jueves, 22 de mayo de 2008

Ave de rapiña

Hubo tiempo en el cual "cazar nidos" era habitual en el pueblo, para los chicos y no tan chicos.

Cuervos y picarazas, se llevaban la palma, pero no se libraban el resto de pájaros. Los nidos más codiciados, los de perdiz, pues ponen más de una docena de huevos. Con un lazo atrapaban a la perdiz cuando iba a poner y luego los huevos en tortilla. A veces hacían una depredación masiva de nidos de gorrión para quedarse con las crías de gurriato. Resaltar que, a pesar de lo anterior, nunca estuvieron tan en peligro de extinción como ahora, sobre todo los gorriones.

Zorribalvas, cardelinas, pajareles. Gran cantidad de estos últimos en aquellos años y hoy prácticamente desaparecidos. ¿Porqué?. Las zorribalvas, ponen los huevos azules. Anidaban en las paredes de las eras y el mayor peligro para los nidos, era que se conociera su emplazamiento por varios zagales. Era su sentencia de muerte. De cardelina, intenté varias veces hacerme con pájaros; por su belleza y la armonia de su canto. Una vaz que lo conseguí, el gato me mató los cardelinos. Otra, que tenía cinco pájaros enjaulados -los padres les daban de comer-, el cabrito de Crispín me los mató. El fulano no tenía, ni sigue teniendo, ideas buenas.

Por mi parte, el nido más extraordinario que destruí -pues no se puede llamar otra cosa-, presumo que era de algún tipo de águila. Había ido a labrar a una finca que estaba en el límite del término del pueblo de al lado. Había varias carrascas, una de ellas seca. En lo más alto, un enorme barderizo llamaba la atención. Las alturas siempre me han dado canguelo. Pero a pesar de ello, quizá temblándome las piernas, conseguí trepar a lo alto de la carrasca y acceder al nido. No era viejo. Tenía tres huevos extraordinarios. Tamaño, como los de gallina. Color: uno completamente blanco. Otro con pintas marrones y el tercero, cascara marrón con pintas más oscuras. Solo sé que los rapiñé. No recuerdo más.

El mayor susto: un día subí a "inspeccionar" un nido de picaraza que parecía nuevo. Al llegar a el, con la cara a su altura, ví que dentro había unos bichos colorados. Bajé como alma que lleva el diablo. Nunca supe que era "aquello". ¿Los famosos "ratones colorados"? ¿murgaños?. En ambos casos, no se como son y "aquello", tampoco me entretuve en averiguarlo.

Hoy, lamentarse no sirve de nada. Eso sí, sigo con la frustración de no haber podido tener unas cardelinas en casa.

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