lunes, 19 de diciembre de 2011

C-IV

-Es muy fácil, solo tenemos que aletear así y ya está. Cuaaaa, cuaaaa, respondía el señor Cuervo.
Carecía de plumas y de alas. El nunca podría volar, (si sería extraño que los burros volaran, que hasta un Papa se sintió engañado cuando alguien le dijo: Santidad, un burro volando, y él se acercó a la ventana, crédulo, anta tamaña maravilla), pero así había sido siempre ¿A qué darse mal entonces? Hasta puede que le diera vértigo… Los animales voladores eran sus amigos y siempre que los necesitara, estarían a su lado. Aún desconocía que, la carga, seguiría siempre sobre su lomo. Tal como la vieja Urraca, la cual se paseaba a caballo sobre la grupa de su madre y fue después compañera y confidente suya en sus paseos de trabajo por el monte. De todas formas, pensaba Carbonero ya más mayor, los animales del campo no tienen que trabajar para conseguir el sustento pero deben soportar las inclemencias del tiempo; frío, calor, lluvia….y muchos de ellos, la caza. Mientras que yo no tengo que sufrir los rigores del clima y siempre está garantizada la comida y la comodidad del establo en los inclementes días de invierno sobre todo.
-Este año vamos a pasarlo muy mal con tanta sequía, falta comida, se quejaban. O lo contrario: los nidos se van a echar a perder con tanta lluvia, están anegados; alegaban lastimeramente las aves que anidaban directamente en el suelo, las perdices entre ellas.
Ya pasada la adolescencia, tuvo que asumir las faenas que sus padres sobrellevaron sobre sus lomos con anterioridad. Entre ellas, la simpatía y fascinación que le dedicaban los chiquillos del pueblo.
Ciertamente tenía un gran atractivo para los niños debido a su docilidad y tamaño. De pelo negro y abundante, -aunque el nombre le venía del abuelo carbonero-, cada primavera le esquilaban la mitad del cuerpo superior de una forma “artística”. El cuello y la crin pelados, y lo que sería la paletilla se lo dejaban sin rasurar.
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