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jueves, 23 de abril de 2009

De matracas y carraclas

foto: Gonzalo Bujeda. Procesión del encuentro, final de la Calleja de los Huertos, cruzando la rambla.


Años 50

En aquellos oscuros años, y no lo digo con segundas sino por lo oscuras que estaban las calles por la noche, la llegada de la semana santa suponía ¡por fin! acabar con el periodo restrictivo y de profunda recesión en el ámbito festivo. Amás amás, de la coña del ayuno y la abstinencia, (se me ocurren pensamientos impuros, je je), estaban prohibidas cualesquiera manifestaciones festivas y pecaminosas como el baile, echar la rolda a las tantas de la noche, etc, etc.

Un domingo, para festejar a un soldado de permiso, a aquellos mozos insensatos y con ganas de marcha se les ocurrió hacer baile. Llegó el cura cual Cristo en el templo, pegando gritos y se armó el belén. La gente huyendo para que no la pescara..... Como cantaría el Abuelo, así crecimos.

El cura, mosén Amable, era un poco estrafalario y estrambótico. Iba al pueblo vecino en una bici sin frenos ni guardabarros, como Cantinflas. Frenaba con el pie. Algún revolcón, sin consecuencias, se llevó al intentar subir en marcha al tren minero a su paso por el pueblo. Y era sargento, de esos militares, lo que hacía aumentar el temor de los soldados.

Pues eso. Tras el ambiente preparatorio de los viernes, -tengo vagos recuerdos de mozas y mozos echándose harina por martes de carnaval-, con vía crucis incluido y al que era obligatorio acudir, venía el Domingo de Ramos. El sacristán, tío Felipe, había preparado ramos de chaparro a modo de palmas. (Los zagales comparábamos cada ramo a ver cual era el mayor y más gallardo). El día de Jueves Santo, era fiesta a partir de las tres de la tarde. Y para los obreros, recuperable. ¡Ah! se me olvidaba, era obligatorio cumplir con parroquia. ¡Y ay de aquél que no lo hiciera!

En la ceremonia de la tarde, misa diferente, se moría Dios. Altares e imágenes cubiertas con velos morados o negros. Y las campanas, también se morían. Previamente se había montado un monumento a modo de sepulcro dentro de la iglesia, en el cual el cura depositaba el cáliz con las Hostias correspondientes. Signo del enterramiento de Jesús. Por la noche, y en riguroso turno, a velar el sepulcro todo quisqui mayor de edad. Hasta la misa del día siguiente.

Un año, bastante después, nos quedamos toda la tropa de jovenzanos a velar el monumento. Liberamos a los mayores de la obligación de la vigilia, pero de no haber tenido mejores cosas que hacer, Cristo, hubiera venido a echarnos a patadas de la iglesia. La timba que montamos en la sacristía nada tuvo que ver con el recogimiento que se presuponía en esas circunstancias. Y alguno subió a pillar palomas.



El viernes, habia de todo: completas, vía crucis -aún veo a la tía Tomasa que se lo sabía de memoria- y no se cuantas cosas más. Y como las campanas seguían "insonoras y moridas", había que darle la vuelta al pueblo con carraclas y matracas para avisar al personal de los servicios religiosos. Las matracas, era realmente difícil tocarlas: una, porque de antemano estaban adjudicadas; otra, debido a su peso y tamaño no todo el mundo podía hacerlo.

El sábado, día de trámite. A por agua bendita a la iglesia y el cura, a recoger los huevos y bendecir las casas de paso. (De esos huevos, salió la lifara que se montaron las mozas y que nosotros acabamos merendándonos). A la noche, las campanas "resucitaban" bandeadas por los mozos ansiosos de que acabara el luto.

Al salir el sol, salía la procesión del encuentro de Jesús con su Madre. Este se reliza siempre en la puerta de la abuela de la Estrella, la tía Lucía. Una vez acabada la misa, todo volvía a la normalidad. Los mozos, al frontón a jugar un partido de pelota y a esperar a la tarde, pues el ayuno y la abstinencia habían tocado a su fin. O al lavadero, que caía al otro lado.

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