Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 5 de diciembre de 2009

Mobbing

Llevaban muchos años de mutua compañía. El camino no había sido fácil. Duras y largas jornadas de trabajo y caminatas. Los dos compañeros habían tenido de todo. Grandes conversaciones y no menos grandes silencios. Monólogos virtuales las más de las veces. El uno, histriónico, dado a grandes aspavimentos y diatribas; el otro, fiel cumplidor de su obligación en abnegado silencio.

Cuando las cosas no salían bien, siempre pagaba las consecuencias el que más a mano se encontraba. Que casi siempre era el. Pues hasta el refrán lo reconoce: "el burro que más trabaja, el que peor albarda lleva". Aunque había sido trabajador inagotable, los años y los esfuerzos pasados, comenzaban a dejarse sentir. En ambos. Su andar y su figura, comenzaban a reflejar las secuelas del paso del tiempo. Su mirada, antaño vivaz, iba poco a poco tornándose melancólica y apagada.

Un día, a la hora acostumbrada, nadie lo fue a buscar. Qué extraño, pensó. ¿Habrá pasado algo y no me he enterado?. Durante todos estos años, al despuntar el día, siempre han venido a visitarme o a llevarme a realizar la tarea diaria. Pasaron las horas, estaba intranquilo por la incertidumbre. Sumergido en sus pensamientos, no se percató de la presencia exterior de gentes extrañas. De pronto, abrióse la puerta de la estancia y le hablaron.

Venga vamos Navarro. Vió gente forana, lo cual le inquietó aún más. Le invitaron a seguirlos. No comprendo que pasa ¿dónde me llevan?. Había más pasajeros en el vehículo al que le invitaron a subir. ¿De dónde venís?, preguntó. El más cercano le comentó que los últimos años había trabajado en un molino. Había dos más que acababan de sufrir un ERE e iban al paro. Suponían. ¿Y yo?. Mi amo no me ha dicho ni una palabra. Solo una lágrima fugaz le dió la respuesta.

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