Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 1 de marzo de 2009

Mala hierba

María Fernández Valenciano



Como canta mi admirado Bunbury, "no soy mala hierba, solo hierba en mal lugar".

Mi madre me dice/decía que me gustaba juntarme con "los mayores", con lo cual el pagano de las posible fechorías que hiciéramos, siempre era la parte más débil, yo.

Un día, el que hoy es mi consuegro y además es "tío", me dejó atado en una finca. Pero en honor a la verdad, según recuerdo, yo no opuse resistencia. Aunque el karakabra se largó dejándome allí de esa guisa. No recuerdo quien me desató. Otro día, en el mismo paraje, jugamos a ver quien llegaba antes. El, tiene tres años más que yo y tenía todas las de ganar. Recuerdo que se paraba y cuando llegó a meta me explicaba que las cortas y regordetas, eran más lecheras. Supongo se referiría a una vaca que tenía. La ordeñaban, y la leche obtenida, la vendían entre el vecindario.

"Eras mucho malo". Pues no me recuerdo así. Por las tardes, en verano, ala, a la siesta. Yo aguantaba en la cama, lo que mi madre tardaba en dormirse. Me escapaba a perseguir gorriones con el tirador o lo que saliera. Aunque luego, seguro, me zurraba la badana. Malo, malo, Crispín. Un día, él y yo, a eso de las 5 de la tarde con un sol de justicia, le robamos al tío Leandro unos pepinos del huerto y fuimos a comerlos en los sabucares aledaños. No he probado cosa peor en mi vida. Vale, yo tampoco era trigo limpio.

A los chicos de mi edad, nos pilló a caballo entre los que eran algo mayores y los que venían detrás. Al final, acabamos fusionados. Ocurrió otro tanto con las chicas. Como las mujeres maduran antes, solo había que ver a algunas de ellas, nos las birlaron la generación anterior. La de la mochila azul y su prima, que son de mi tiempo, acabaron casándose con mozos 6 ó 7 años mayores.

Las que debieron ser novias nuestras, en teoría, o nosotros para ellas, cuando emprendí el exilio eran niñas. Ni las mirábamos siquiera. Aunque he repasado mentalmente esos años, no puedo precisar cuando contraí la enfermedad. Solo tengo claro, cuando se manifestó con síntomas inequívocos; ha resultado incurable. Como anécdota, la primera vez que bailé con una moza fue para las fiestas de san Blas; yo tenía 15 años y ella 4 ó 5 más que yo.