Amigos del castillo de Peracense

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viernes, 5 de marzo de 2010

Decadencia



Me han ocurrido últimamente dos hechos que si no fuera porque soy un viva la virgen, quizá deberían darme algo en que pensar.

Desde esta pasada Navidad, he estado liado con el portero automático -nuevo- sin saber realizar las conexiones correctamente. No se escuchaba la voz, en el viejo, de quien llamaba a casa por lo que decidí cambiarlo. Pero fuí incapaz de hacerlo funcionar por lo que opté por dejar el antiguo aún con el riesgo de no oír al llamante.

El otro día tuvimos la asamblea anual de vecinos y le dije al administrador mi problema. Hoy ha venido un electricista enviado por él y enseguida lo ha solucionado. ¿Qué le pasaba? Estaba mal conexionado. Y una mierda. Miro las conexiones que yo tenía apuntadas, y están igual. ¿El propio teléfono? La custión es que el chisme funcionaba y que tendré que pagar la factura.

El drama ha venido a continuación: vuelta a las andadas con el nuevo. Una vez asegurado que el problema era interno, había que acertar con las conexiones pues el modelo es diferente. Ya estaba aborrecido e iba a arrojar la toalla volviendo a poner el viejo. Me parece mentira ser tan zoquete un tío con formación técnica. He vuelto a "leer" las equivalencias y por primera vez les he hecho caso aunque no entendido. Y ha sonado la flauta. Me ha costado, pero he triunfado al final.

La otra cosa es más de risa. Voy a la farmacia. A Grancasa a correos, compro el pan y vuelvo a casa. Me vuelvo loco buscando el medicamento y no lo encuentro. Realizo el recorrido a la inversa pasando por la farmacia. Negativo el resultado. Quiero comprar otro y no llevo perras. Vuelvo a casa, miro en la habitación y voilá: la puta caja de pastillas estaba encima de la cómoda.

Habrían pasado escaso cinco minutos, o menos, y ya no recordaba que las había dejado. Podría haber sido algo mucho más importante y hubiera sido lo mismo.


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