Amigos del castillo de Peracense

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martes, 2 de diciembre de 2008

Lágrimas perdidas



A esos peñascos escarpados que se ven a la izquierda de la foto, le llamamos el granero Mototo. Desconozco el porqué, ya que ese individuo vivía en Ródenas, el pueblo vecino.

Pero no es ese el motivo de mi post retro. Era invierno. Yo me encontraba circunstancialmente en el pueblo y había caído una nevada. Lucía un buen sol que regalaba la nieve y la tarde era agradable, así que me calzé para la ocasión e inicié un paseo hacia el castillo. Es agradable pisar la nieve por gusto y más si la temperatura, como era el caso, acompaña. La soledad, siempre me ha gustado e incluso la he buscado.

Fuí subiendo y en vez de tomar la dirección del castillo, giré a la derecha hacia el acantilado que forman las rocas del Morrón, antes de llegar a la fuente de la Escopeta, iniciando la cuesta de Ródenas. Entonces era joven, hoy, ya me lo pensaría. Poco a poco, ascendí a inspeccionar el antes mencionado granero de Mototo. Para alguien arriesgado o buen trepa, cosa que yo no soy, tiene salida por arriba a la cumbre del Morrón. Crispín, por ejemplo.

Me llamó la atención una pequeña oquedad en la roca. En esos días una joven, Mª del Carmen, hija de unas personas del pueblo, se debatía entre la vida y la muerte en Zaragoza. Extraje de un paquete de Ducados -in illo témpore era fumador- el papel plata que protejía los cigarrillos y escribí una oración rogando por la salud de la chica. Doblé cuidadosamente el papel y lo introduje en el hueco antes descubierto y lo tapé con una piedrecilla. Muchas veces he recordado esta vivencia y me he dicho que tengo que volver a recoger el papel y comprobar su estado. No es fácil que alguien lo haya descubierto.

Bastantes años después, otra tarde, esta pésima y nevando, también me fuí de paseo a liberar bajo la nieve mi espíritu y mis lágrimas ocasionadas, como no, por otra chica. Ni liberé mi espíritu ni finalizaron las lágrimas. Escribí su nombre en la nieve, pero ya se sabe lo que sucede: desaparece. Aunque con eso, ya contaba.

La oración, no sirvió de nada. Las lágrimas, menos.
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