Amigos del castillo de Peracense

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lunes, 1 de febrero de 2010

El primero hace día...


...el segundo santa María y el tercero, san Blas. Antes de que los pueblos fueran a menos, no importaba el tiempo que hiciera ni la estación o temporada. Aunque cada pueblo adaptaba las fiestas a sus faenas agrícolas. En verano, no había fiestas, al revés que ahora que nos hemos vuelto todos urbanitas y hasta los críos creen que los huevos nacen en el supermercado. Aprovechamos masivamente el mes de Agosto para montar los tiberios en el pueblo, sin importarnos si jodemos la paz de los mayores que están alli descansando.

Tres o cuatro días de farra y descontrol que hacen añorar la paz anterior, y cuando acaban, el bullicio originado. Los que viven cerca del pabellón, o se van fuera o acaban hasta los webbs. A lo que iba, "cuando tú vas, yo vuelvo de allí...", para san Blas, fiestas mayores. De invierno, pero invierno invierno. ¡¡Qué nevadas!!. El nene poco recuerda de vida social de las mismas. Nene total, a ver, y algo más mayor, pues a incordiar por el baile y a intentar que el tío Mininas no nos diera pescozones si nos pillaba pululando por el baile. Y como nuestro poder adquisitivo no era como ahora...... a lo más que llegábamos era a una gaseosa o una jícara de cacagüetes.

Pero qué bien lo pasábamos y sin aguantar los horarios actuales en los cuales, el baile sin ir más lejos, empieza al otro día.. Así ocurre que la gente joven está missing hasta que se hace noche entrada. Y las abuelas, que son las mayoritariamente sufridoras del evento, acaban hasta el moño de hijos, nietos y asimilados. Aunque luego suelten una lagrimica cuando la marabunta abandona el campo de batalla.

Los mozos, habían de pagar a escote a los músicos amén de darles posada. Solo un año pagué música y no porque fuera mozo. Solo aspirante. Y me salió cara la única pieza que bailé. Años más tarde, estando temporalmente en el pueblo, junto con mis amigos Pedro Manuel y Manolo convencimos al alcalde para que el ayuntamiento pagara la música y nosotros la posada.

Estando a la espera de la misa, compramos 1000 pelas de cecina a un vendedor ambulante. No la probé. Hube de volver a Zaragoza a un exámen y me marché pronto a la cama. Cuando volví, no quedaban ni los huesos. Se habían corrido una lifara los casados -mayoría- junto con los otros dos mozos y las pocas mozas que hubiera. Pero no me penó, pues fuí el artífice de que ellos se pasaran unos días felices que de otra forma hubieran transcurrido dentro de la monotonía habitual.

Hacía años que no se celebraban de la forma tradicional las fiestas de san Blas y esta fué la última. Fué el año en que, teniendo la cabeza en otra parte, las ratas me destrozaron en el horno -donde se hacía el baile- la olvidada gabardina. Triste fin para una vida tan corta y desaprovechada. Como cantan Celtas Cortos, "ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay , han cambiado......."

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