Amigos del castillo de Peracense

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miércoles, 26 de septiembre de 2007

Aquellos temibles monstruos...........


Aquellos temibles monstruos................
............que en las frías y heladas mañanas de invierno llegaban, jadeantes y resoplando envueltas en vapor y humo hasta casi hacerlas invisibles, a la falda del cerro del Morrón (curva prolongada a la derecha seguida de otra a la izquierda esquivando el pueblo) paso de san Marcos, donde comenzaba su particular calvario. Al llegar al paso de Ródenas, para enfilar la trinchera de la Calzada, ¡ay!, no había manera de seguir por mucho chof chof y taf taf que hicieran; allí parecían dar el último estertor y llegado su juicio final particular. Se quedaban clavadas, varadas, cual mula testaruda y cabezona. Cualquier intento de hacerlas reanudar la marcha era contestado por unas vueltas locas de las ruedas que , eso sí, no se habían movido un ápice hacia adelante. Los servidores entonces, echaban arena sobre los raíles anulando la escarcha y facilitando la adherencia.

Poco a poco, entre patinazos, resoplidos y jadeos, conseguían enfilar la trinchera del Arcillero, verdadero punto de inflexión a partir del cual, y tal vez presintiendo la cuesta abajo del Navazo buscando el valle del Jiloca, comenzaban a tomar marcha siendo a partir de esta última necesario refrenar su velocidad pues hasta llegar a Los Baños (estación de Teruel) atravesando la vega del Jiloca, ya todo era pendiente favorable. Luego a la vuelta, de vacío, pasaban por estos mismos lugares con gran estruendo y velocidad, pitando -como si no se les oyera-, (donde cada maquinista tenía su particular pitido; así al oírlo, ya sabíamos quien era el conductor), como vengándose del mal rato y la humillación pasados por la mañana en aquel trazado de la vía.

¡Y qué atractivo tenía para nosotros, la chiquillería!. Antes de meternos en una trinchera de la vía, auscultábamos la posibilidad de que el tren nos sorprendiera dentro; pero no nos alejaríamos de lo alto de la misma para ver pasar a la inmensa lombriz ocre, sus maquinista y fogonero y guardafrenos, y ¡¡cómo no!! tirar piedras a los vagones.

De alguna forma, el tren fué nuestro divertimento. Existía la atracción entre el temor y la fascinación ejercidas. Yo me "monté" varias veces en alguna de ellas. Mi padre, alimentaba aquella boca voraz e insaciable. Árduo trabajo el de echar carbón a pala para mantener la presión de la caldera. Aquellas máquinas de vapor, transportaron millones de toneladas de mineral de hierro desde las minas de Ojos Negros hasta la siderúrgica y el puerto en Sagunto, antes de ser sustituidas por las máquinas diesel y el posterior cierre y abandono de las minas y el ferrocarril. (Arrastraban una masa mayor a las 1.000 Tm en cada viaje).


enviado martes, 05 de septiembre de 2006 11:53 por WARRIORV

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