Amigos del castillo de Peracense

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jueves, 20 de noviembre de 2008

ALBA

Recientemente, nos dejó el tío Martín. Casó con la tía Aurelia siendo yo casi un enano. Era de Alba, donde han vivido siempre. Por ello, yo he ido muchas veces a su casa. A campo través, o casi. Tres horas en el tren de san Fernando. A veces, iba con la abuela. Otras, solo. Volver a casa, siempre me costaba llorar. Mis primas, eran la pasión de la abuela. "Ay mi escoboncico pequeño" decía, cuando mencionaba a Asunción, también prematuramente desaparecida. Y cuando volvía al pueblo y quería llamar a los de siempre: "Asunción, Amor, cojones" porque no le salía el nombre nuestro.

Cuando subía o bajaba, yo, si el tiempo lo llevaba, me dedicaba a cazar nidos de cuervo o picaraza por los chaparros. Pero en los del pueblo. Al bajar, después de las subidas y bajadas de los terrenos del término de mi pueblo, hay una extensión, Las Navas, totalmente llanos y sin vegetación de altura. Al atravesarlas, se ve por una parte el terreno sinuoso de Peracense con el cerro de san Ginés como protagonista y guardián al fondo, y las minas de Ojos Negros a la derecha. De la otra parte, el monte de chaparros, el valle del Jiloca y al fondo, la sierra de Palomera.

Este monte de chaparros, yo lo pasaba como alma que lleva el diablo. Tenía miedo, el cual me daba alas. Sobre todo porque, ya cerca de Alba, había una cruz de piedras sueltas en el suelo, donde decían que habían matado a un pastor. Cuando finalizaba la chaparrada, tanto al subir como al bajar, me volvía para atrás (a ver si venía alguien) y qué alivio sentía al ver las murallas del castillo, en Alba, o el cerro de san Ginés.

Siempre recordaré su despedida. Echábamos un trago de vino del porrón y decía: "despídete de la maña Isabel, que la mato". Frase que debió escuchar a algún vecino de su pueblo. Por cierto que, con esto del porrón, hice una vez un comentario (ya se sabe que los críos todo lo cascan); algo así como "en casa del tío Martín siempre saca el porrón lleno y la tía Adoración (hermana de mi abuela) solo saca un vinajero". "Joder, con el crío de los cojones" decía la tía.

Y un día me pasó un caso terrible (para mí en ese momento lo fué). En aquel tiempo, había muchas vacas en ese pueblo. Iba yo con mi madre y mi tía y al volver una esquina me dí de bruces con una pacífica vaca. ¡Dios qué pánico me entró!. Me vuelvo y echo a correr, veo una puerta abierta y me meto dentro. La vaca detrás de mí. Me subí a un pesebre chillando y llorando. Era el establo del animal. Hasta que me rescataron, que mal lo pasé. Ellas aún lo recuerdan, divertidas, ¡¡yo también!!.

Años más tarde, en Benicassim, donde son muy aficionados a las vaquillas sueltas en circuito cerrado por el pueblo, me encontré en una situación indeseada y no buscada. Veo que viene la vaquilla por la calle, sola, y me preté en el portal de una casa. Pasó de largo porque no me debió localizar. El susto que me pegué, aún hace que me angustie al contemplar las consecuencias de lo que me pudo haber pasado ya que no había nadie para socorrerme.

Y es que los cuernos, me han dado siempre un pánico tremendo.
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