Amigos del castillo de Peracense

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lunes, 18 de enero de 2010

¡Viva Cartagena!


Esta expresión, no tiene nada que ver con aquella ocasión en que un cantante para salir de un apuro gritó ¡Viva Cartagena!. Mas bien es la entrada que me da pie para relatar el siguiente sucedido que viví en mis relaciones laborales. Poco a poco van surgiendo estos chascarrillos, sucesos graves en su momento.

Habiendo vuelto de Alemania, tuvimos la desgracia de que nos colocaran de jefe a un individuo con más ambición que conocimientos. Simplemente tornero, que no es malo ni bueno. Estábamos unas personas que la empresa había enviado en periodo de formación específica en transportadores a Rüsselsheim y Bochum. Pues en vez de elegir a una de ellas, nos endiñaron al fulano este.

Nunca he dejado de pensar que en un principio, laboralmente, tenía miedo de nosotros. Intentó manipularnos y yo claramente le dije que no estaba de acuerdo con lo que él pretendía. Así pasaron unos meses hasta que en Enero comenzó a entrar el grueso de personal del departamento. Desde un principio, se volcó en los nuevos, manera de protegerse de "los alemanes" que éramos nosotros. Así, en menos de un mes, ascendió a dos individuos, Cereal y Alcón, nuevos, marginando a quienes tuvimos que sufrir aprendizaje y desplazamiento a las fábricas alemanas.

Con el tiempo, uno se descubrió como un manipulador ambicioso, pelota y rastrero, Cereal, en tanto el otro, inútil para la labor encomendada. El primero, fiel guardián de los intereses del jefe que le tocara, poco a poco fue destilando envidias y maledicencias al oído de su amo y del resto de la tropa. El menda, vara de fresno difícil de doblegar, cada día encontraba más dificultades en mis relaciones laborales con los colegas, envenenados por sí mismos, por unos o por otros. No olvido que eran los comienzos de la fábrica, tiempos en que todo estaba por decidir en cuanto a ascensos.

Como al saber le llaman suerte, a mi me tocó ejercer de jefe de equipo (sin cobrar para más inri) en mi turno y zona de trabajo. Los hombres, en contra de la fama que a las mujeres adjudicamos, somos tan o más cotillas y además, con peor baba. Llegó un momento que la bola de nieve, a mis espaldas, se hizo tan grande que explotó. El jefe, más preocupado por sí mismo que por lo que llevaba entre manos, hizo bueno todo lo que los demás quisieron contarle llenándole las orejas de aire, sin intentar siquiera averiguar, preguntándome, la veracidad de esas informaciones sesgadas que recibía.

Así que un viernes, me encontré con que había sido depuesto de mi "cargo" sin remunerar de jefe de equipo. En atención a las insidias de Cereal, de un alemán amigote suyo que se creía dios y del resto de la tropa. (Un día, la prensa de compactar la chatarra de las estampaciones de las prensas, perdió velocidad. Como todos éramos nuevos, cada cual lo achacó a un motivo. Cereal y alemán decidieron que un cilindro estaba comunicado y así se lo comunicaron al jefe. Como no tenía ni puta idea, autorizó a cambiar el fin de semana, por horas, las empaquetaduras del cilindro.

Mi equipo y yo, comenzamos a rastrear la instalación hasta averiguar que una electroválvula estaba jodida y no habría el caudal de la bomba hidráulica al circuito. El rectificador de corriente de la válvula se había quemado. Lo cambiamos y ¡¡albricias!! ¡¡funciona!!. No nos dimos por vencidos y descubrimos su secreto. Quizá así se entienda mejor el amor que me profesaban. No me perdonaron que los dejara en evidencia).

El lunes siguiente, con Alcón de nuevo jefe de equipo, me fuí a reclamar a los jefes de mi jefe. Les conté mis amarguras y estos decidieron acudir al tajo a preguntar directamente a los operarios porqué no me amaban. Todos juntos, reunidos. El general foreman, así les llamaban entonces, hoy nivel 7 o jefe de turno, preguntó a uno que qué pasaba. No recuerdo si hubo más o menos diálogo, pero éste respondió: "es que siempre está encima". Bendito Gamarra. Allí se acabó todo. "Serafín, que todo siga igual, han quedado claros los motivos de las quejas. No es por incapacidad sino por celo(s)".

Había allí dos empleados y yo tenía que atender otras instalaciones con lo que poco a poco creyeron ser ellos los amos de aquel corral, y eso les jodía. Mi jefe, Serafín, posteriormente se lamentaba de que lo habían engañado no contándole la verdad. Pero no fue la única vez, hubo muchas más. A un cerebro reblandecido, malpensado y corto, le suele ocurrir a menudo. Pero mientras tanto, a mi me las hizo pasar muy putas EL MUY KABRÓN.

Nunca, en los 28 años de trabajo, ni estos ni ninguno me pudo joder y no fue por falta de ganas: técnicamente, siempre fuí superior a todos ellos. Incluso académicamente.

Por este motivo, y otros posteriores, siempre recordaré con cariño y simpatía a mi Jefe, don Rafael. Otro que tampoco gozó de excesivas simpatías entre sus iguales y sus subordinados.

¡¡VIVA CARTAGENA!!

En la foto, el nuevo Meriva.

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