Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 18 de julio de 2009

La última (y amarga) cena



En una ocasión, por dos circunstancias diferentes, los mozos y las mozas, cada uno por su lado, tenían una cena aquel día. Las mozas, aprovechando que el cura les había hecho donación de una partida de los huevos de gallina que , fruto de la costumbre, las vecinas habían ofrecido el día de sábado santo en la bendición de las casas. Los mozos, fruto de la "manta" que un forastero tenía que pagar por festejar con una moza del pueblo. Esta moza, era hermana de uno de ellos, y nada que ver con las anteriores en edad.

Los mozos compraron unos conejos, los cuales algunos de ellos se hallaban guisando en el horno. Otros, no ocupados en estos menesteres, se hallaban elucubrando y al acecho de la cena de las chicas. Ellas, después de prepararla, se fueron contentas y bulliciosas al bar. Los zorros, conocedores de la casa, entraron por la puerta falsa y les mangaron la cena. Huevos rellenos, en batalla, etc. Trajeron el fruto de la rapiña al horno y las fuentes que la contenían las depositaron en el lavadero.

¡La que se armó fué épica cuando volvieron y vieron que su cena había desaparecido! Fueron a reclamar hasta al alcalde. La mujer de éste, para más inri, les dijo que les había estado bien por ir metiendo bulla por el pueblo. ¡Lo que les faltó!. Con los autores de la fechoría estuvieron discutiendo, más bien gritando, en tanto que los cocineros seguían a la suya. Preparando la cena. Lo cual que esto aún las enfureció más: "unos por mucho y otros por poco" ; se quejaban, entre ellas la estrella polar, por no hacerles caso. El que suscribe, no se enteró de nada, salvo de los gritos. Luego la hazaña, fué relatada con pelos y señales para conocimiento y regocijo generales. Los huevos, geniales. Estuvieron mucho tiempo sin hablarnos y poniéndonos a caer de un burro (y con razón). Cosa normal. (Años más tarde, el recientemente desaparecido Joaquín junto con algún héroe de este día, hallándose estas mismas chicas de merienda en una casa, les arrojaron pimienta por la chimenea y casi las axfisian).

A las chicas les sobró orgullo y les faltó cintura. Eran jóvenes e impetuosas. Su decisión debía haber sido otra: "¿Nos habéis quitado la cena? pues venimos a que nos déis de la vuestra, os parezca bien o mal". Hubiera sido un epílogo feliz y una gran cena. De hecho lo fué, pero sin ellas.

Quizá esto nos hubiera servido para conquistar el corazón y el estómago de alguna de ellas. Pues como santa Teresa decía, también Dios está entre los pucheros. Rememoro ahora que, de hecho, no hay ninguna casada con hombres del pueblo desde aquél episodio. Al menos entre los artífices y las sufridoras del evento. Alguno, lo pagamos caro. Perdimos el norte. O no.

enviado miércoles, 04 de octubre de 2006 9:58 por WARRIORV