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sábado, 4 de septiembre de 2010

M. A. O.

Quien no ama a China, no ama a Mao. O dicho de otra forma: quien no amamao no ama a China. Aunque la disyuntiva, en mi caso, era amar o no al kabrón del jesuita. De amores va esta pasata vivida en los comienzos, ya avanzados, de mi paso por GM.

Habió un jefe cuyas iniciales correspondían al título del post. Al cual llamaré Mao. Tras unos años con los mandos en el TC y debido a los contínuos roces entre ellos y los de la nave de carrocerías, pasamos con armas y bajages casi la mayoría del departamento bajo la jurisdicción de estos últimos. No por ello dejamos de ser el grano en el culo de unos individuos que consideraban, y siguen considerando, ajenas a ellos las labores que desempeñábamos. Cuando la producción paraba por una avería del transporte, salía hasta en la Gaceta. En cambio si la avería se producía en las líneas de producción, no se enteraba ni dios, es más, con una caradura tremenda nos cargaban a nosotros el tiempo de paro; no pasaba nada, ya recuperaremos.

Cierto día, un sobreesfuerzo saltó el embrague de un motor (punto de pago 41). Estaba en un foso lleno de agua y el kabrón del jesuita, a la sazón encargado del Dto., se empeñó en soldarlo. No valieron los argumentos. Cagándome en su puta madre por el desprecio que significaba a nuestra profesionalidad y por el peligro que acarreaba al estar lleno de agua y manejar la soldadura, lo soldé. Acabada la avería, le solicité una entrevista con su jefe para dejar claro el desarrollo de la misma y mi protesta por lo acaecido. Pasaron los días sin resultado.

Entonces me dirigí por escrito al jefe de la nave. Mao. Nos citó en su oficina a los tres y aquello fue la mundial. Lejos de amilanarme, solté toda la mala hostía que llevaba acumulada contra aquél hijo de puta. Mao, para calmarme, me argumentó que hablara con el gallego, su jefe, allí presente. Me vino a huevo para decirle que hacía días que había solicitado hablar con él y aún estaba esperando. Reconoció que era cierto, si si con cara de circunstancias,....pero ¿qué?

Al final, no pasó nada. Contra ellos no podía ir. Y como solución salomónica me dijo: "Pepe, así no se puede hacer nada". No, esto es broma. Pero si esto otro, mencionando mi nombre en primer lugar: "Tú eres capaz de hacer lo difícil que es solucionar los problemas de las máquinas, pero no sabes hacer lo fácil, que es hacerle la pelota a tu jefe; porque si mi jefe quiere que le haga la pelota, yo se la hago". Literal. Me guardo el comentario que esto me merece. Así le fue (y a mí).

Otra buena ocasión que hubiera tenido el muy kabrón de estarse quietecico fue a raíz de una sugerencia mía para instalar una tensora neumática en la cadena de suelo. El muy inútil, no dió pábulo a nadie, a mí menos, me tenía marginado, mobbing le llama ahora. Cuando entró en funcionamiento, yo me mantuve al margen. Así ocurría que periódicamente la cadena se "comía" a la tensora dando los problemas consiguientes. Hasta que un día que él no estaba, volvió a dar problemas. No sé porqué, pero me acerqué y pude comprobar que el bandarra metía aire a los cilindros y dejaba el distribuidor centrado con lo que la fuerza y las fugas hacían el resto. Se lo dije al gallego, su jefe, pero como el que oye llover. Eran tal para cual. Hice el comentario "zapatero a tus zapatos" y al pelota y correveidile de turno (seguro había más de uno) le faltó tiempo para contárselo. Lo narrado, solo es una muestra;  por esto, aunque ayuda, no se odia a un fulano. En premio, o para quitárselos de encima, los mandaron ascendidos a ingeniería, donde sin tener título, mandaba a ingenieros superiores. Esa es la recompensa por saber, vulgo currante, hacerle bien las mamadas al jefe. ¡Manda cojones!

Había otro jesuita hijo de la gran puta, Torquemada, amo de la buitrera roja y jefe del clan García/tudelano (que sigue vigente y en expansión), presunto miembro del Opus que cual cuco asesino consiguió eliminar al mencionado Mao y posteriormente a otro, J.L.R. (entre otros). Todo un figura practicando el nepotismo o lo contrario. Mordía con la boca cerrada. Pero también le llegó su hora.

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