Amigos del castillo de Peracense

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domingo, 2 de agosto de 2009

A mis hijas



Corría el año 81. Mi abuelo, ya estaba muy afectado por la dolencia ósea que le llevó la vida. Comenzó doliéndose del hombro derecho que le impedía empuñar la escopeta. Poco a poco le fue invalidando y lo que fue peor, con dolores que le hacían sufrir y solo paliados por inyecciones fuertes.

Lo llevé a la capital a que lo visitara el especialista, aunque ya sin esperanza ni remedio. Y recuerdo que yo había de partir hacia el extranjero y él lloraba y me decía que ya no nos veríamos más. Lloraba porque él presumía que, antes de que yo regresara, el habría partido. No fue así, porque aún nos volvimos a ver y le acompañe hasta su última morada.

Esto es lo que me ocurre a mí a veces y con más intensidad en el turno de noche. Me pongo a pensar en que un día no volveré a ver más a mis hijas, y es algo que también me hace llorar y me estrangula el alma. Que no acepto y me rebelo y hundo. Pero pido al Espíritu Divino que recaiga sobre mí mil veces mil ese final antes que tener que ser yo quien lo contemple.

Como espero que un día leáis esto, hijas mías, quiero deciros que vosotras sois mi vida, la cual carecería de sentido sin vuestra presencia. Os quiero infinitamente, aunque no sé si os lo he dicho o demostrado.

PD.- Hoy, ya tenemos otra florecilla más.
enviado jueves, 26 de octubre de 2006 5:06 por WARRIORV