Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 21 de marzo de 2009

Miro tus ojos.......



Él conseguía despertar lo mejor y lo peor de mí... me incitaba, me tentaba constantemente. En ocasiones, su mirada me traspasaba como si fuera transparente. Un caballo salvaje... así era... así le recuerdo.
Y así le adivinaba cada vez que me penetraba. Me sentía tan segura de su sexo... sin embargo, su boca no siempre se entregaba... Y lo que no decía me llenaba de dudas y deseo.
Una carrera mortal. Un juego morboso que me agotaba y a la vez incrementaba mis ganas y mi placer.
Él jugaba, yo lo sabía, y eso le daba poder sobre mí. Su lengua resbalaba dentro de mi boca, enredándose con la mía, y suspiraba con ella sabiendo que en cuanto rozara mi sexo empezaría el duelo... pero dilataba eternamente el momento, como si nunca fuéramos a pagar nuestra deuda de piel.
Y aunque no quería moverme en ese mundo de sombras, nunca le dije que, después de cada encuentro, me agotaba intentar sacarle de mi mente. Me inquietaba su mirada oscura, pero a la vez me encendía. Y quizás no hacía falta que se lo dijera. Él lo sabía. Me daba únicamente lo que él quería.
Caminaba desnuda sin hacer ruido hasta detenerme delante de él, observando cómo, reclinado en el sillón, acariciaba su sexo. Yo no podía despegar los ojos de ese gesto tan íntimo y sensual que hacía hervir mis labios... sintiendo cómo me humedecía de inmediato.
Me encantaba mirarle... apenas respiraba para poder escuchar cómo sus gemidos cortaban el silencio mientras disfrutaba. Su mano subía por mi muslo, trepando hasta el pubis, abarcándolo, abriéndose paso por mis labios jugosos que resbalaban y mojaban sus dedos. Sin ninguna palabra, yo separaba mis piernas, dejando que siguiera su camino hacia el clítoris que latía caliente... esperando...
Él lo acariciaba, masajeándolo suavemente, de pie frente a mí, cubriéndose su pene con ambas manos, aunque yo sabía que detrás estaba, erecto, pugnando por salir entre los dedos de la otra mano.
"Mmmm..." Susurraba profundo... Y yo me disolvía de placer al borde del orgasmo, levantando mi pierna para colocarla sobre su muslo, con mi sexo abierto ante sus ojos... Abierto al placer...
Él percibía mi agonía cuando, con insoportable lentitud, se agarraba fuerte de mis nalgas, me acercaba a su boca, y lamía insaciable mi coño con esa lengua inquieta que se recreaba, haciéndome sentir su esclava oscura. Y mis piernas temblaban cuando me corría en su boca... los espasmos sacudían mis caderas y él, en silencio, se retiraba de mi pubis líquido y me dejaba vacía mientras seguía frotando su pene húmedo al borde del orgasmo.
Entonces, oliéndole como una perrita, me inclinaba sobre su cuerpo, rozándole con mis pechos, bajando por el abdomen hasta acabar de rodillas ante su sexo para reemplazar su mano por mi boca caliente... húmeda cueva que lo acogía y que mi lengua convertía en una enorme golosina de placer... succionándolo despacio, chupando toda su longitud, sabiendo que era el único instante en que lo tenía por entero a mi merced.
Ese momento irrepetible, una y otra vez, era mío.
Sus gemidos penetraban como miles de sexos por todo mi cuerpo y la dureza de su miembro detenía el tiempo ante mis ojos, perdidos en su placer. Mi sexo revivía mojado y turgente y él, conociendo mis gozos, colocaba su pierna entre mis muslos, torturándome con el roce áspero de su vello que rozaba mi vulva.
Nuestros suspiros crecían como llamaradas... entonces me pedía que acabara antes que él, sólo un momento antes. Mi mano, obediente, bajaba entre su pierna y mi sexo, justo para que mi índice rozara el clítoris. Sabía que me correría enseguida con solo masajearlo brevemente, pero dilataba el momento porque sentirme dueña de su pene me daba la única victoria en la que él no tenía control.
Su miembro en mi boca... su voz entrecortada pidiendo que me corra y mis dedos perdidos entre mis ingles me catapultaban nuevamente a galopar sobre el orgasmo, cabalgando olas inmensas que terminaban rompiendo en mi lengua, que sentía la súbita rigidez anticipada del suyo.
Y cuando las primeras gotas de semen golpeaban mi paladar, hundía aún más su verga en mi garganta, sacándola despacio para que cada chorro se derramara por las comisuras de mis labios y a lo largo de su pene... disfrutando el caliente resultado del único momento en que verdaderamente se entregaba.
Luego el tiempo se agotaba con besos hambrientos en la ducha que limpiaban los últimos rastros.
Salíamos en silencio, sin hablar apenas, volviendo a ser los mismos de siempre, públicamente desconocidos, amantes ignotos, esclava victoriosa y amo vulnerable. Sus ojos volvían a ser fríos y mi boca lo despedía en silencio, hasta que otra vez su mirada volviera a cruzarse con la mía, y ambas volvieran a sentir la punzada del deseo.
Sola en mi coche, mi respiración se aquietaba mientras le veía conducir el suyo sorteando otros vehículos.
Entrábamos al mismo garaje para separar nuestros caminos sin mirarnos. Yo bajaba de mi coche y, presurosa, apuraba mi paso hacia el ascensor, y él aparcaba con tranquilidad...
...como todos los días.

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