Amigos del castillo de Peracense

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sábado, 9 de enero de 2010

MI SEÑORA MADRE POLÍTICA (O SEA, MI SUEGRA)

Eran los tiempos de la tarifa plana. Cuando nos conectábamos a Internet perdíamos la conexión teléfonica. Había ocurrido una incidencia en la comunidad (de vecinos; aquí, es un poema). Alguien se había quedado colgado en el ascensor y llamaron a casa para ver si podía hacer algo. Dos críos, haciendo el gamberro, habían sido los causantes y se quedaron colgados dentro. Los saqué. Habíamos salido al pasillo y de forma fortuita o voluntaria, la puerta de casa se cerró y no teníamos llave para entrar. No importaba, estaba dentro de casa la madre de mi santa, mi suegra.

Craso error el cometido. Cuando decidimos que ya había que volver a casa, después de un rato de poner a parir a los críos, tocamos el timbre, cosa natural. ¿Coño! esta mujer no se entera. Riinnnnnnnnnnnnnn, riinnnnnnnnnnnnnnnn, riinnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn. Ni ostias. ¡joder, pero que carjoy está haciendo!. De los timbrazos pasamos a los puñetazos (estilo Pedro Picapiedra) y las patadas a la puerta. ¡Qué si quieres arroz Catalina!. Desde casa de los vecinos intentamos tocar en la ventana con un mango de escoba. Rien de rien. Llamar por teléfono no se podía pues estaba activada la conexión a Internet.

Requerimos a unos cerrajeros de esos que te abren la puerta sin enterarte de como lo hacen. Enseguida vamos. Casi una hora esperando y aporreando la puerta.

Ya nerviosos, pensando que a la vieja le hubiera pasado algo, seguimos llamando por teléfono; hasta que ¡por fin! la conexión de internet se interrumpió al estar mucho tiempo sin uso. Después de mucho sonar, y menos mal que había un aparato donde ella estaba, lo cogió. ¿Digaaaaa?. Bueno, la que le cayó encima fue leve. Se había encerrado en la habitación-cuarto de estar con la TV a tope. ¡Había oido las patadas a la puerta! pero ni se inmutó ni sintió curiosidad. A veces las personas, sino somos lelas hacemos lo imposible por parecerlo. Arde el edificio, y ella tan feliz. ¡Hay que joderse!

A todo esto, los cerrajeros que acudíeron cuando ya la puerta estaba abierta y después de esperarles durante una hora, cayeron en medio del fragor de la batalla entre mi santa y su madre, y pretendiendo cobrar.

-¿No me va a pagar la salida?

-¡¡Ya se puede ir por donde ha venido!! ¡¡Una hora les llevamos esperando y aún pretende cobrar!! ¡¡Ni una perra!! ¡¡Eso encima!!

-Pues no me vuelva a llamar que no vendré.

-¡¡No se preocupe que no lo llamaré!!

Este episodio me volvió al recuerdo debido a que el otro día la hija de su madre bajó a la calle y sin llaves. Harta de llamar al portero automático, hubo de llamar a casa del vecino para que le abriera. Y menos mal que la de casa se la abrió. No escarmienta.

Aleluya para hoy: más vale tener un perro que tener una mujer. Cuanto más tarde vuelves a casa más contento se pone; y además, no te pide explicaciones.

enviado miércoles, 09 de enero de 2008 20:15 por WARRIORV

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