Amigos del castillo de Peracense

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lunes, 14 de septiembre de 2009

Teléfono móvil


A veces gastan malas pasadas. Desde que la familia te pille el teléfono oculto que tienes para comunicarte con tu amante/amante en secreto, hasta que estén a punto de pillarte por husmear, sin permiso, en tu móvil. Amén de muchas más posibilidades de ser pillado in fraganti o fuera de juego.

Al margen de que todas las compañías son tan mafiosas como les permiten los clientes y la legislaión in-existente, lo cierto es que hoy no sabemos vivir sin el aparatejo. Lo llevamos hasta pa mear. En todo momento y lugar y no hay nadie que se precie que carezca de el. Se ha hecho imprescindible.

Muchas veces, lo perdemos. Y es recurrente el realizar una llamada para ver donde lo hemos "perdido". En la fábrica, me encontré uno en medio del pasillo. Lo cogí, y al rato, recibo una llamada. "¿Si?" "Soy el dueño del teléfono que llevas" "Pues sino lo hubieras perdido, no estaría en mis manos...". Me jodió el tono empleado por el fulano, pero se lo devolví como fue mi intención desde el primer momento.

Un día me fuí al campo con mi padre a ver unas fincas que, al estar yermas, servían de paso con el tractor nada menos, a los bandarras del pueblo. En un momento dado, eché en falta al dichoso unicelular. Venga a tentarme la ropa y no aparecía. Nada, que lo he perdido.

Revisamos el terreno volviendo sobre mis pasos por todos los sitios donde había pasado. Si pudiéramos llamar... Al final opté por volver al pueblo a buscar el móvil de mi madre y regresar al punto de partida. Al primer timbrazo de llamada, el muy ladino, descubrió su ubicación. No estaba en el terreno, ni en el coche, no. Lo llevaba encima, pero de una forma tal, que mira que me palpé el cuerpo buscándolo y no dí con el. Otros, no tienen tanta suerte y lo pierden o se les quitan. El mío, solo jugó un rato al esconder.

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