Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 14 de diciembre de 2008

Ladridos lejanos

No se oía más que al silencio. De cuando en vez la voz de un perro asustado callaba a este. El miedo del can a la soledad o a la oscuridad de la noche o quizá alguna raposa merodeando por las proximidades buscando los restos de algún parto del ganado provocaban sus ladridos.

Roni, en su cama, batallaba contra el miedo y contra el frío. Su tembladera, no sabía si era fruto de lo uno o de lo otro. Aquel silencio aterrador le penetraba hasta las meninges y todas las células de su cuerpo participaban de el. Desde que su hermano mayor faltó, todas la noches eran para el una tortura. Por eso cada ladrido de un perro, le devolvía a la vida. Pero dentro de su terror, auscultaba como un enfermo todo cuanto a su alrededor ocurría. Así, mientras el ladrido de un perro le tranquilizaba, cualquier ruido dentro de la casa le cortaba la respiración.

Una rata corriendo por el granero, el gato persiguiéndola, el crujido de un mueble o del edificio.... Se levantó de la cama tiritando de terror y salió al pasillo. Al ir a oscuras, tropezó con algo y cayó de bruces. No tuvo tiempo ni de soltar una maldición o un grito. De pronto, se iluminó el pasillo y pudo ver a sus padres acercándose a él. ¡Oh dios! la que se va a armar ahora. Pero lejos de regañarle, le acariciaban y decían palabras que nunca antes les había oido decir. Vió a más gente, algunos conocidos, y se preguntó que habían ido a hacer allí. Porque entre ellos, parecían conocerse todos. Divisó a su hermano que llegaba haciéndole señas y llamándole, le ofrecía su mano. Percibió que el frío y el miedo habían desaparecido. Sin pensarlo dos veces, asió la mano de Quique y así , los dos, salieron de estampida escaleras abajo hacía la calle sin importarles la gente que por allí había y mucho menos que la puerta estuviera cerrada, pues no la utilizaron.
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