Amigos del castillo de Peracense

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viernes, 18 de septiembre de 2009

Rebollones y setas de cardo



Se acerca el tiempo de las setas, hongos y los azafranes. Es muy incierta la posibilidad de que salgan pues dependen de las lluvias, escasas o nulas, del verano. Este pasado mes de Agosto cayó una enorme tronada con lo que se apuntaba la posibilidad de, si había continuidad en las lluvias, poder recoger alguno de estos hongos. Después, hasta la semana pasada, no volvió a caer una gota.

Pero aún es tiempo. Si permanece este régimen de lluvias, humedad y fresco, quizá tengamos suerte y podamos recoger alguno aunque solo sea para matar el gusanillo de ir a pasear el monte, cogerlos y lo que es mejor, comérnoslos.

Antes en mi pueblo no había rebollones. Ha sido a raíz de la repoblación forestal que hubo cuando yo iba a la escuela. La simbiosis entre pino y rebollón parece ser total. Sin lo uno no existe lo otro. Han habido años de verdadera cosecha. Va para 30 años que, aquí en Aragón, esta fue sobresaliente en todas partes; Paniza, el pueblo de la santa, el mío...., parecía como si los hubieran sembrado.

Hay pueblos que han acotado el monte para que los forasteros no puedan pisarlo. Catalanes y valencianos, sin olvidar a los autóstontos, son marabunta que invade y asola los pinares. Si al pinar se le trata con cuidado, las setas siguen saliendo en tanto el clima sea favorable. Pero hay energúmenos, egoístas asilvestrados que, rastrillo en mano, machacan todo dejando pardina al monte. A esos debería estarles prohibido el acceso en cualquier parte.

La seta de cardo, es la mejor según dicen. No le tengo mucha fe. Les tengo miedo a las setas. El rebollón es inconfundible; puede que la seta también, pero... A la seta de árbol le he perdido el miedo, siempre que sea yo quien la recolecte de las toconas podridas de los chopos. Y es que una vez me dió mi padre unas setas de cardo que comí para cenar. No me pasó nada, pero me estuve muriendo toda la noche. Juré que jamás volvería a comerlas.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Banda(rra)

La semana anterior, la radio y la TV habían estado dando la barrila con el mismo argumento, manido y repetido hasta la saciedad, aunque no por ello los afectados dejaran de tenerlo en cuenta. Va a haber un movimiento extraordinario de vehículos en las carreteras ya que se juntarán los que van y los que regresan de vacaciones y además, es fin de semana.

Pues ya podemos madrugar para llegar pronto al camping y coger buena parcela. Y cuando el sol caliente, ya habremos montado el campamento.

A la noche quedó cargado el coche con todos los utensilios excepto los alimentos de la nevera. A la mañana siguiente, al despuntar el sol ¡a la playa!. Por la autopista, en dos horas y media si no hay atascos, llegamos. Si, si.... Pasado el peaje de Alfajarín, y ya en los Monegros, de pronto rissssss! ¡Ostia! ¡qué pasa!. Agarro fuerte el volante y levanto el pie del acelerador. Un sonido como el que hace la sierra eléctrica de un carpintero. De corbata.

¿Un reventón? ¿un pinchazo?. Sigo despacio por el arcén sin pasar de 60 Km/h. De vez en cuando el dichoso ruidito. Me meto en la primera zona de descanso y comienzo a mirar el exterior del coche. No encuentro nada raro ni en ruedas ni en motor. Sigamos. Y el sonido, esporádicamente, también. Saldré en Fraga e iremos al garaje.

Así lo hago. Busco el taller de servicio Opel y nos damos un paseo, con el mecánico como conductor, hasta Torrente de Cinca. 140 Km/h. De maravilla. Lo sube al elevador, lo mira y remira y ¡nada!. No me quiere cobrar nada. Insisto y me cobra mil pelas. ¡Mil duros debían haber sido, por capullo!.

De vuelta a la autopista, nada más entrar riss! ¡la madre que lo parió!; pues ya puedes hacer lo que quieras que hasta la playa no paro. Más adelante, no lo volví a escuchar.

Un día, hablando con otros campistas, explicándoles lo que me pasó al bajar, me quitaron la venda: la banda blanca del arcén, era/es especial, y produce ese ruido para despertar a dormidos o despistados. ¡Hace falta ser tonto!, pero lo desconocía. Aunque despues he pensado muchas veces como era posible que el mecánico también desconociera el hecho.

Al circular pegado al arcén contínuamente, pisaba la banda sonora productora del acojone. Cuando dejé de escuchar el ruido fue porque ya no había banda sonora. A la vuelta, hice la prueba y ¡bingo! (No soy más tonto, porque no me entreno).

Teléfono móvil


A veces gastan malas pasadas. Desde que la familia te pille el teléfono oculto que tienes para comunicarte con tu amante/amante en secreto, hasta que estén a punto de pillarte por husmear, sin permiso, en tu móvil. Amén de muchas más posibilidades de ser pillado in fraganti o fuera de juego.

Al margen de que todas las compañías son tan mafiosas como les permiten los clientes y la legislaión in-existente, lo cierto es que hoy no sabemos vivir sin el aparatejo. Lo llevamos hasta pa mear. En todo momento y lugar y no hay nadie que se precie que carezca de el. Se ha hecho imprescindible.

Muchas veces, lo perdemos. Y es recurrente el realizar una llamada para ver donde lo hemos "perdido". En la fábrica, me encontré uno en medio del pasillo. Lo cogí, y al rato, recibo una llamada. "¿Si?" "Soy el dueño del teléfono que llevas" "Pues sino lo hubieras perdido, no estaría en mis manos...". Me jodió el tono empleado por el fulano, pero se lo devolví como fue mi intención desde el primer momento.

Un día me fuí al campo con mi padre a ver unas fincas que, al estar yermas, servían de paso con el tractor nada menos, a los bandarras del pueblo. En un momento dado, eché en falta al dichoso unicelular. Venga a tentarme la ropa y no aparecía. Nada, que lo he perdido.

Revisamos el terreno volviendo sobre mis pasos por todos los sitios donde había pasado. Si pudiéramos llamar... Al final opté por volver al pueblo a buscar el móvil de mi madre y regresar al punto de partida. Al primer timbrazo de llamada, el muy ladino, descubrió su ubicación. No estaba en el terreno, ni en el coche, no. Lo llevaba encima, pero de una forma tal, que mira que me palpé el cuerpo buscándolo y no dí con el. Otros, no tienen tanta suerte y lo pierden o se les quitan. El mío, solo jugó un rato al esconder.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Casi todo sigue igual



En el pueblo, cuando yo estaba en edad de ratear cosas de los campos, fruta sobre todo, siempre le dábamos un tiento antes de que madurara. Se llevaba en la sangre. Nunca arramblar con todo, solo una prueba, que como solía estar verde, no se repetía; pues los dueños, ojo avizor, se llevaban la fruta antes de que desapareciera. Aún recuerdo unos albaricoques que estaban a pie de calleja y que, yo al menos, no tuve nunca huevos de tocarlos pues era mayor el miedo que me generaba el tío Pepe el gordo, que la tentación de la fruta.

Una prueba de la falta de honestidad de mis "compañeros" de aquel entonces fue que, teniendo mis padres un melocotonero y al ser las fiestas del Rosario, nos vendieron para hacer ponche algún kilo de ellos. Los traidores y chorizos, o sea, mis colegas ladrones, robaron los mejores frutos que aún estaban en el árbol esperando su sazón. ¡Qué kabrones!

Pero parece ser que la raza aún pervive. Este año, un peral que subsiste a trancas y barrancas, tenía alguna pera. Mi madre, lo regaba para que saliera adelante. El hijoputa de turno, todas las peras que estaban a mano, las robó.

Junto a el, hay un melocotonero en la misma ubicación del anteriormente mencionado. Está que las ramas se parten de fruta roja pero aún no madura. ¿Ocurrirá que el kabrón robaperas, a sabiendas de que también hay muchos y buenos melocotones, nos impedirá siquiera saborearlos?. Me jodería un huevo tener que ver su foto para recordar los que había y lo buenos que hubieran estado. No descarto inyectar raticida en alguno de ellos para que, al menos, le den unos retorcijones de tripa.

Y es que antes, sino de disculpa, si se podría alegar algo de necesidad o juventud (no ociosa, precisamente). Pero que ahora, cuando nadie pasa hambre ni necesidad de nada, aún perduren los robaperas o chorizos de tres al cuarto, da grima o ganas de patearles los cojones.

Debido a la altura, pocos años llega a madurar la flor. De ahí que haya pocos frutales , pero cuando no se hiela la flor, los frutos son muy buenos.

Hemos tenido que quitar la fruta del árbol pues el hijoputa de turno ya los había empezado a madurar por su cuenta

martes, 8 de septiembre de 2009

Jalisco


Tuvimos una vez en casa un perro al que llamábamos Jalisco. Blanco, con grandes manchas negras y de raza indefinida. Parecido al millonario de la primitiva. Como se suele decir, solo le faltaba hablar; y más listo que el hambre. Aún no había nacido mi hermana.

Mi padre le ponía un trozo de pan en la punta de la nariz y al tiempo que se la sujetaba le decía: "Fuimos a cazar al barranco rebollar; salió una liebre, nada; salió un conejo, nada; salió una perdiz, chispum fuego". Al decir ¡fuego! le soltaba el morro y el perro cogía al aire el trozo de pan. Jamás se le cayó al suelo.

Tenía mi padre arrendadas unas suertes -fincas- en El Barranco, donde plantaba cosas de huerto pues había una fuente -el agua, buenísima- que permitía regar. Alguna vez, bajaban los de Ródenas y le mangaban las cebollas - que se criaban gordísimas- y las coles de grumo. Bueno, pues al subir o bajar a las mismas, el perro se volvía loco detrás de los conejos que corrían por las laderas del Barranco.

Y no se quién disfrutaba más, si el perro o mi padre. Cuando veían algún ardacho -lagarto- mi padre levantaba la piedra bajo la cual el animal se había refugiado. A pesar de sus afilados dientes, no tenía defensa. Lo atrapaba con la boca y comenzaba a sacudir frenéticamente la cabeza a los lados y el pobre ardacho, kaputt.

Y Jalisco murió, lo cual nos costó a todos llantos múltiples. Por ello, no hubo más perros en casa, (ahora, mi santa, dice que con uno ya tiene bastante). Hasta que muchos años más tarde, yo llevé un cachorro de una preciosa collie danesa, propiedad de una enfermera, de su misma nacionalidad y campeona de su especie. La simbiosis entre mi padre y el animal, Kati, era total. Se montaban en la Lambretta e iban a todas partes juntos. Si le decía "agáchate que vienen los civiles", la perra se encogía y ocultaba. Fué una lástima que mis padres tuvieran que dejar el pueblo y a ella en el. Tuvo un triste e inmerecido final. No han tenido más perros. Eso sí, en cuanto mis padres están en el pueblo, los perros del tío Antonio no dejan la casa. Antes, Pablo, hasta que murió. Y ahora la Estrella, que lleva algún que otro palo por correr a los gatos y comerles la comida en el corral. Y eso que a veces los lame.

Y es que en el corral, de libre acceso, hay toda una familia de gatas -alguna antepasada debió pertenecer a casa- que todos los años aumentan la prole. Alguna hasta pare dos veces. Como mi madre les da de comer........pues allí siguen los que logran superar el invierno, cuando ellos vuelven por primavera.

enviado sábado, 04 de noviembre de 2006 22:59 por WARRIORV

lunes, 7 de septiembre de 2009

Coquinas




Uno de los divertimentos que gusto de realizar aunque solo sea una vez al año, -este, fueron dos días-, es ir a la playa Els Trabucador a buscar coquinas. Esto ocurre en la playa de mar abierto y dependiendo del día, el mar no está para bromas ni confianzas. Y mucho menos para quienes como yo, nos ahogamos en el casco de las gallinas.

Una francesa nos dejó su rastrillo, hace años, y me aficioné. Desde entonces, no he vuelto a coger más que una ridiculez de almejas. En aquella ocasión, las había en cantidad y tamaño. Ahora, te pegas la paliza de rastrillar la arena y no encuentras.

Comencé por llegar hasta las salinas con el coche. De allí, no se puede ni debe pasar. Comencé a rastrear la orilla con poco éxito. Una pareja hacía lo mismo un poco más allá. Me moví a ambos lados y nada. Alguna y pequeña. Ya cansado, decidí darme un paseo hasta llegar al final de la playa, que no se veía.

Armado con el rastrillo a modo de gayata, chino chano me fuí pallá. De vez en cuando, daba un tiento en la arena en busca de un buen banco de almejas. Ni ostias. Ya cansado de andar y buscar, solo el deseo de llegar al final me impedía retroceder. Quedando aún muchos pasos para llegar a donde da la vuelta la Punta La Banya, una barrera impide continuar y además, está vigilada. Las gaviotas se veían dueñas y señoras de la playa, a sabiendas de que esa era de su exclusiva propiedad.

Pero lo mejor estaba por llegar. Ya cansado, justo antes de llegar donde mi santa se había quedado sentada, literal, pude ver el más maravilloso espectáculo del mundo: una hembra humana se hallaba tomando el sol como su madre la trajo al mundo. Esa imagen perdura en mis retinas pues me cautivó. Tampoco es cosa de que aquí explique lo visto. No se puede contar. Solo se que me gustó mucho, mucho.

Apenas cogí almejas, pero la escursión, mereció la pena.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Eso, es una estupidez





Hay un tema que me solivianta hasta hacer que me siente ante el teclado. Ya lo tenía pensado de antemano. No es solo a mí, pues ya he visto y leído un post en La Comunidad mostrando su opinión al respecto, que comparto.

Hay cosas, acciones y sucesos en las fiestas de los pueblos (y no tan pueblos), que no son sino una muestra del grado de estupidez, garrulez y "mostrenquez" que demuestran los pobladores y visitantes de esas localidades.

Me viene a la mente la kabronada que hacen a una vaca en un pueblo, del cual no recuerdo el nombre, (Galápagos), y que llega hasta el extremo de echar del mismo a los reporteros de Telecinco para que no graben esas salvajadas. O de pegarle fuego al coche de uno que se opone al asunto. Cuadrilla de hijoputas, oyes.

El despilfarro tiene un nombre: Buñol y su tomatina. Viendo a toda esa marabunta de individuos asalvajados, estúpidos, despilfarradores y que se creen por ello los reyes del mambo, me hacen sentir poseído de santa ira. ¡A pan y agua hasta que se arrepintieran los tendría!. Y lo cuentan ufanos porque se ha convertido en una fiesta internacional; eso nos demuestra que irresponsables, cutres, mostrencos y estúpidos, haberlos haylos en todas partes.

En Tarazona, ocurre tres cuartos de lo mismo. A expensas del Cipotegato, practican la misma actividad tomatera. Desconozco a fin de qué viene ese evento, pero no creo sea tan "cultural" como para declararlo "de interés turístico mundial". Hay que joderse.

El colmo se practica en La poble del Duc. Allí la fiesta de la Raimá, hace que se tiren rácimos de uva en otra prueba de burrez y horterismo. Claro que tratándose de valencianos, no es de extrañar. Allí le pegan fuego a todo cuanto es susceptible de arder. (Y además apoyan a los golfos: los presidentes de la generalitat y de la diputación de Castellón. Claro que no es de extrañar; otro, de concejal de Benidorm pasó arramblando con todo cuanto quedaba a su alcance. "Me he metido en política para forrarme". Ese fué su lema, hoy medra a costa de Telefónica).

Y no hablemos de los habitantes que, en todas partes, en lugar de las uvas tienen como un honor ir tirando directamente el vino sobre los demás. Procedo de una tierra en la que con las cosas de comer, nunca hemos jugado. Por ello, todas estas golfadas me sacan de mis casillas.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Anonimato

He vetado las opciones de los buscadores en mi blog. Para que nadie me pueda encontrar, que no leer o comentar.

Busco volver a recuperar el equilibrio a sabiendas de que no escribo para nadie, ni influenciado, aunque sea de forma positiva, por nadie. Con mi forma tosca, hijo del arado y de la tierra, escribiré mis ocurrencias o pasatas. Hay un periodo largo de mi vida, tan negativo, que no genera en mí más que olvido y amnesia. Y mira que sufrí cabronadas, pero parece ser que no anécdotas. Quizá algún día recupere el recuerdo y al menos surja algún episodio digno de ser plasmado entre mis batallitas.

martes, 1 de septiembre de 2009

Complejos

Hoy estoy pasando muy mala tarde. Estoy haciendo exámen de conciencia y no hallo una respuesta satisfactoria que darme a mí mismo, para tranquilidad y sosiego de mi soledad.

Recapacito sobre la mala costumbre de mi lenguaje soez y barriobajero y no hallo justificación que lo avale. Solo sé que si tratara de dar otra imagen, "dulce", educada y amable me sentiría mal pues no sería ese el camino por el cual me mostraría tal cual soy.

Empleo más "tacos" que palabras reconocidas por el diccionario de la RAE. Y me está creando problemas, porque cuando me censuran ese léxico, encima me cabreo. Soltar un "mecagüen la puta" o un "mecagüen el copón" o "¡qué cabrón!", para mí es el pan nuestro de cada día. Pero no solo es eso. Enumerar los órganos sexuales masculinos o femeninos, es otro dilema.

Y me viene a la memoria, a raíz de esto, aquella vez que trabajando en un hotel de Las Ramblas, en la ¿Plaza Real?, las hijas del dueño venían por la cocina -sin duda sabían ya que además de para mear, servía para algo más- y el cocinero les decía "os voy a comer el chocho". Lejos de escandalizarse, siempre volvían a ser comidas. Bien es verdad que, "la agresión", nunca pasó de ser de boquilla y jamás, al menos en la cocina, el hombre les tocó un pelo.

¿Es posible que mi agresividad provenga de un "complejo de inferioridad"?. Hay hechos que podrían confirmar ese temor y que, sin duda, a pesar de la posibilidad de que alguien conocido pudiera leer este post es muy remota, tampoco voy a relatar de forma explícita. Mi abuelo materno, no fué muy benevolente en tanto yo era niño. Siempre me llamaba cagandandos; "a donde va cagandandos". Yo era el culpable de los disgustos de mis padres y de la conducta de mi abuelo, que para mí en esos años no lo fue.

Entre los niños o niñatos, tampoco me recuerdo de forma muy favorable en su relación conmigo. No era el patito feo, pero tampoco lo contrario. (Y eso que era el número uno en clase, o quizá por ello). El muy cabrón de Crispín -Manolo- me llamó en una ocasión "hijo de puta". Quería hacer daño a quien no sabía cual era el significado de esa frase. No ofende quien quiere. Ni lo olvido, ni lo perdono. Como a otros, otras cosas.

Quizá por eso, o a raíz de eso, mi relación con los demás ha sido de distanciamiento. Mantenerles alejados en previsión de que puedan hacer daño. Las vicisitudes posteriores de la vida, no me han ayudado precisamente a confiar en los demás. He basado mi conducta y actuación en mis posibilidades. Me he superado en lo que he podido, pero hoy reconozco que mi soberbia, altanería o ¿complejos? no me han servido para hacerme más feliz sino todo lo contrario. Pero también por su causa, cuando me he sentido atacado, he podido superar los momentos de dificultad, y grandes, que he sufrido.

Hoy, me ha hecho recapacitar una persona a la cual, sin quererlo, quizá haya ofendido por ese mismo lenguaje que ya es muy difícil de reconducir o erradicar. Y es que yo, por escrito, cuando medito lo que tengo que comunicar, no suelto palabrotas. Eso sí, cuando tengo que llamarle a alguien hijo de puta o cabrón, no me corto un pelo. Por dibujado o de boquilla. Y tengo a unos cuantos en nómina, aparte de Crispín.

Lo peor, es que no me he planteado hacer propósito de enmienda.