Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 20 de enero de 2008

Pelea

Aquella tarde, tuvimos baile en casa de Guillermín. Como todos los domingos o casi. Nos proporcionaban la música, Cristóbal y su acordeón. También, como casi siempre que hacíamos baile, habíamos comprado 1/4 ó 1/2 litro de coñá de garrafa en casa del tío Paco. A escote entre todos que tampoco éramos muchos. No tengo claros muchos detalles. Solo uno.
Siempre he sido una persona pacífica. Aunque algo discutidor, la violencia física nunca la he practicado. Me puedo comer el mundo, mas luego soy incapaz de matar una mosca. (Aunque si pudiera exterminarlas, no lo dudaría).
El caso es que aquel día debió de pillarme mal el cuerpo porque el coñá se me subió a la cabeza. Y lo que hasta entonces no había hecho, ocurrió. Discutimos -el coñá y yo- con Crispín a consecuencia de algunas manifestaciones suyas sobre la chica de la mochila azul. Las cosas fueron a mayores y decidimos irnos a la calle. No llegamos. En el patio, a oscuras, nos enzarzamos sin que nadie se preocupara de nosotros. Después de algunos zarpazos y bofetones soltados a ver que pasa, es un decir, acabamos por el suelo. Todo acabó rápido, sin mayores consecuencias. Hemos sido amigos y compañeros de correrías siempre que se ha terciado. (Crispín siempre ha sido mal bicho. Las palizas que le arreaba su padre, con otro, hubieran acabado. Fué el cerebro de la "güevada" de las chicas. Una tarde, le mangamos unos pepinos al tío Leandro del huerto y fuimos a comerlos a los sabucares aledaños. No he probado una cosa peor en mi vida. Aunque yo iba de "paquete", eso no me exonera de culpa).
El caso es que, con posterioridad, me fijé en el sitio donde se había desarrollado la batalla y quedé acojonado. Caímos justo al lado del tablero de una segadora allí almacenada. La que fue primera y última pelea por una mujer, casi acaba en tragedia; cualquiera de los dos pudo haberse matado de dar su cabeza contra los afilados y puntiagudos hierros de la segadora.
Aquel día, el alcohol, me sentó fatal.
Por cierto, la de la mochila azul, una vez casada, ha vivido siempre en esa casa, pues pertenecía a la familia del marido.
Publicado el: martes, 16 de enero de 2007

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