Amigos del castillo de Peracense

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viernes, 13 de febrero de 2009

Cabeza de calabaza


Aquella noche, había caído una copiosa nevada que dejó todo cubierto con un manto de blanco inmaculado. Fué necesario apartar la nieve de las puertas de las casas para poder salir de las mismas. Y establecer unas veredas de acceso entre ellas y los corrales que no se hallaban anexos. Al mismo tiempo, los vecinos establecían comunicación de las casas entre sí que lograban la interconexión general. Ello daba lugar, la nevada, a la paralización de cualquier actividad que no fuera la atención de los animales que permanecían encerrados en sus establos. Si no hacía viento que levantara la temida ventisca, aún se sacaban al campo las cabras que el pastor comunal reunía para permanecer una horas, las centrales del día, en el monte. Mejor preparadas que las ovejas para la nieve, se erguían sobre sus patas traseras para alcanzar las hojas de los chaparros y alimentarse.

No puedo dejar que me vuelvas a dominar. Habíamos estado en casa de su tía. Y volvíamos juntos a casa. Estuvimos hablando en mitad de la calle hasta que advertí que éramos un fácil blanco de las miradas de quienes pasaran por allí, incluso a distancia. Nos refugiamos en una zona más recogida a resguardo de miradas indiscretas. Yo llevaba una gabardina amplia cruzada, suficiente para albergar a los dos. Desabroché los botones de la prenda, con los cuales ella estaba jugando, y le ofrecí el resguardo de la misma junto a mí.

En un principio, pareció luchar entre aceptar la propuesta y su pudor. Con suavidad, la fuí atrayendo hacia mí amorosamente hasta estrecharla contra mi pecho y abrigarla con la prenda. Así, al calor de nuestra proximidad, le hablé del inmenso amor que le profesaba, de que ella era para mí la Estrella Polar que, cual náufrago, buscaba desesperadamente su tabla de salvación. ¿Cómo voy a hacerte daño, cariño mío, si te quiero más que a mi vida?. Creí que había vencido sus reparos. Tómate tiempo para romper ligaduras y soltar amarras, yo esperaré.

De pronto, un chupón de hielo junto con un alud de nieve, me golpearon la cabeza y la conciencia. Pero aquel golpe, lejos de despejarme, solo sirvió para alejarme aún más de la realidad.

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