Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse. EL DINERO Y LA POLICÍA, NUNCA ESTÁN CUANDO LOS NECESITAS.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Banda(rra)

La semana anterior, la radio y la TV habían estado dando la barrila con el mismo argumento, manido y repetido hasta la saciedad, aunque no por ello los afectados dejaran de tenerlo en cuenta. Va a haber un movimiento extraordinario de vehículos en las carreteras ya que se juntarán los que van y los que regresan de vacaciones y además, es fin de semana.

Pues ya podemos madrugar para llegar pronto al camping y coger buena parcela. Y cuando el sol caliente, ya habremos montado el campamento.

A la noche quedó cargado el coche con todos los utensilios excepto los alimentos de la nevera. A la mañana siguiente, al despuntar el sol ¡a la playa!. Por la autopista, en dos horas y media si no hay atascos, llegamos. Si, si.... Pasado el peaje de Alfajarín, y ya en los Monegros, de pronto rissssss! ¡Ostia! ¡qué pasa!. Agarro fuerte el volante y levanto el pie del acelerador. Un sonido como el que hace la sierra eléctrica de un carpintero. De corbata.

¿Un reventón? ¿un pinchazo?. Sigo despacio por el arcén sin pasar de 60 Km/h. De vez en cuando el dichoso ruidito. Me meto en la primera zona de descanso y comienzo a mirar el exterior del coche. No encuentro nada raro ni en ruedas ni en motor. Sigamos. Y el sonido, esporádicamente, también. Saldré en Fraga e iremos al garaje.

Así lo hago. Busco el taller de servicio Opel y nos damos un paseo, con el mecánico como conductor, hasta Torrente de Cinca. 140 Km/h. De maravilla. Lo sube al elevador, lo mira y remira y ¡nada!. No me quiere cobrar nada. Insisto y me cobra mil pelas. ¡Mil duros debían haber sido, por capullo!.

De vuelta a la autopista, nada más entrar riss! ¡la madre que lo parió!; pues ya puedes hacer lo que quieras que hasta la playa no paro. Más adelante, no lo volví a escuchar.

Un día, hablando con otros campistas, explicándoles lo que me pasó al bajar, me quitaron la venda: la banda blanca del arcén, era/es especial, y produce ese ruido para despertar a dormidos o despistados. ¡Hace falta ser tonto!, pero lo desconocía. Aunque despues he pensado muchas veces como era posible que el mecánico también desconociera el hecho.

Al circular pegado al arcén contínuamente, pisaba la banda sonora productora del acojone. Cuando dejé de escuchar el ruido fue porque ya no había banda sonora. A la vuelta, hice la prueba y ¡bingo! (No soy más tonto, porque no me entreno).

Teléfono móvil


A veces gastan malas pasadas. Desde que la familia te pille el teléfono oculto que tienes para comunicarte con tu amante/amante en secreto, hasta que estén a punto de pillarte por husmear, sin permiso, en tu móvil. Amén de muchas más posibilidades de ser pillado in fraganti o fuera de juego.

Al margen de que todas las compañías son tan mafiosas como les permiten los clientes y la legislaión in-existente, lo cierto es que hoy no sabemos vivir sin el aparatejo. Lo llevamos hasta pa mear. En todo momento y lugar y no hay nadie que se precie que carezca de el. Se ha hecho imprescindible.

Muchas veces, lo perdemos. Y es recurrente el realizar una llamada para ver donde lo hemos "perdido". En la fábrica, me encontré uno en medio del pasillo. Lo cogí, y al rato, recibo una llamada. "¿Si?" "Soy el dueño del teléfono que llevas" "Pues sino lo hubieras perdido, no estaría en mis manos...". Me jodió el tono empleado por el fulano, pero se lo devolví como fue mi intención desde el primer momento.

Un día me fuí al campo con mi padre a ver unas fincas que, al estar yermas, servían de paso con el tractor nada menos, a los bandarras del pueblo. En un momento dado, eché en falta al dichoso unicelular. Venga a tentarme la ropa y no aparecía. Nada, que lo he perdido.

Revisamos el terreno volviendo sobre mis pasos por todos los sitios donde había pasado. Si pudiéramos llamar... Al final opté por volver al pueblo a buscar el móvil de mi madre y regresar al punto de partida. Al primer timbrazo de llamada, el muy ladino, descubrió su ubicación. No estaba en el terreno, ni en el coche, no. Lo llevaba encima, pero de una forma tal, que mira que me palpé el cuerpo buscándolo y no dí con el. Otros, no tienen tanta suerte y lo pierden o se les quitan. El mío, solo jugó un rato al esconder.