sábado, 24 de diciembre de 2011

C-IX

Aunque con el mismo nombre y la misma edad del niño por el conocido, obviamente no era el mismo a pesar del parecido físico. Ahora debería tener el doble de años y ser un muchacho espigado. Y a Carbonero ni lo miraba.
-Yo quielo montal a Manzanita. La historia se repetía con actores distintos.
Pero esperaba que el maleficio se hubiera roto. Cayéndole unas mudas lágrimas, Carbonero se hizo preguntas que nunca tendrían respuesta: ¿Qué te ha ocurrido mi niño en estos años? ¿Por qué desapareciste aquel día partiéndome el corazón?
La vida y el tiempo no pasaban en balde. Los hijos del dueño partieron hacia la capital en busca de mejores perspectivas de vida. El campo no tenía futuro para ellos. Por ese motivo y debido a unos artilugios ruidosos y malolientes que poco a poco atronaban el pueblo y la campiña, los antiguos trabajadores disminuían paulatinamente. Y con ellos sus caballerías, asnos incluidos. Comenzó a circular por el establo, -los mulos ya  habían sido enviados al paro-, con la consiguiente zozobra de Lucera y Carbonero, la noticia según la cual Manzanita estaba próximo a emigrar. Decidieron que no tendrían más hijos para no verse obligados a perderlos. Sin embargo a Manzanita la nueva le llenó de fantasías e ilusión. Iré a conocer nuevas gentes, paisajes, aventuras. Y vaya si las iba a tener.
Ellos, mientras su dueño viviera, envejecerían y seguirían haciendo las delicias de los infantes; no obstante, con la marcha de las personas jóvenes, también los niños estaban desapareciendo del pueblo. Por lo demás, el tiempo iría descubriendo el futuro.
Un buhonero llamado Ceferino se presentó un día en busca de Manzanita. Poseía una reata de burros y se dedicaba al transporte de mercancías entre los pueblos de la serranía sin otras posibilidades de acceso. Como de vez en cuando también visitaba Peralejos, vería a sus padres. Aunque todas esas nuevas peripecias le ocuparían todo el tiempo y son, otra historia.
Epílogo. Relato basado en un hecho real

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