Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

lunes, 16 de febrero de 2009

El Morrón


El castillo, desde una posición inédita. En ella se aprecia la gran pendiente existente a esta parte del mismo, que no sale en la mayoría de las imágenes. Al menos, en las mías. Y dudo que en las ajenas.

Al fondo, el barranco. Empujé una piedra y bajó rodando echando leches al fondo del mismo. Así que me acojoné y bajé agarrándome a lo que podía y con el culo arrastras.


El interior, tomado a distancia y con zoom mientras esperaba a que me llamara por teléfono mi amada esposa.

El acantilado tomado desde otra perspectiva, vista oeste

Al comienzo de la ascensión. Engaña la vista. No se aprecia la pendiente y la dificultad del terreno.

Primer contacto visual con el acantilado. Pica en las fotos para ampliar.














El viernes por la tarde, tras acabar la faena ajeril, tenía en mente subir con el coche a san Ginés y de paso ver la nieve en la sierra cercana de Bronchales-Orihuela. Montes Universales. Sin embargo, me vino a la mente una cosa que tenía pendiente desde hace 40 años aproximadamente. Y me decidí por ella.

Hace un tiempo, publiqué un post al que llamé "Lágrimas perdidas". En el narraba como una tarde de hace esos mentados años, deposité en una oquedad de la piedra un papelito escrito. Y tomé mi garrote y la máquina de las afotos y me fuí parriba. Tomé muchas más, estas son las más representativas. Belkis pedía contara lo que encontrara si hacía la escursión. Hela aquí.

No es necesario resaltar que, mis condiciones físicas, distan mucho de parecerse siquiera a las de entonces. Tenía mis temores al iniciar el ascenso, pues el terreno está muy rampante e inestable por la gran cantidad de piedras sueltas.

Poco a poco, agarrándome a los matojos, conseguí llegar al interior del Granero Mototo. Inspeccioné detenidamente todos los agujeros de las rocas susceptibles de alojar el papelito. Lo había protegido con una piedra, pero no encontré nada. Son muchos años y sabe dios que le habrá podido ocurrir.

Descansé un rato y comencé el descenso. Empujé una piedra y rodó al fondo del barranco dando grandes saltos. Por mi cabeza pasó que, si yo tenía un fallo y perdía pie, acabaría de la misma forma. Pero debía bajar. Con mucho tiento y cuidado, descendí dando por acabado un episodio que tenía pendiente. Al mismo tiempo, dije adiós a esas rocas a las que nunca más volveré a acceder, de forma voluntaria.

Ajos y agua en botella.

El Morrón, a la izquierda los acantilados del Granero Mototo. La peña la Merienda encima del tejado;en el centro arriba , La Cagada y arriba del todo, la Sanjuanada.
Abajo,La Aguzadera y Peña María la Grande
Pica en las fotos para ampliarlas, son magníficas.



Estos días, los he pasado en el pueblo. El late motiv ha sido ir a plantar ajos. Si, eso que pica y que la pija (la mujer, no la polla) de Beckamn detestaba. Como el tiempo este invierno ha sido como ha sido, tampoco surgían días que, a priori, garantizaran como mínimo, que no nevaría. Así ha sido, dias de sol radiente. Ello no quiere decir que hicieran días como para tomar el sol en pelotas, no, ni mucho menos.

El jueves, venía un aire cierzo que pasaba. Después de comer, salí de paseo con mis fantasmas. Se negaban a salir de casa. A calibrar el trozo que los padres habían previsto de plantero y así no llevármelo de susto al otro día. He de decir, que mi padre no puede hacer ya nada, justo le viene para andar. Mi madre, toda genio, no puede hacer todo, y yo, el gualdrapa metebulto, aparte de eso, poco más.

De vuelta a casa, me encontré al marido de la chica de la mochila azul con el ganado. Resulta que lleva ya seis años jubilado y yo ni enterarme. Solo que hubiera pensado mi edad, hubiera deducido que ya lo debía estar. O sea, que debía tener la niña 15 o 16 años cuando se la echó de novia. Joer, como pasan los años. Para esta pobre gente, toda su puñetera vida arrastrados; ganado, tierras, mina o fundición y cuando podrían tener algo de relajación, siguen y siguen y siguen hasta que se agotan. Conmigo la niña esta, no habría llevado esa vida; pero aparte de jactarse en el lavadero de que yo bien que la quería, mi primer amor murió, es mi sino, antes de nacer.

Sin embargo, todo salió a las mil maravillas. Para mi sorpresa, aparte el natural cansancio, no experimenté la fatiga que en otras ocasiones había sentido al realizar la labor de cavar con el legón. Toda la faena la realicé yo, incluso poner los ajos en el surco hasta que vino mi madre. Esto me resultaba más duro al tener que adoptar una postura que me hacía polvo las rodillas. Cuando ella vino, todo fue mucho mejor (para mí, claro).

Faltaron unos dientes de ajo para poder terminar el terreno que ellos querían plantar. Así que, solo, después de comer, fuime y acabé la faena inconclusa de la mañana. Aproveché para hablar con mi amada esposa lejos de los oidos, cuando menos curiosos, de mi señora madre.