jueves, 22 de diciembre de 2011

C-VII

Carbonero lo vio crecer cada verano y cabalgar sobre su lomo agarrado por su madre o algunos de los hijos de su tío. Cuando ya la lengua se le había desatado a medias, pedía que lo subieran sobre el borrico.
-Quielo montal al Calbonelo. Ambos eran el juguete de todos. Hasta el año siguiente.
En los azafranes, su ayuda era primordial. A las mañanas, cuando salían de casa para ir a recoger la rosa del azafrán, era noche cerrada y salvo que hubiera luna, no se veía ni a un palmo de la nariz. Con el Carbonero no había problema. Guiados por su caminar cansino, todos le seguían seguros de ser dirigidos y conducidos al azafrán, la finca en la cual florecían las rosas. Deberían recordar si en algún punto había una piedra pues sabido es que por el animal no se enterarían, pues “ningún burro tropieza dos veces en la misma piedra”. Después, cuando cerca del mediodía regresaban cansados, doloridos, hambrientos y muertos de sueño, era de gran alivio poder colocar la carga de los cestos sobre el baste que portaba el borrico a sus espaldas. (Y es que la época de la recolección del azafrán era, es,  muy exigente. La flor, rosa, sale por la noche en forma de capullo y en cuanto ve al sol, se abre. Por ello es necesario madrugar para recolectarla. Ha de hacerse a mano, no hay máquina que valga y cunde cogerla cuando esta acapullada, una vez abierta y con la cerda -hojas de la planta- las dificultades crecen. En el apogeo de los azafranes, hay miles de rosas que hay que coger y luego esbrinar hasta altas horas de la madrugada. De ahí el sueño).
Y llegó el momento en que a Carbonero le buscaron una novia. En principio le pareció la idea prematura, le asustó. Era algo que nunca se había planteado, una gran responsabilidad; pero la burrita, Lucera, era muy salada y poco a poco sus temores se fueron disipando y por fin aquel invierno se consumó la unión. Habría de pasar un año antes de que esta diera sus frutos.
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