miércoles, 14 de abril de 2010

Pasión


He de decir que siento la semana santa como algo lo más alejado de lo que su nombre indica. Al margen de los sentimientos que otras personas, a las cuales respeto, puedan albergar.

Pero dicho esto, también confieso que hay hechos puntuales que me hacen emocionar. La figura de Jesús, al margen de manipulaciones jerárquicas o folklóricas, es algo que no me resulta indiferente. En el pueblo de la santa, en el cual he pasado estos días, celebran una procesión al anochecer del viernes santo donde con muchas figuras pasionales procesiona una persona con una cruz a cuestas en recuerdo de Jesús y su calvario.

Nada más salir de la iglesia, cae al suelo y una Verónica le limpia el rostro. En el paño está la cara de Cristo la cual enseña a los presentes. Eso me emociona y pone un nudo en la garganta. Es algo cultural que muchos llevamos dentro, lo cual no nos debe hacer olvidar a todos los miles y miles de cristos que por una u otra causa en nuestros días siguen padeciendo torturas y muerte.

Hubo otra vivencia que me hizo sino emocionar, sí notar una enorme empatía con aquella persona y valorar que lo que otros hacen o sienten, aunque a nosotros nos dejen fríos; son dignos de admiración y respeto aunque no los comprendamos o compartamos su actividad.

En un pueblo del Bajo Aragón turolense de la Ruta del Tambor y el Bombo, se vió en la televisión a un señor ya mayor que, desde el balcón de su casa y vestido con su túnica, participaba en la tamborrada que se celebraba en la plaza del pueblo. Con un énfasis y una dedicación que parecía que en ello le iba la vida. Como si quisiera que su tambor resaltara por encima de los demás o que no fuera engullido por el tronar de estos. Luego le preguntaron sobre el asunto, y el hombre se emocionaba, porque se veía imposibilitado de participar abajo en la calle, en la forma que había sido su devoción a lo largo de su vida.


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