miércoles, 21 de diciembre de 2011

C-VI

Era utilizado para labores menores de la casa y faenas del campo antes encomendadas a sus padres. Ir a buscar agua con los cántaros a una fuente que había en las cercanías del pueblo y que por su calidad empleaban los habitantes para beber y cocinar. Para otros menesteres iban a la fuente, pero aquí había un problema: en cuanto caían cuatro gotas, ya se había enturbiado. Era porque su captación estaba en la rambla y muy somera. A menudo solía acompañar a su dueño al monte todo el día cuando éste iba de pastor. Así era fácil verlo pastando como uno más entre el rebaño de ovejas; solo necesitaba un silbido o escuchar su nombre para acudir a la llamada de su amo seguido dócilmente por el hato de ovejas. En la época del nacimiento de los corderos, era de gran ayuda para llevarlos en el serón o incluso en las alforjas; acarrear todo el día dos o tres corderillos colgados de la mano del pastor, por sí mismos aún no se valen, pesan lo suyo.
Cuando al verano en la época de la siega, la dueña de la casa había de quedarse en el hogar para preparar la comida a los recolectores y por algún motivo ella no podía acudir al monte donde los hombres realizaban la faena, llegada la hora de partir, llevaba a Carbonero al camino en el cual se encontraba la finca y el solico se encaminaba hacia la hacienda sin detenerse por el trayecto. Solo necesitaba que estuvieran al tanto por si no los veía y con un silbido o una llamada, acudía al lugar donde estaban los segadores. (Si alguna vez sentía incertidumbre, doña Urraca guiaba sus pasos). Llevaba la comida a su hora y a punto para ser degustada y reponer las mermadas fuerzas tras una mañana de siega a corbella. Nunca se perdió ni entretuvo y tentaciones no le faltaron en la orilla del camino.
Por esa época veraniega acudían a veranear gentes con raíces en el pueblo y descendientes foranos. Uno de ellos, Ricardo, procedía de Valencia. Su madre era sobrina del tío Lorenzo y se hospedaban en su casa.

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