Amigos del castillo de Peracense

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viernes, 6 de noviembre de 2009

Un poquito de por favor

Nadie hubiera dicho que aquella mujer escondía dentro de sí tantos misterios. Embutida en su gabardina azul oscuro y con un pañuelo a la cabeza que velaba el color de sus cabellos, caminaba por el paseo marítimo ante y entre la indeferncia mutua respecto de los demás paseantes. Sus enormes gafas oscuras, aún ocultaban más la personalidad y facciones de la dama.

Llegada al kiosko del paseo, ocupó una de las mesas y encendió con displicencia y deseo un cigarrillo del cual obtubo una calada que por su profundidad, pareció irle en ello la vida.

-¿Qué va a tomar la señora?, preguntó con la rutina de siempre Chimo, el camarero.

-Un café largo con hielo, por favor, respondió la clienta misteriosa.

Desde la barra, se fijaron en ella y el misterio que la rodeaba. Parecía la protagonista de una de esas películas de espías, que se camuflan para no ser reconocidos. Pero estaba buenísima.

-¿Te has fijado en esa gachí, Moncho?

-Joder macho, ni que fuera la hija de Onassis por lo tapada que va.

Los camareros, tras de su actitud servicial y a veces servilista, son tan humanos como el resto.

Una vez tomado el café y tras haber fumado varios cigarrillos en la terraza, reanudó su paseo. Las miradas de los camareros la siguieron pues había despertado su curiosidad el secretismo que parecía rodearla. ¿No te recuerda a alguien tío?

Se paseo hasta bien entrada la tarde, como si pretendiera exhibirse. Comenzaba a anochecer cuando decidió irse a su casa. Al entrar, dos personas que no despertaban sospechas la siguieron dentro. Esperaban el ascensor, cuando de pronto uno de los individuos le metió mano bajo la gabardina al tiempo que con el otro brazo le rodeó el cuello.

El codazo en el estómago, al atacante, le hizo ponerse blanco y mientras aún mantenía la boca abierta, un golpe bajo la oreja, le mandó a dormir la mona. El otro fulano, con una navaja cabritera en la mano, no se había repuesto de la sorpresa cuando vió venir un obús hacia sus morros. Una patada en la ingle y otro golpe posterior tras la oreja, le enviaron con el otro asaltante.

Cuando despertaron, se encontraron esposados a la orilla del mar en unos acantilados. Los cangrejos, amenazadores con sus enormes pinzas, se aproximaban poco a poco a ellos. El terror se asomó a sus rostros. Estaban desnudos de cintura para abajo y espatarrados, con las piernas abiertas y amarradas y los testículos pringados de sangre. Aún no salían de su asombro y no comprendían lo que les había pasado. Si salían de aquella, jamás volverían por alli.

-¿Sabes lo peor?, le confesó el primer atacante a su compinche. Era un tío con un paquete enorme.

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