Amigos del castillo de Peracense

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jueves, 11 de junio de 2009

La de la mochila azul


Cuando era un mocoso, estaba loca e íntimamente enamorado de una niña de mi edad. Y aunque todo el mundo lo sabía, ella incluida, jamás de mi boca salió palabra en ese sentido ante ella. Como no podía ser menos, era la más bella de la clase, faltaría plus. Así transcurrieron esos años en los cuales se está en el limbo, pues aún no se tienen mas que sentimientos puros.

Y ocurrió, entrando ya la pubertad, que una noche por san Juan, cuando se ponían las enramadas, me encontraba con dos colegas y primos a la vez, vagabundeando por el pueblo. Estos traidores, conocedores de mi debilidad, me arrastraron a ser cómplice de un tremendo sacrilegio: arrancar unos cardos enormes, floridos, y ponerlos en la puerta de su casa. Como estaba en minoría y era cobarde, participé.

Cuando decidimos irnos a la cama, esperé un tiempo y regresé al lugar del "crimen". Cogí los cardos y los arrojé a la rambla de donde los habíamos arrancado y en su lugar coloqué algunas frutas que había tomado prestadas de algún huerto. Ya feliz y con la conciencia tranquila, entonces sí, me fuí a la cama.

Pero la historia no acabó ahí. El más pariente de los primos me contó hace poco, mejor dicho me confesó, lo buenos que estaban los albaricoques que le había puesto a la niña (a la sazón, ya no tan niña) a cambio de los cardos. Los muy taimados, sospechando que yo volvería a quitarle los "floreros", tampoco se fueron a dormir. No encontraron los cardos, pero se comieron la fruta.

¿Cómo iba a saber él lo que ocurrió, después de tantos años? ¡¡Porque lo hicieron!!. Con amigos como estos, no hacen falta enemigos.

enviado miércoles, 13 de septiembre de 2006 17:53 por WARRIORV