Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 16 de diciembre de 2007

Créetelo, o no.

Les junté a todos. Eran cerca de 1.200 millones de católicos, 300 millones de ortodoxos, 600 millones de protestantes, 13 millones de judíos, 1.300 millones de musulmanes, 900 millones de hindúes, 700 millones de budistas, 110 millones de sintoístas, 27 millones de sijistas, 700 millones de taoístas y confucianos, 300 millones de creyentes en variadas religiones indígenas y sincréticas, 8 millones de jaimistas, y otros más que no recuerdo. A todos les di una silla y un pan, gesto que muchos agradecieron, y me dispuse a soltarles el sermón que tenía preparado para la ocasión. Como hombre entero que soy, os digo que convertir en bienaventurados a aquellos que, como yo, no han tenido acceso a dios, es tarea que nos atañe a todos, porque también a mí me incumben las preguntas últimas del hombre. Os digo también lo que ya sabéis: que no es que no quiera ver lo que para vosotros no son sino evidencias, sino que el don de la fe, que se dice por aquí, me ha sido negado. Como tercera cosa os digo que, más que religiosos, ateos o agnósticos, los tiempos exigen de nosotros que seamos lúcidos. Os digo en cuarto lugar que, sólo a condición de que compartamos el aire y la imaginación, la tierra y los afectos, el agua y los sentimientos, podremos convivir con la oscuridad de los misterios y el miedo a la nada. Os digo, en un lugar que ocupa el quinto de los dichos hasta ahora, que el rico mosaico de religiones existentes en nuestro mundo supone un hermoso monumento a la capacidad creativa del espíritu humano, y que esa diversidad, que debe ser preservada, no es sino la expresión viva de que el hombre nunca quiso quedarse a solas con sus preguntas e inquietudes. Aunque ya fue dicho antes en las tres veces que el mismo dios ha hablado, os lo recuerdo yo ahora que no soy dios pero aún tengo memoria para lo importante: dejar de joderme y de joderos: que nadie mate en el nombre de dios porque, como bien dijo quien no me acuerdo, incluso cuando se ve la verdad, este saber no da nunca a quien lo posee completa certeza de su validez. He terminado, dije por último. Este último decir resultó providencial porque, nada más decirlo, empezó a caer un aguacero tremendo que hizo que cada uno se fuera para su casa, y dios quedara, como es normal, en la de todos.

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