miércoles, 28 de enero de 2009

Fiebre alta


Cuando los niños comienzan a frecuentar colegios, guarderías, etc., pescan toda suerte de infecciones y enfermedades, infantiles o no. Tosferina, sarampión, pioguitos, rubeola, paperas, etc.

Mis princesas, no fueron una excepción. No se perdieron ni una. La mayor sobre todo. Y lo peor de todo, es que a mi me costaba sufrir otra enfermedad paralela. La tosferina, le costó superarla un montón de tiempo. Nos fuimos unos días a la playa por consejo del galeno de turno. Una noche, por otra enfermedad o enfriamiento, me la pasé con ella en la cama, despiertos ambos, a causa de la fiebre que tenía. Cada poco tiempo me decía: "aba", y yo le daba un sorbico. Así toda la noche.

Era muy valiente. Ahora es cobardica, como yo. Hubo que ponerle inyecciones y nos íbamos los dos al ambulatorio. Tienes que ser valiente y no llorar. El papá te comprará un palote cuando volvamos. Y no soltó una lágrima en ninguna de las banderillas que le pusieron.

Pero lo peor lo pasamos cuando hubo que ingresarla en el infantil. 40 grados de fiebre acojonaron al médico de cabecera. Sin causa aparente. Sin pedírselo, rellenó un volante y nos envió al hospital. ¿Qué podrá tener?. Allí, los críos están aislados en infecciosos. Como ella, tenía fiebre alta sin saber la causa; en observación. Unas cristaleras solo te permitían verlos pero no hablar. Los pobres críos, llorando a moco tendido y los padres, por dentro.

Fue encerrarla y manifestársele el sarampión con un sarpullido exagerado por todo el cuerpo. Su hermana lo pasó en casa con mucha menor virulencia. Los críos, al ver que los padres no estaban con ellos, poco a poco se acostumbraban y acababan pasando de las visitas. Eso sí, en cuanto veían la puerta abierta, se escapaban. Trauma enorme para las criaturas. Para mí también lo fue pues se me grabó en el alma la imagen de mi hija llorando, llamándonos, y la impotencia de no poder consolarla. He tenido como un trauma con ella que yo he achacado a aquellos días. Espero que mi nieta, me ayude a superarlo.

Y aleccionadora la postura de los niños: al ver que los padres no les hacían caso -aunque no fuera cierto, pero no podían discernir lo que ocurría- abandonaban las cristaleras y se olvidaban de ellos.

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