Amigos del castillo de Peracense

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viernes, 17 de julio de 2009

A la de abajo


La otra tarde, fuí con los abuelos al huerto. Tuve que soportar previamente, mientras bajaba -cada vez que paso, tenemos el sainete-, a un perro asesino que subido a algún apoyo que debe tener, se vuelve loco de ladrar cuando paso. Yo hago como que me agacho porque me pica el pie y el mahara del perro se acojona y esconde. Hasta mi padre se ríe al verlo, aunque él lo amansa. No me importaría pegarle dos tiros.

Ya en el huerto, como no había faena para mí (ni ganas que yo tenía pues no en vano mi madre me decía cuando era adolescente que era más perro que la chaqueta un guardia), decidí darme un paseo campero.

Ellos, todas las mañanas y las tardes van allí. A regar con el motor o a pozal. Siempre hallan algún entretenimiento. Patatas, acelgas, borraja, cebollas, tomates, lechugas, judías verdes, zanahorias.........y los calabacines. Mientras tengan ganas, están entretenidos. Aunque mi padre, poco hace aparte de sentarse en una silla que el tío llevó para cada uno. Mi madre no para de darle al pozal y el tío se queja de que cuando él baja a la mañana, ya le ha sacado los cuatro pozos.

Sobre la marcha, cambié de itinerario y bajé Regajo abajo hasta llegar a la curva que hace la rambla en la unión con la otra que viene de la Arenas. Allí, los Raboseros (koño, ¿será mención a los zorros?), obligan a las aguas a seguir por la fuerza. Hay unas cuevas, en las cuales no había estado nunca. Las tenía vistas de lejos.

Así que crucé la rambla y me dispuse a subir a la primera, más pequeña. Diez o doce metros de subida suave. A mitad de camino, un chaparrote. Al pasar junto a el, oigo ruido dentro de las ramas. Intuyo lo que es y me muevo para ver la parte que no veía. Justo lo que pensaba. A un metro de mí, por dentro del chaparro, estaba encamada una hermosa y lozana liebre que al aproximarme, huyó.

Le mandé dos tiros, pero la escopeta falló. (De las escobas salen tiros, dicen, de los garrotes, se ve que no). Le ofrecí el arroz, pero no me escuchó. Espacio y tiempo tuve, de haber ido armado, para hacerla plato principal en una hermosa paella. De todas formas me alegró la tarde. Siempre he sentido debilidad por las liebres. Me entusiasma verlas correr con las orejas tiesas. Si la cosa se pone fea, las pliegan sobre el lomo y corren que se las pelan.

Me hizo recordar las muchas veces que junto al abuelo y al tío, mayormente, andé el término del pueblo esperando tropezar con alguna, o varias, de ellas.