Amigos del castillo de Peracense

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lunes, 16 de febrero de 2009

Ajos y agua en botella.

El Morrón, a la izquierda los acantilados del Granero Mototo. La peña la Merienda encima del tejado;en el centro arriba , La Cagada y arriba del todo, la Sanjuanada.
Abajo,La Aguzadera y Peña María la Grande
Pica en las fotos para ampliarlas, son magníficas.



Estos días, los he pasado en el pueblo. El late motiv ha sido ir a plantar ajos. Si, eso que pica y que la pija (la mujer, no la polla) de Beckamn detestaba. Como el tiempo este invierno ha sido como ha sido, tampoco surgían días que, a priori, garantizaran como mínimo, que no nevaría. Así ha sido, dias de sol radiente. Ello no quiere decir que hicieran días como para tomar el sol en pelotas, no, ni mucho menos.

El jueves, venía un aire cierzo que pasaba. Después de comer, salí de paseo con mis fantasmas. Se negaban a salir de casa. A calibrar el trozo que los padres habían previsto de plantero y así no llevármelo de susto al otro día. He de decir, que mi padre no puede hacer ya nada, justo le viene para andar. Mi madre, toda genio, no puede hacer todo, y yo, el gualdrapa metebulto, aparte de eso, poco más.

De vuelta a casa, me encontré al marido de la chica de la mochila azul con el ganado. Resulta que lleva ya seis años jubilado y yo ni enterarme. Solo que hubiera pensado mi edad, hubiera deducido que ya lo debía estar. O sea, que debía tener la niña 15 o 16 años cuando se la echó de novia. Joer, como pasan los años. Para esta pobre gente, toda su puñetera vida arrastrados; ganado, tierras, mina o fundición y cuando podrían tener algo de relajación, siguen y siguen y siguen hasta que se agotan. Conmigo la niña esta, no habría llevado esa vida; pero aparte de jactarse en el lavadero de que yo bien que la quería, mi primer amor murió, es mi sino, antes de nacer.

Sin embargo, todo salió a las mil maravillas. Para mi sorpresa, aparte el natural cansancio, no experimenté la fatiga que en otras ocasiones había sentido al realizar la labor de cavar con el legón. Toda la faena la realicé yo, incluso poner los ajos en el surco hasta que vino mi madre. Esto me resultaba más duro al tener que adoptar una postura que me hacía polvo las rodillas. Cuando ella vino, todo fue mucho mejor (para mí, claro).

Faltaron unos dientes de ajo para poder terminar el terreno que ellos querían plantar. Así que, solo, después de comer, fuime y acabé la faena inconclusa de la mañana. Aproveché para hablar con mi amada esposa lejos de los oidos, cuando menos curiosos, de mi señora madre.

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