Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse. EL DINERO Y LA POLICÍA, NUNCA ESTÁN CUANDO LOS NECESITAS.

lunes, 18 de febrero de 2008

Cordericos





Sabes, hoy se me ha ocurrido que, puesto que los cordericos se crian en el campo, voy a plantar en el jardín de casa una cuantas costillas de lechal a ver si regándolas y ahora que vamos hacia el buen tiempo, esta primavera -verano tengo una buena cosecha y en las vacaciones de agosto me pongo como un pepe de comer cordero asado en la barbacoa.

Los ajos, ya asoman el morrico por encima de la tierra. Los que son del pueblo, nacen con más fuerza y alegría que los del mercao. Igual son chinos. Ya los planté para las costillas asadas.

También he pensado plantar unos huevos a ver si salen pollos. Estos serán más problemáticos porque igual salen volando y se los benefician los vecinos. Y a esos, ni agua. Porque los repollos no es lo mismo. ¿O sí?

Bueno, si se me dá bien la cosecha, igual el año que viene planto un solomillo de ternera. ¡Jo! cómo me voy a poner.

La lavadora, ha muerto


(NO, la rumana, no)

Cuando mi santa procedía a de lavar los trapos sucios de la pira de ropa que tenía acumulada, al poner la máquina en marcha escuchó un ruido interno que no supo asociar a causa concreta alguna. Está acostumbrada a que, a veces, estas cabalgadas sonoras, sobre todo en el centrifugado, se parezcan más al estruendo de una locomotora. No le dió más importancia y se fue.

Al rato, se apercibió de que no había luz en casa. En el cuadro eléctrico, habían saltado los diferenciales. Al reanudarse la corriente, la lavadora funcionó y realizó el ciclo de lavado que tenía programado, completo. Pero el asunto se complicó a la hora de abrir la puerta para sacar la ropa. No abría. Me llamó contando las aventis. No te preocupes, compraremos otra. A todo esto, la lavadora llena de ropa, presuntamente lavada.

Ya en casa, procedí a mirarla y maquinar que demonios le podía pasar. La puerta, seguía atrancá. Tapa fuera y ¡alaaaaaaaaa!. La tarjeta adosada al programador con un socarrao de urgencias. El ruido, un cortocircuito. El circuito impreso quemado, supuestamente en la parte que a la puerta afectaba. Al final (aquí me vine a la memoria un episodio grabado por Rodríguez de la Fuente en el cual se ve a un zorro, - no pongo zorra para no herir susceptibilidades-, dando vueltas a un erizo hecho un ovillo de púas, intentando hincarle el diente. En vano. Cuando aprecia que aquellas uvas también están verdes, se pone encima del animalico y le mea. ¡Qué carbón! jojojojojojo). Al final, como decía, forcé con un atornillador y salté la cerradura. ¡Ala! ya puedes ir a comprarte otra. La cerradura, también estaba fogueada.

Pero como buen español y chapuzas, y más pensando en la ropa que quedaba por lavar, mentalmente seguía con la matraca. A mi vuelta a casa, procedí a hacer puentes para que se pusiera en marcha. Y lo conseguí. Y lavó, en una sublime evocación del canto del cisne, dos coladas a la perfección. Pero claro, tampoco era cuestión de conservar la máquina y poner impedimentos para que la puerta no se abriera y se armara el diluvio.

Por otra parte, la otra ya estaba comprada. Esta mañana, la han traído a casa.