Amigos del castillo de Peracense

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miércoles, 28 de diciembre de 2011

CIERRO EL BLOG

Cuando abrí este blog, concurrían unas circunstancias que han desaparecido en la actualidad. He perdido el interés y dado las escasas o nulas visitas que recibo, pues eso. ¡A cascala a Luco!

http://youtu.be/2h7mwtIWr2E

Why makes me mourn this song?
 I want to cry

lunes, 26 de diciembre de 2011

SIN PALABRAS






¡¡FELIZ NAVIDAD!! 

sábado, 24 de diciembre de 2011

C-IX

Aunque con el mismo nombre y la misma edad del niño por el conocido, obviamente no era el mismo a pesar del parecido físico. Ahora debería tener el doble de años y ser un muchacho espigado. Y a Carbonero ni lo miraba.
-Yo quielo montal a Manzanita. La historia se repetía con actores distintos.
Pero esperaba que el maleficio se hubiera roto. Cayéndole unas mudas lágrimas, Carbonero se hizo preguntas que nunca tendrían respuesta: ¿Qué te ha ocurrido mi niño en estos años? ¿Por qué desapareciste aquel día partiéndome el corazón?
La vida y el tiempo no pasaban en balde. Los hijos del dueño partieron hacia la capital en busca de mejores perspectivas de vida. El campo no tenía futuro para ellos. Por ese motivo y debido a unos artilugios ruidosos y malolientes que poco a poco atronaban el pueblo y la campiña, los antiguos trabajadores disminuían paulatinamente. Y con ellos sus caballerías, asnos incluidos. Comenzó a circular por el establo, -los mulos ya  habían sido enviados al paro-, con la consiguiente zozobra de Lucera y Carbonero, la noticia según la cual Manzanita estaba próximo a emigrar. Decidieron que no tendrían más hijos para no verse obligados a perderlos. Sin embargo a Manzanita la nueva le llenó de fantasías e ilusión. Iré a conocer nuevas gentes, paisajes, aventuras. Y vaya si las iba a tener.
Ellos, mientras su dueño viviera, envejecerían y seguirían haciendo las delicias de los infantes; no obstante, con la marcha de las personas jóvenes, también los niños estaban desapareciendo del pueblo. Por lo demás, el tiempo iría descubriendo el futuro.
Un buhonero llamado Ceferino se presentó un día en busca de Manzanita. Poseía una reata de burros y se dedicaba al transporte de mercancías entre los pueblos de la serranía sin otras posibilidades de acceso. Como de vez en cuando también visitaba Peralejos, vería a sus padres. Aunque todas esas nuevas peripecias le ocuparían todo el tiempo y son, otra historia.
Epílogo. Relato basado en un hecho real

viernes, 23 de diciembre de 2011

C-VIII

Volvió el verano y con el, Ricardo, el niño que estirando la mano le acariciaba los belfos y daba golosinas. Sentía pasión por él, llevarlo a caballo le causaba una inmensa alegría y satisfacción. Una mañana, se armó gran revuelo en la casa. Escuchaba llantos silenciosos sin poder comprender la causa de los mismos; Carbonero echó en falta la visita de su amigo Ricardo a partir de entonces. Su mirada gritaba qué había pasado, pero no podían responderle. Unas lágrimas se escurrían de sus ojos al entender que algo malo había ocurrido.
Pasaba el verano en medio del silencio de los moradores de la vivienda, sus dueños. Llegado el nuevo año, transcurrido el tiempo de gestación, nació su primer hijo. La tristeza general pareció quedar arrumbada en un rincón y todas las caricias y alegrías eran para el nuevo habitante de la cuadra. Carbonero no cabía en sí de gozo al ver a su retoño, el cual le recordaba tanto a sí mismo no hacía tantos años. Su madre, Lucera, se encargaría de el en sus primeros meses y su educación la compartirían, había tantas cosas que deseaba enseñarle… Más adelante lo llamaron Manzanita por la gran pasión que sentía por esa fruta. En cuanto podía, visitaba los viejos manzanos para ver si alguna se había desprendido de los árboles y dar cuenta de ella.
Transcurrían los años y Carbonero notaba como ahora el centro de atención de los niños era su hijo. Bien, el con el trabajo y la edad, aunque estaba en la plenitud de su vida, ya notaba que la tranquilidad la agradecía más que el guirigay de los chiquillos. Ese verano, volvieron los veraneantes valencianos y entre ellos ¡Ricardo! El corazón le dio un vuelco al oír el nombre ¡Ha vuelto! Temblándole las patas como en sus primeras y vacilantes horas de vida, escrutó a las personas que veía pasar por delante de la cuadra, hasta que al fin pudo verlo. Se llevó una decepción.

jueves, 22 de diciembre de 2011

C-VII

Carbonero lo vio crecer cada verano y cabalgar sobre su lomo agarrado por su madre o algunos de los hijos de su tío. Cuando ya la lengua se le había desatado a medias, pedía que lo subieran sobre el borrico.
-Quielo montal al Calbonelo. Ambos eran el juguete de todos. Hasta el año siguiente.
En los azafranes, su ayuda era primordial. A las mañanas, cuando salían de casa para ir a recoger la rosa del azafrán, era noche cerrada y salvo que hubiera luna, no se veía ni a un palmo de la nariz. Con el Carbonero no había problema. Guiados por su caminar cansino, todos le seguían seguros de ser dirigidos y conducidos al azafrán, la finca en la cual florecían las rosas. Deberían recordar si en algún punto había una piedra pues sabido es que por el animal no se enterarían, pues “ningún burro tropieza dos veces en la misma piedra”. Después, cuando cerca del mediodía regresaban cansados, doloridos, hambrientos y muertos de sueño, era de gran alivio poder colocar la carga de los cestos sobre el baste que portaba el borrico a sus espaldas. (Y es que la época de la recolección del azafrán era, es,  muy exigente. La flor, rosa, sale por la noche en forma de capullo y en cuanto ve al sol, se abre. Por ello es necesario madrugar para recolectarla. Ha de hacerse a mano, no hay máquina que valga y cunde cogerla cuando esta acapullada, una vez abierta y con la cerda -hojas de la planta- las dificultades crecen. En el apogeo de los azafranes, hay miles de rosas que hay que coger y luego esbrinar hasta altas horas de la madrugada. De ahí el sueño).
Y llegó el momento en que a Carbonero le buscaron una novia. En principio le pareció la idea prematura, le asustó. Era algo que nunca se había planteado, una gran responsabilidad; pero la burrita, Lucera, era muy salada y poco a poco sus temores se fueron disipando y por fin aquel invierno se consumó la unión. Habría de pasar un año antes de que esta diera sus frutos.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

C-VI

Era utilizado para labores menores de la casa y faenas del campo antes encomendadas a sus padres. Ir a buscar agua con los cántaros a una fuente que había en las cercanías del pueblo y que por su calidad empleaban los habitantes para beber y cocinar. Para otros menesteres iban a la fuente, pero aquí había un problema: en cuanto caían cuatro gotas, ya se había enturbiado. Era porque su captación estaba en la rambla y muy somera. A menudo solía acompañar a su dueño al monte todo el día cuando éste iba de pastor. Así era fácil verlo pastando como uno más entre el rebaño de ovejas; solo necesitaba un silbido o escuchar su nombre para acudir a la llamada de su amo seguido dócilmente por el hato de ovejas. En la época del nacimiento de los corderos, era de gran ayuda para llevarlos en el serón o incluso en las alforjas; acarrear todo el día dos o tres corderillos colgados de la mano del pastor, por sí mismos aún no se valen, pesan lo suyo.
Cuando al verano en la época de la siega, la dueña de la casa había de quedarse en el hogar para preparar la comida a los recolectores y por algún motivo ella no podía acudir al monte donde los hombres realizaban la faena, llegada la hora de partir, llevaba a Carbonero al camino en el cual se encontraba la finca y el solico se encaminaba hacia la hacienda sin detenerse por el trayecto. Solo necesitaba que estuvieran al tanto por si no los veía y con un silbido o una llamada, acudía al lugar donde estaban los segadores. (Si alguna vez sentía incertidumbre, doña Urraca guiaba sus pasos). Llevaba la comida a su hora y a punto para ser degustada y reponer las mermadas fuerzas tras una mañana de siega a corbella. Nunca se perdió ni entretuvo y tentaciones no le faltaron en la orilla del camino.
Por esa época veraniega acudían a veranear gentes con raíces en el pueblo y descendientes foranos. Uno de ellos, Ricardo, procedía de Valencia. Su madre era sobrina del tío Lorenzo y se hospedaban en su casa.

ADIOS A LOS QUE SE FUERON



OTHAR




martes, 20 de diciembre de 2011

C-V

Toda la lomera, cola incluida, era pasada por la máquina o la tijera, manual, de cortar el pelo.  El tío Felipe, que además de fabricante de cestos de mimbre para labores del campo y domésticas, era el sacristán del pueblo, no solo aseaba y ponía guapos a los pocos pollinos que en el pueblo había, sino que también se encargaba de esquilar a los mulos utilizados en las labores agrícolas. Para otro tipo de burros, que también los había, estaba la peluquería de Roque, el barbero. Por cierto que una vez tuvo la ocurrencia de colocar un cartel en la puerta de entrada y luego le cantaban una jota que decía:
El barbero de mi pueblo
Ha puesto en la barbería
S’ha faita y se cuerta el pelo
Tan bien que paice mentira.
     No mediría el Carbonero mucho más de un metro de altura; por ese motivo resultaba fácil su monta y nunca se molestaba porque de improviso alguien cabalgara sobre el, como solían hacer los chavales espigados y grandullones. Su dueño, el tío Lorenzo, se complacía en dar gusto a los críos pequeños que solícitos acudían a él para que les permitiera subir a caballo de Carbonero. Pero con los mayores era diferente; a veces se enfadaba con ellos ya que sin permiso abordaban al animal y de forma poco amistosa le hacían algunas pilladas y perrerías. No se conformaban con subir uno detrás de otro sobre el asno, sino que lo asaltaban todos a la vez y, literalmente, desaparecía bajo sus cuerpos y largas piernas. Hasta en el cuello había algún osado que sin miramientos lo montaba. O le soltaban bajo la barriga “cardunchos”, unas bolas vegetales “autoadherentes” que empleaban los zagales para echárselas a las chicas en el cabello, y que de manera gamberra no dudaban en arrojar sobre el largo pelo que en toda la tripera lucía el borrico.

lunes, 19 de diciembre de 2011

C-IV

-Es muy fácil, solo tenemos que aletear así y ya está. Cuaaaa, cuaaaa, respondía el señor Cuervo.
Carecía de plumas y de alas. El nunca podría volar, (si sería extraño que los burros volaran, que hasta un Papa se sintió engañado cuando alguien le dijo: Santidad, un burro volando, y él se acercó a la ventana, crédulo, anta tamaña maravilla), pero así había sido siempre ¿A qué darse mal entonces? Hasta puede que le diera vértigo… Los animales voladores eran sus amigos y siempre que los necesitara, estarían a su lado. Aún desconocía que, la carga, seguiría siempre sobre su lomo. Tal como la vieja Urraca, la cual se paseaba a caballo sobre la grupa de su madre y fue después compañera y confidente suya en sus paseos de trabajo por el monte. De todas formas, pensaba Carbonero ya más mayor, los animales del campo no tienen que trabajar para conseguir el sustento pero deben soportar las inclemencias del tiempo; frío, calor, lluvia….y muchos de ellos, la caza. Mientras que yo no tengo que sufrir los rigores del clima y siempre está garantizada la comida y la comodidad del establo en los inclementes días de invierno sobre todo.
-Este año vamos a pasarlo muy mal con tanta sequía, falta comida, se quejaban. O lo contrario: los nidos se van a echar a perder con tanta lluvia, están anegados; alegaban lastimeramente las aves que anidaban directamente en el suelo, las perdices entre ellas.
Ya pasada la adolescencia, tuvo que asumir las faenas que sus padres sobrellevaron sobre sus lomos con anterioridad. Entre ellas, la simpatía y fascinación que le dedicaban los chiquillos del pueblo.
Ciertamente tenía un gran atractivo para los niños debido a su docilidad y tamaño. De pelo negro y abundante, -aunque el nombre le venía del abuelo carbonero-, cada primavera le esquilaban la mitad del cuerpo superior de una forma “artística”. El cuello y la crin pelados, y lo que sería la paletilla se lo dejaban sin rasurar.

domingo, 18 de diciembre de 2011

C-III

Carbonero, que era un pollino joven y atrevido, y por tanto ignorante, retó a la liebre a echar una carrera.
-Oye, te reto a una carrera hasta aquel chaparro de allá. Seguro te gano.
-Vale, te doy ventaja, sal tu primero y yo te sigo.
El inocente borriquillo creyó que, antes de que la liebre hubiera estirado las patas como hacían los atletas, el ya estaría esperándola en aquella lejana mata de chaparro (le habían contado la fábula de la tortuga). No había cubierto ni la cuarta parte del recorrido cuando la liebre pasó como una exhalación por su lado. Antes de llegar Carbonero a la mitad, ya estaba apoyada sobre su trasero, levantada y con las orejas tiesas, sonriendo y animando al borrico que veía como poco a poco le iba faltando el fuelle. Al llegar, jadeando, necesitó tomar aire para poder decirle a Lebrato:
-Si lo sé no vengo. Vaya lección me acabas de dar. Tanta acción, había llamado la atención de la perra Tula que al percatarse de la presencia de la liebre, acudió rauda en su persecución. Sin perder tiempo, Lebrato, huyó a toda pastilla dejando a la perra también con la lengua fuera.
-Ahora me explico por qué necesita hacer tanto ejercicio, musitó para sí Carbonero.
Como todo le llamaba la atención y con cualquier animal que encontraba se entretenía, las picarazas y los cuervos siempre le maravillaban. Había más aves pero la mayoría, eran muy huidizas, de lejos levantaban el vuelo sin permitirle ninguna proximidad o saludo. Dependiendo del paraje que atravesaba, en ocasiones alguno le hacía compañía.  El se asombraba de que unas veces, las menos, estuvieran en tierra y otras, para desplazarse, en el aire.
- ¿Cómo lo hacéis? Preguntaba intrigado Carbonero.

sábado, 17 de diciembre de 2011

C-II

Cuando Carbonero nació, hubo gran alborozo en la cuadra. Salió a su madre, pequeño y de pelo negro. Al principio sus patas no le sostenían, pero poco a poco fueron adquiriendo fuerza y estabilidad hasta permitirle retozar y soltar pequeños guiños, coces, con sus patas traseras. Cuando consideraron que era lo suficiente fuerte como para seguir a la madre en las salidas al campo, siempre la acompañaba. De este modo fue aprendiendo los caminos y las fincas propiedad de la casa.
En esos primeros paseos campestres, todo le llamaba la atención, por cualquier cosa se detenía y despistaba. Las mariposas especialmente. Intentaba olerlas si veía alguna detenida sobre una flor y estas, a veces, se posaban sobre su hocico haciendo que sus ojos parecieran bizcos al intentar ver al insecto. Su madre debía estar continuamente llamándolo sin perderlo de vista.
-Carbonero, ven aquí no te retrases; parecían decir los rebuznos que emitía. Aunque este no la escuchaba. Cuando ya se habían alejado demasiado, la perra Tula ejercía de guardiana y tutora y con unos ladridos lo asustaba e incitaba a seguir adelante. Entonces, con un pequeño trotecillo, alcanzaba a su madre.
Un día, al ir a olisquear unas hierbas, se encontró con una liebre que, acamada y guarecida entre las mismas, le miraba fijamente.
-Hola, ¿quién eres? Le preguntó.
-Soy una liebre. Me llamo Lebrato.
-¿Y a qué te dedicas?
-A hacer atletismo y correr lo más rápido que puedo.
-Anda ¿y eso por qué?
-Para que los galgos y los zorros no me atrapen y coman. Los cazadores con sus escopetas también son un peligro muy grande.

CARBONERO

CARBONERO era un asno con un árbol genealógico que, según su padre, se perdía en la noche de los tiempos. Su tatarabuelo tuvo una vida agitada y aventurera; participó en las batallas de la guerra carlista libradas por el general Cabrera en el Maestrazgo turolense allá por el siglo XIX (de ahí que su tatarabuela procediera de un pueblo llamado Pitarque). Hasta llevó a caballo al general en su huida de Mora de Rubielos, por la serranía hacia Mosqueruela, al quedarse éste sin caballo. Su bisabuelo, fue minero arrastrando vagonetas en las minas de carbón de la Tierra Baja turolense, más concretamente en Andorra y Estercuel. A su abuelo, le tocó en suerte vivir la Batalla de Teruel durante la guerra civil y aunque un trozo de metralla le voló la punta de la oreja derecha, además de algún que otro “arañazo”, consiguió salir indemne de ella. Los primeros años de su padre también transcurrieron de aguador y arrastrando vagonetas en la mina de hierro de Ojos Negros; con posterioridad lo retiraron y solo lo utilizaban para labores del campo. En la actualidad, los días de su progenitor, más sordo que una tapia y con la vista muy disminuida, transcurren plácidamente tomando el sol y paciendo en un cerrado aledaño a la casa, sin ninguna obligación; busca el sol o la sombra dependiendo del clima o la estación. Su mayor ejercicio físico consiste en balancear a los lados la cola con el fin de ahuyentar a las moscas o los tábanos, y muy de cuando en cuando, en revolcarse por el suelo. A menudo el abuelo Manuel lo lleva con él al Cerradillo, donde tiene el huerto, para que se pasee y estire las patas. No necesita lo aten pues allí donde lo dejan, allí lo encuentran. Si el abuelo vuelve con algo de peso, lo deposita sobre el lomo de Canelo, pues así se llama, y este se siente feliz de poder seguir siendo útil en algo.
-Vamos Canelo. Y este, al notar el tiro de su ronzal, mansamente le sigue donde quiera que el abuelo lo lleve.

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jueves, 15 de diciembre de 2011

EL ABUELO

Sus vidas habían discurrido parejas. Aquella cama era de nogal y sus padres la recibieron de regalo cuando se casaron; hacía tantos años que ya había perdido la cuenta. Más de los que él tenía. Nunca tuvo duda de que sus primeros instantes se materializaron sobre ella. No desaprovechó la ocasión, siempre que pudo, de ocuparla como un furtivo, y cuando sus padres pasaron a mejor vida, la heredó, siendo desde ese momento titular inseparable de sus sueños, insomnios y otras alegrías. Un hilo invisible los unía, mucho más cuando la enfermedad se cebó en él y, aún contra su voluntad, debió permanecer en ella durante meses. Sentía como aquel mueble inanimado, aquella madera añeja y reseca, hacía valer sus quejas y lamentos al unísono con los suyos. Cuando ya sentía próximo su fin y previendo que sus hijos arrumbarían en cualquier rincón a su amado lecho, hizo llamar al carpintero del pueblo.
-José, quiero que me hagas el cajón con la cama, haz lo posible para que así sea, y no me lo forres de negro. De este modo el abuelo Justo, -aunque muchos consideraron el encargo un antojo cabezón-, tuvo la seguridad de que, por siempre, seguiría “durmiendo” en su cama. Coincidencia o no, cuando el encargo estuvo listo, el abuelo se despidió de este mundo luciendo en sus labios, una vez acomodado dentro de la caja, una sonrisa de oreja a oreja.

domingo, 11 de diciembre de 2011

51 años de retraso para Begoña

El Gobierno reconoce ahora que la niña asesinada en 1960 por una bomba en la estación de Amara es la primera víctima del terrorismo e indemniza a su madre con 250.000 euros

Más de 51 años han tenido que pasar para que el Gobierno haya reconocido que Begoña Urroz Ibarrola, de apenas 22 meses, es la primera víctima del terrorismo en España desde el fin de la Guerra Civil. Lo acaba de hacer el Ministerio del Interior, que ha acordado la concesión de una indemnización de 250.000 euros, según han confirmado fuentes del departamento que dirige Antonio Camacho.

http://www.elpais.com/articulo/reportajes/51/anos/retraso/Begona/elpepusocdmg/20111211elpdmgrep_2/Tes