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viernes, 2 de julio de 2010

Perros, ¿el animal o el dueño?

En esta sociedad, a falta de valores más humanos o quien sabe porqué motivo, se cultivan costumbres un tanto ilógicas por el mero capricho de poseer algo, puro mimetismo, aunque ello suponga pisar el umbral de la incoherencia.

No digamos ya de quienes en el colmo de la chochez, tienen a los canes en más estima que a las personas e incluso que a sus hijos. Esas viejas que en el colmo de la banalidad y perdido el juicio, legan a sus chuchos verdaderas fortunas,  son una ofensa ante los miles de muertos por enfermedades y hambre existentes en el mundo mundial (y quizá bien cerca de nosotros). Estos días, los medios informaban del desahucio de un hijo al que su madre dejó al pairo mientras legaba millones de dólares a unos perros. Pa amatala.

En el pueblo, teníamos perro. Pero no existe parangón entre tenerlo alli, libre, a tenerlo encerrado en un piso. Entre otras molestias, huele, y hay que tener cuidado no haga destrozos, que a la larga, los hará. No hablemos de tener que sacarlos a mear y otras necesidades.

Pero lo que se pasa de castaño oscuro es la insolidaridad incívica de algunos dueños. Con conductas rayanas en lo ilícito. Aunque cada uno es libre de hacer en su casa lo que quiera en tanto en cuanto no genere y transmita molestias a sus convecinos, haylos que se pasan.

En mi comunidad tenemos un ejemplo de esos vecinos que, por sí mismos, son invisibles. Pero tienen un perro grande que en cuanto lo dejan solo, no cesa de ladrar horas y horas. Desde las 10 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Y eso muele un güebo. Incluso a mí, que tengo dos pisos entre medio. Si me hubiera tocado trabajar de noche como en otras épocas,  jodido se habría puesto el patio.

Y aquí viene la paradoja de que, quien se siente con toda la razón del mundo agredido por el contínuo e infatigable ladrar del can, tiene que hacer - y hace- a escondidas acciones que puede que no sean correctas pero que ante la sordera del dueño acaba por crisparle. De ahí degeneran enfrentamientos que, a veces, terminan mal. Porque como nadie quiere problemas, todos callamos y esos tipos insolidarios e incívicos viven a sus anchas;  los demás, les importan un carajo. Básicamente porque ellos son sordos y no sufren la conducta de su perro.

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