realidad: broncas, alcohol, malos modos… de ahí las llamadas a la policía. La madre de Mel, entre sollozos confesó que a Rafa, el padre de la niña, la guardia civil lo detuvo por algo relacionado con la droga. Desde entonces no había vuelto a casa.
—Mel, el policía nos ha advertido que si continuamos armando bronca y llamándolos, la Junta podría quitarnos la custodia de los niños.
—Pues la solución es fácil: dejar de pelearos y que esta pareja de salvajes se olviden de armar jaleos.
—Mira quien fue a hablar, —le espetó su madre—. Ahora pretenderás darnos lecciones. Nosotros al menos no nos metemos en cosas raras.
—Pues si no dejáis de llamar la atención, la niña y yo nos marcharemos.
Indagando averiguó que el tal Rafael, era un punto de cuidado. Ligado al contrabando de droga de las planeadoras que cruzaban el estrecho y se refugiaban en Gibraltar, la guardia civil de Algeciras lo tenía fichado y la última vez lo pillaron con un alijo importante de hachís. (¡Jesús!. Gracias). Al menos esa era la acusación oficial. Con esos antecedentes, el futuro de su mujer y su hija no era muy halagüeño. De ahí que ella se viera obligada a trabajar de camarera.
En el bar poco a poco decayó el interés sobre la rubia, como la llamaban. Mel por su parte, cumplía a la perfección su cometido y los policías, perdido el inicial atractivo, dejaron de interesarse por ella. Sí que llamó la atención de la pareja de agentes el silencio que parecía haber ocultado a su familia. Ya no recibían avisos sobre desavenencias conyugales, ni pérdida de niños o del gato.
Por la comisaría circulaban rumores sobre el incremento de la actividad contrabandista y de que un nuevo capo había tomado las riendas del transporte y distribución de la droga, tabaco y todo cuanto fuera susceptible de trapicheo. Una vez más, se lamentaban del apoyo y la impunidad que los traficantes gozaban por parte de las autoridades de Gibraltar.
La osadía de los mismos, estaba alcanzando límites insultantes: incluso a pleno día con los bañistas en la playa, llegaban las planeadoras y una partida de braceros hacía desaparecer los bultos descargados en un santiamén. Cuando las autoridades aduaneras querían reaccionar, estos ya se habían esfumado.
Estando en comisaría Sánchez, el compañero de Román, fortuitamente escuchó a dos individuos alojados en una celda del calabozo.
—El otro día el Rastas y su novia, intentaron montar en el coche a la mujer del Rafa para llevarla a su casa.
—Este pájaro está intentando follársela. Según cuentan, le tendió una emboscada al Rafa cuando lo pillaron los civiles.
—Pues mal futuro tienen la mujer del Rafa y el Rastas. A la una la trincarán a la fuerza y al otro, el Rafa lo rajará cuando salga de la trena.
Cuando al otro día comenzaron el servicio le contó a Román lo que había escuchado.
—Ayer en comisaria escuché a dos detenidos hablar de Mel y su marido. Decían que le habían tendido una trampa cuando lo prendieron con el alijo para quitárselo de enmedio y trajinarse a su mujer.
—Ya te digo.
En días posteriores y en medio de la bahía, en aguas de Gibraltar hallaron un cuerpo con señales de violencia. Al parecer una vendetta pues el cadáver pertenecía al Rastas.
—Esta noche se prepara una redada y debemos participar en ella como apoyo y refuerzo de la guardia civil. Debemos controlar los accesos a la playa de Levante.
Su inmediato superior comunicó a los policías esas órdenes. El modus operandi de los narcos era muy parecido en todas sus actuaciones: cargaban el alijo de droga en una furgoneta y ocultaban ésta en alguna nave discreta y si se veían en peligro, en el remolque de un tráiler dispuesto a tal fin.
Llegada la hora, eligieron un lugar estratégico para cortar la retirada de algún narco en aquella calle/carretera. Cuando ya parecía que todo había sido una falsa alarma, apareció un coche a toda velocidad seguido por una patrulla de la guardia civil. Era imposible que pudiera pasar y la única alternativa era frenar o estamparse contra el coche policial. En vista de que no tenía la menor intención de detenerse, los agentes abrieron fuego contra las ruedas del vehículo que huía. La barrera de pinchos, salvó la mala puntería de los mismos y el coche acabo derrapando y deteniéndose a punto de chocar con el vehículo patrulla.
Pistola en mano, el agente Román se encaró con alguien que intentaba salir huyendo del automóvil.
—Alto, arroje el arma ¡Ya!
El ocupante no parecía muy dispuesto a cumplir la orden por lo que Román poniéndole el arma en la cabeza, lo conminó a arrojarse al suelo y rendirse. Una vez esposado, lo levantó del suelo girándolo. De no ser por el agente Sánchez, hubiera huido ya que la sorpresa paralizó a Román. La persona detenida era ¡Mel!
—Hola Román, venía a decirte que mañana no podré servirte el desayuno…

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