Amigos del castillo de Peracense

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lunes, 11 de octubre de 2010

Vértigo

La mañana había comenzado con malos augurios. Pájaros de mal agüero habían invadido todo al salir el sol al son de canciones que no hacían presagiar nada bueno. Todos se encerraron en sus moradas presos del pánico y el miedo pues sabían lo que eso significaba. Los más temerosos y suspicaces, se deslizaron protegidos por los matorrales huyendo monte a través en tanto que otros permanecieron esperando el fin del peligro.

Armando bulla, amparados por la impunidad total con que realizaban sus actos, pronto comenzaron a registrar minuciosamente el entorno en búsqueda de los que no se habían atrevido a huir prematuramente. Pocos serían los que se salvarían de ser descubiertos y capturados. Los que se creían a buen recaudo y aquellos que su cobardía les impedía siquiera moverse, no siendo ambas cosas garantía de nada.

No iban a dejar de perseguirle. Aquella jauría rabiosa y descontrolada cada vez se acercaba más y más. Sus voces rabiosas, se percibían a cada instante y con mayor nitidez. Si no hallaba rápidamente el modo de despistarlos, le darían alcance sin remedio. Y su integridad, no valdría nada, habría sucumbido.

Cuando era pequeño, le decían: "cierra los ojos para que no te vean". Pero claro, habían pasado tantas cosas desde entonces......que sabía que aquello no era cierto, que con cerrar los ojos no se solucionaban los problemas ni los peligros pasaban de largo. La pregunta que latía con fuerza en su mente, sin hallar respuesta, no cesaba de abrumarle. Igual que su pulso acelerado, golpeaba sus sienes con un pom pom pom cada vez más rápido e intenso.

Avanzaba con cautela intentando no hacer ruido y auscultando cualquier sonido que el aire le enviaba. Se movía tratando de poner espacio entre el y sus perseguidores y procurando tener el aire siempre a favor para no ser descubierto. Parecía que estaba abriendo distancia pues sus voces y algarabía los percibia con lejanía y debilidad. Comenzó por tanto a darse un respiro sin bajar la guardia. Sabía que más adelante el terreno era quebradizo y peligroso, lo cual implicaba un riesgo añadido.

Cuando llegó al circo formado por los riscos de la peña Foradada, creyó estar a salvo pues habían dejado de escucharse las bullas y gritos que le habían puesto el corazón en un puño. Se asomó con precaución al terreno abierto y no halló nada sospechoso. No podía demorarse pues aunque creía estar a salvo, nunca se está seguro del todo. Solo pasadas las Navas y entrado al enebral, podría sentir un mínimo de tranquilidad. Entonces descansaría.

Con cuidado para no resbalar y caer al abismo, comenzó a moverse en la única dirección posible sin retroceder. Se asomó con cuidado y un escalofrío le recorrió la espalda. A pesar de estar habituado, no pudo evitar la sensación de vértigo. De pronto, un estampido atronó el espacio retumbando con fuerza en las montañas. No pudo, en un primer momento, saber de donde venía e intento refugiarse aunque estaba totalmente expuesto; la roca no tenía endiduras en donde esconderse o parapetarse. Con espanto comprobó como en el suelo había sangre y que su visión se esfumaba. Aún se percató de que se precipitaba al vacío, pero nada más. Un golpe tremendo contra el suelo le volvió a la realidad.

El alarido tremendo que de su garganta salió al iniciar la caída, despertó a su familia que lo encontraron  en el suelo, aterrado y blanco como la pared. Las historias de caza y tragedias nocturnas pasadas, -solo se diferenciaban en la hora de su inicio- contadas por los mayores, le habían jugado una mala pasada haciendo de él la pieza a batir en aquella carnicería.