sábado, 29 de noviembre de 2008

La toma de Cullera

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En Jefatura había siempre, es un decir, un cabo y cuatro soldados de guardia. Estos a su vez, dependían de un sargento al que llamaban La Mejillona. Todos adscritos a la Base. Fuera del horario oficial, allí podía ocurrir cualquier cosa, esa incluida.

Una noche, dejamos a dos de guardia y en dos coches, y uniformados, nos fuimos a Cullera. Monté en el de Juan Fayos, un colega de Fabareta. El coche, era un citroen como el de la película de Gracita Morales, parecía que a cada curva iba a volcar. La carretera era estrecha, llena de curvas y bordeando el río Júcar. ¡Qué miedo me hizo pasar el cabronazo!. El auto parecía que a cada curva iba a dar la candeleta. Yo rogándole y amenenazándole para que disminuyera la velocidad y él, descojonándose, aún corría más.

Ya en Cullera, fuimos a asaltar bares de titis. Aquellos jovenzanos eran de la zona y deshinhibidos. A las pobres mozas, les hicieron la rata todo que quisieron. En un bar, hasta les mangaron una botella de bebida de la estantería del mostrador. Eso lo hizo, el cabo de guardia. Culminada la misión en territorio enemigo, de vuelta a casa paramos para darle un tiento a un melonar que había al lado de la carretera.

En la ciudad, en el pretil del Turia, abríamos los melones. El que no valía, al cauce. Poco después, un coche se para detrás de nosotros y alguien dijo ¡la poli!. Iniciamos la huida al mejor estilo peliculero gangsteril. Me quedé colgado de la puerta del auto haste que pude entrar mientras emprendíamos la retirada. Corta por otra parte, pues estábamos a 300 metros de Jefatura. Los presuntos policías, sabe dios quienes serían; o no lo eran o como éramos del gremio no nos molestaron.

Fray citroen, por un exceso de confianza, a punto de licenciarse tropezó con la generala. Lo mandó al cuartel y aquellos, que le tenían ganas, en una guardia que se durmió, le quitaron el fusil y le endiñaron un mes de calabozo y lo raparon al cero (con la estima que le tenía a su cabellera). Ajo y agua; ya no se pudo jubilar a su tiempo.

Y es lo que yo digo: de todo aquél, o aquella, que te puede joder, o te mantienes a distancia o lo jodes tu primero. Cosa que, es este caso, no solo no podía ser, además, era imposible.

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