Yo tengo un castillo matarile rile rile

lunes, 1 de octubre de 2007

Alba-IBN SAHIM

ALBA - IBN SAHIM




Cuenta la leyenda, que el rey moro Ab El Racim tenía una hija a la cual pretendía casar con el rey moro de Valencia. Era una hermosa joven, lo cual hacía que sobre ella recayeran todas las miradas y deseos de los jóvenes -y de los menos jóvenes- palaciegos. Muchos eran los que en silencio sufrían de amores y calenturas por su causa. Pero temerosos de su padre y deseando conservar la cabeza en su sitio, se guardaban muy bien de manifestarlo.

No obstante, había un joven intrépido y audaz, de familia procedente del reino aunque no del círculo palaciego, que habiendo visto a la princesa se enamoró perdidamente de ella. Su enamoramiento le hizo perder la cautela y la sensatez. De este modo, no perdía oportunidad de verla y encontrarse con ella, lanzándole toda suerte de requiebros y palabras lisonjeras. Ella, que en un principio se sintió molesta pero no hasta el punto de delatarlo, poco a poco fue cayendo también presa del juego y del fuego, por cuanto secreto, emocionante y peligroso. Así, llegó un día en que hallándose tomando un baño en las frescas aguas del río Guadalaviar, el, saliendo de entre los cañaverales de la orilla desde la cual la espiaba, le declaró su encendido amor. Ella, atrapada en la misma red, le hizo ver entre caricias y palabras de amor, el gran peligro que el correría si eran descubiertos, pues su padre mandaría ejecutarlo. El joven era ciego y sordo a todo que no fueran los ojos negros de la princesa que le tenían hechizado y perdido el juicio.

Acaeció que en los días siguientes, por litigios con otros reyes moros, el rey decidió enviar a su familia bajo la tutela del rey de Aragón, del cual era vasallo, a un castillo fortaleza que el citado rey tenía en las estribaciones de la Sierra Menera dominando el valle del río Jiloca. Este era el que hoy conocemos como castillo de Peracense.

Cuando nuestro joven enamorado tuvo conocimiento de la marcha de su amada, sin pensárselo dos veces y a uña de caballo emprendió el camino hacia el castillo. Debía moverse con cautela para no ser descubierto, pues en todas las alturas de la sierra y estratégicamente situadas, existían fortificaciones y torres vigías que hubieran advertido de su presencia a las huestes aragonesas. Escondido durante el día, observaba las inaccesibles rocas sobre las que se alzaba la fortaleza. Agazapado entre los arbustos, pudo ver a su amada en una de las plazas interiores del castillo. Decidido a verla, aquella noche acometió la escalada. Algo que un hombre en sus cabales jamás se hubiera planteado.

El nuevo día le sorprendió colgado del acantilado sin poder avanzar ni retroceder. El sol denunció la presencia del ladrón. La guardia, tras ímprobos esfuerzos consiguió rescatarlo. No por salvarle la vida, sino para hacerle "cantar" el motivo de su asalto y escala. Ni una palabra consiguieron que dijera sobre el motivo real de su intento de penetración en el castillo.

La princesa se enteró de que había un prisionero al que habían sorprendido cuando intentaba escalar las murallas del castillo. Su corazón se exaltó pues conocía de sobra la osadía de Ibn Sahim. En un descuido de la guardia, logró ver al prisionero. Exhaló un grito y cayó desvanecida. Las condiciones de este, amarrado con grilletes y cadenas la habían dejado conmocionada. Este hecho, puso sobre aviso a los sirvientes que les acompañaban. Y al fin, por medio de interrogatorios a uno y a otra, averiguaron el motivo de la visita del asaltante.

Enterado el rey, padre de la princesa Alba, rogó al alcaide del castillo la entrega del intruso y dio órdenes de ejecución sumaria. La cual fue cumplida inmediatamente. Su cuerpo yacía al pie del acantilado en la piedra de la Horca. Enterada la princesa del trágico final de su amado, decidió quitarse la vida y reunirse con el en los jardines de Alá. Se lanzó al vacío desde lo más alto, quedando su cuerpo, ya sin vida, cerca del de su desgraciado amante.

Aún hoy, las aguas bajan rojas del castillo cuando llueve. Y en Los Casares, a veces se oye el desgarrado grito de la princesa al arrojarse al vacío.

Los romances propagados por la juglería y el pueblo en la edad media sobre la triste historia de la princesa mora y su enamorado, han llegado hasta nuestros días y tienen su reflejo en los Mayos de Albarracín, que también se cantaban en Peracense y en toda la serranía. Son las coplas que cantaba Ibn Sahim a su princesa y que los mozos han repetido año tras año a la entrada del mes de Mayo.

Publicado viernes, 08 de septiembre de 2006 17:41 por WARRIORV

PD.- Este relato fue plagiado e impreso como suyo por un sinvergüenza llamado Luis Zueco. Posteriormente, José Luis Adell y Celedonio García, basándose en él, lo replagiaron y escribieron. Yo no le he sacado ningún rendimiento; esos ladrones de relatos, sí.

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