Amigos del castillo de Peracense

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martes, 26 de febrero de 2008

La bici

Mi padre tenía una bici que la empleaba para ir y volver al trabajo. No menos de 20 kms. ida y vuelta. Con ventisca, lluvia, frío o calor. Daba lo mismo. Igual de noche que de día. Alguno de los viajes o los dos, ida y vuelta, de noche. Y por camino de tierra o una senda pues a fuerza de pasar habían dejado huella. Ese mismo recorrido, hoy lo hacemos en coche y sobre asfalto. De pocos años acá. Parece inconcebible que tan poca distancia entre los pueblos, 4 kms., y hayan estado prácticamente incomunicados tantos años entre sí. Para un transporte digno de ese nombre, un camino de carros, no merece tal categoría.

Cuando aún no llegaba a los pedales, a hurtadillas se la pillaba para correrla. ¡La de tozolones que nos llevamos la bicicleta y yo!. Debía ser muy torpe, al tiempo que muy cagazas pues me costó tiempo el aprender. Y una vez que conseguí
mantenerme sobre ella y rodar fue cuando más grandes batacazos me dí.

El termómetro o la huella para averiguar que se la había mangado, siempre a escondidas y como sin queriendo por su parte, era el farol. Chivato. Al aterrizar golpeaba el farol en el suelo y se iba para atrás. Alli tropezaba con la articulación de los frenos -nada que ver con las actuales máquinas- que se clavaban y dejaban la marca en forma de bollo. ¿Quién negaba la evidencia? Delatado en el acto.

Un día, bajaba los Vallejuelos a toda pastilla. Camino de graba-arena. Huellas profundas de las ruedas de los carros. El camino torcía a la izquierda y la rueda delantera penetró en el fondo del carril izquierdo. Salí por los aires y el jodido farol, ¡abollado o roto! puede que las dos cosas. Aparte el tozolón y el susto, a mí no me pasó nada; pero ahora ¿qué hago?. Dejé la bici donde estaba y me esfumé. ¿A quién le echamos la culpa a Jalisco o a la Curra?

Aún puede que exista, olvidado en la cacharrería, algún farol superviviente de aquellos; pero seguro que tiene los cuernos de los frenos de la bici marcados.

En el trabajo, empleo una bici para desplazarme. Un día, una puerta por la que no debí haber pasado, se cerró y golpeó lateralmente la rueda delantera violentamente. Torció el manillar y la manilla del freno se me clavó en el muslo. No llegó a penetrar, pero a los pocos segundos me salió un bulto como un huevo de pava. Me acojoné! ¡Ay, que me va a pasar como a Paquirri !. Me fuí al centro médico, me pusieron hielo......y poco a poco el hematoma se expandió y diluyó. Pero en el punto donde impactó el freno, aún noto una dureza, como un cráter, en el muslo.
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