Amigos del castillo de Peracense

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

AL BORDE DEL CAMINO


Salieron de casa con los primeros albores del día. El tiempo se presentaba apacible, más bien fresco, con algo de nubosidad que en principio no amenazaba con ir a más pero avanzando el día podía derivar en tormenta. La jornada actual y posteriores las pasarían haciendo la ruta habitual por los pueblos de la comarca, 15 días en total entre ida y vuelta. El terreno, montañoso y abrupto, solo permitía ese tipo de transporte en tanto no se acometieran obras de mayor envergadura que posibilitaran el paso, como mínimo, de carruajes. El pueblo de Santa María do Camiño, del cual partieron, debía su nombre al Camino de Santiago y al anochecer, salvo imprevistos, llegarían a Portela, primera parada de su periplo.

A lomos de su jumento dormitaba, bamboleándose, en tanto que el animal, por la fuerza de la costumbre, andaba con mansedumbre aquel camino tantas veces pateado. El asno, de nombre Manzanita, con la cabeza gacha tal como si hubiera cometido alguna travesura que penaba sobre la marcha, mordisqueaba cualquier brizna de hierba llegando a la detención sin que lo molestara su jinete. Habían recorrido un largo trecho del mismo por parajes descubiertos, sin malezas ni otra vegetación que pudiera albergar o disimular alguna sorpresa oculta. A partir del comienzo de la espesura, el camino se ocultaba a la vista debido al terreno sinuoso y lleno de curvas necesarias para ir ascendiendo suavemente hasta alcanzar una pequeña planicie donde las montañas daban un leve respiro a los viajeros.

Transcurridos unos cientos de metros entre chaparros y rebollos, algo llamó la atención del asno que, alzando la cabeza y poniendo las orejas tiesas se detuvo.... En medio del camino se hallaban dos hombrecillos haciendo señas para llamar su atención.

Agitaban los brazos en abanico y en sus ojos se reflejaba la angustia. Al llegar a ellos Manzanita paró, dudando entre estarse quieto o volviendo grupas, salir pitando.

-Por favor, ayuda, suplicaron.

El viajero, aún amodorrado, entreabrió los ojos y creyó estar soñando. No había bebido más de la cuenta, solo dos jarritas de vino con el almuerzo y si bien le habían causado cierta somnolencia placentera, no era suficiente como para causarle un delirium tremens. Eso era normal en él, ir alegre pero no bebido en exceso. Frotándose los ojos y parpadeando varias veces, no dando crédito a su vista, al final se convenció de que no era una aparición sino real, lo que sus ojos y los de Manzanita veían.

-Por favor señor, necesitamos ayuda. Con voz de niño pidieron ambos al unísono.

Casi con miedo e incredulidad, él preguntó a su vez:

-¿Qué os sucede?

-Al ciervo Bert, le han clavado una flecha y nosotros no podemos sacarla. Y con ella, morirá.

-¿Y donde vivís vosotros? ¿De dónde habéis salido?

-En el bosque, respondieron mintiendo como bellacos. Aunque él eso lo ignoraba.

Ceferino, que así se llamaba el jinete de Manzanita, rascóse la cabeza incrédulo y asombrado, dudando si aceptar o no la petición de ayuda, la cual parecía descabellada.

-Pues si ha sido algún cazador sin duda seguirá su rastro hasta dar con el, argumentó.

La petición le parecía fuera de toda lógica y le sonaba más a broma que otra cosa.

Salvo por los dos personajes que la hacían, pues aun con apariencia humana, nunca había visto nada parecido, lo cual le causaba más dudas si cabe.

-Sabemos que nuestra demanda la verás rara y sospechosa, pero estamos aquí por orden de nuestro jefe y él podrá darte todas las explicaciones que necesites. Te rogamos nos sigas y ayudes ya que nos ha enviado para buscarte. Según su criterio, eres la persona adecuada para ese fin. Podemos garantizarte que nunca olvidarás esta acción, no podrás volver a ver nada igual. Intrigado y curioso titubeó unos instantes y al final dijo:

-Acepto, con una condición: que mi viaje no se demore.

-Te garantizamos el regreso inmediatamente. Si decides ayudarnos hemos de vendarte los ojos para que no puedas recordar el camino y no nos pongas en peligro con posterioridad.

-¿Y a qué tantas prevenciones carallo? Confiáis en mí para salvar al ciervo pero no tanto como para ir con la vista descubierta. ¿Salvar a un ciervo? ¿Qué broma es esta? ¿Acaso pretendéis robar la mercancía que llevo? Os advierto que no es mía. Si lo hacéis, esto se llenará de gente deseosa de tentaros las costillas y poner vuestros huesos al sol. Y quizá los míos, argumenta en silencio Ceferino, pues no admitirán lo que estoy viendo y creerán que he sido yo el ladrón.

-De esta forma te protegemos a tí también. Alguien quizá podría obligarte a hablar si cuentas lo que has visto. Si aceptas, te recompensaremos bien, no lo dudes. No te penará.

-Bueno venga os ayudaré, esta aventura no me la puedo perder. Ceferino, mientras, pensaba que si merecía la pena, solo tendría que poner a Manzanita en el lugar de comienzo del desvío en el camino y este lo seguiría sin dudar. Lo mismo a la vuelta. ¡Arree!

Le pidieron desmontara del burro para poder vendarle los ojos. Una vez hecho esto, volvió a montar y los duendes, tomando a Manzanita del ronzal, iniciaron la caminata ignorando Ceferino todo respecto de la misma. Mentalmente calculaba el tiempo trascurrido, ¿una hora?; admitió desconocer la dirección seguida. Los efectos del vino habían desaparecido, lo cual le hizo ver las cosas más claras. ¡Qué ironía, ahora que estaba a oscuras! Efectuaron una parada que no supo interpretar y pasados unos minutos le pidieron bajara de la montura.

-Agárrate a la cola del asno y camina, ya casi hemos llegado.

Por el eco de los pasos intuyó que se adentraban en la tierra, extendió su mano y tocó la pared del pasadizo, no debía ser muy ancho pero si lo suficiente para que pasara la carga; aunque no duró mucho pues enseguida, a través de la tela que cubría sus ojos, percibió la claridad de la luz.

Los duendecillos, pues así le parecieron vistos con tranquilidad y perspectiva, le eligieron a él pues hacía tiempo lo observaban al cruzar el bosque a caballo en su asno. Casi siempre de la misma manera. Dormitando en su nube vaporosa fruto de la comida y del generoso riego con vino de la misma. Manzanita llevaba años con la misma actividad. Capitaneaba una reata de burros trasportando las más diversas mercancías, las cuales, le eran encargadas a Cefe como le conocían todos, por los diversos concellos y caseríos de la ruta cada quince días. Alguna vez llevaba de motu propio algún género que los lugareños compraban aunque no hubieran encargado previamente. Solían ser alimentos de temporada o telas y que allá, entre montañas, era difícil conseguir ya que por la dificultad del terreno eran pocos los que se arriesgaban a desplazarse salvo casos de fuerza mayor.

Tampoco cosas de gran valor que él no podía costear y mucho menos arriesgarse a que, una vez hecho el gasto, nadie las comprara. A la vuelta, aunque como buen gallego era difícil saber si iba o venía, acarreaba productos del campo que luego ofrecía en la ciudad. Más que ciudad, poblachón grande con ínfulas de gran urbe, pero con un próspero mercado abierto en el cual los frutos del campo tenían fácil aceptación. Una especie de buhonero aunque propiamente no era tal, y que la parquedad del relato me impide detallar.

-Agáchate que te quitemos la venda. Así supo que el final del camino tenía lugar allí mismo.

La visión, borrosa al principio por efecto del vendaje, dio paso al panorama más espectacular que nunca habría soñado. Montañas verdes, altísimas, nevadas en sus picos incluso en verano -sus neveros así lo delataban-; plantas lozanas y floridas, riachuelos cantarines.... ¿Cómo es posible que esta maravilla sea desconocida? Daba la impresión de ser un inmenso cráter. Conozco las montañas en toda la cordillera de los Picos de Europa hasta Peña Trevinca como la palma de mi mano y jamás nadie hizo mención de su existencia ni he visto nada igual o parecido. Por otra parte, en invierno estos páramos son intransitables por culpa de las grandes nevadas que hacen de su aislamiento, durante meses, lugares de dominio exclusivo del lobo y otras alimañas.

-Ven te llevaremos ante el gran SMU, nuestro jefe. El te explicará la situación.

El poblado estaba formado por multitud de casitas alineadas entre sí en un extenso claro del bosque. En un extremo, una destacaba sobre las demás; era la casa de gobierno que ocupaba el jefe de aquella comunidad. Le hicieron pasar y esperar unos minutos, hasta que abriéndose una puerta apareció un venerable anciano de luengas melena y barba blancas, ataviado con vistosas vestiduras que destacaban sobre las del resto de habitantes. Parecía el mago Merlín, ya que hasta se tocaba la cabeza con un gorro de color rojo en forma de cono.

-Bienvenido y gracias por prestarte a satisfacer nuestra petición.

-No hay de qué. Aunque me gustaría saber para que he sido llamado y el porqué de tantas precauciones.

-Para lo primero, ya creo lo sabes. Al ciervo Bert nuestros enemigos, unos trolls malignos e incultos, intentaron matarlo clavándole una flecha y está malherido. Si no se la extraemos perecerá. Es un valioso defensor nuestro sin el cual estaríamos en peligro permanente. Su tamaño, inteligencia y fuerza hacen que lo teman y no osan enfrentarse a el abiertamente, ya que sus cuernos son armas mortíferas en el cuerpo a cuerpo. Aún no tenemos preparado un sucesor que pueda sustituirlo. Tú tienes herramientas de las que nosotros carecemos para sacar la punta de la flecha. Te necesitamos.

- Muy bien ¿y la segunda respuesta?

-Con el tiempo, tú mismo hallarás la contestación. No quiero preocuparte.

Hay que aclarar una duda. Cefe, además de corresponsal de comercio, es barbero ambulante y sacamuelas esporádico de quienes se sienten necesitados de sus servicios. Por ello, siempre viaja acompañado de un maletín con útiles para esos menesteres. De ahí la llamada de socorro pedida por los duendes. ¿Y cómo se habrán enterado de todo esto? ¿Tendrán espías? Me intriga tanto misterio.

Hubieron de caminar un largo trecho hasta donde se hallaba guarecido el ciervo Bert. Una gruta con heno seco en el suelo que lo protegía. Estaba echado sobre el costado derecho y la punta de la flecha sobresalía en el lado izquierdo del pecho a la altura del corazón. Inspeccionó la herida y consideró muy dificultosa la extracción; aunque de momento sangraba lentamente, no parecía poner su vida en peligro al menos de inmediato.

-Quizá la flecha tropezó en una costilla y luego resbaló desviándose en su trayectoria.

No estaba a profundidad de alcanzar el corazón pero podría estar partida dentro del cuerpo del animal y dañando el pulmón. La dureza de la piel del ciervo, fue su mejor defensa. Sin lugar a dudas, la supervivencia era imposible en esas condiciones.

A Manzanita y su reata, los habían liberado de la carga y pacían apaciblemente en los prados, en un amplísimo cercado para ciervos. Dejarlos libres, podría haber significado su pérdida. Los niños del lugar hallaron una delicia montar en aquellos visitantes tan dóciles, novedosos y extraños. Les acariciaban los belfos y Manzanita dio buena cuenta de las manzanas que le daban. Hizo honor a su nombre.

-Hay que amarrarle bien las patas para que no haga ningún movimiento que pudiera resultar mortal. Aunque su resistencia pudiera soportar el dolor, involuntariamente podría moverse. Y sobre todo la cabeza, hemos de protegernos nosotros. Hace falta desinfectante para la herida. Habremos de hacer un pequeño corte en la piel para facilitar la entrada del alicate y la salida de la punta de la flecha. Debo extraerla con sumo cuidado para evitar el desgarro de nuevos tejidos.

El jefe SMU, acariciaba y hablaba sin cesar al ciervo Bert tratando de infundirle valor, del cual no carecía. Liberaba su mente transportándolo a lugares agradables para el. Cefe, bañó con abundancia el entorno de la herida hasta que la sangre reseca desapareció. El ciervo lo acusó. Abrió con los dedos cuidadosamente le herida para comprobar su amplitud. Bañó los utensilios en desinfectante y cortó el pelo alrededor ayudándose con una tijera.

-Va a ser preciso hacer una incisión para facilitar la salida. Cuanto más pueda profundizar con las herramientas, más fácil será su extracción. ¡Vamos allá!

Dio un pequeño corte con la navaja de afeitar que Bert acusó en silencio. Despacio, con las pinzas de sacar muelas se adentró en la herida manteniendo una ligera presión hacia el exterior con la otra mano. Agarrada la flecha con la pinza, giró lentamente hasta cerciorarse de que estaba en la posición de entrada, al tiempo trataba de impulsarla hacia fuera.

-Ya sale. Pasa un paño por la herida para quitar la sangre, rogó a Ton. Con suma precaución, tiraba sin cesar de la flecha hasta que al fin asomó al borde de la piel.

-Está doblada pero no rota como temía. Muy despacio la posicionó y ¡¡fuera!! Ahora hay que aplicar un paño con desinfectante hasta que deje de sangrar. Luego coseremos la herida. Dejaron transcurrir unos minutos y procedieron a dar unos puntos de sutura. Lo hicieron con unas hebras de hierba que con el tiempo, desaparecerían. Le aplicaron una cataplasma con hierbas, facilitadas por el jefe SMU para evitar infecciones.

-Deberá guardar reposo para que la herida cauterice y al mismo tiempo reponga la sangre derramada. Cefe parecía todo un cirujano en una lección magistral. En mi opinión, se repondrá sin problemas.

Los duendecillos, se deshacían en elogios. El gran jefe SMU, derramó unas lágrimas de emoción al ver que el ciervo, su amigo y defensor, volvería a ser quien fue con anterioridad.

-Dejemos descansar a Bert. Volvamos a casa.

Al cuidado quedaron, como antes, cuatro ciervos enormes y una cuadrilla de duendes armados con picas por si se presentaban los trolls. Sería difícil lo intentaran pues la gruta estaba protegida. Y aunque de lejos, habían visto al hombre, lo cual les causó gran pavor.

Prepararon viandas de todo tipo para agasajar al “médico” circunstancial. Allí se daba un clima especial que no existía en el exterior. Sin duda era el mismo sol, pero el hábitat no tenía parangón. El vino, al que tan aficionado era nuestro héroe, hizo sus delicias. Una vez saciado el apetito, Cefe quiso saciar su curiosidad.

-¿Cómo existe esta civilización desconocida en el exterior? ¿Cuándo se originó y cómo ha sobrevivido durante tantos años? ¿Hay mucha población aparte la vuestra?....

-Según nuestras tradiciones, que se pierden en la noche de los tiempos, se produjo un cataclismo que nos aisló del resto del mundo. Ahora sobreviven las especies animales que quedaron atrapadas incluidos nosotros. Las altas montañas, son inaccesibles tanto por el interior como por el exterior. De ahí que, al menos en especies terrestres, sigamos siendo los mismos. Quizá en las alturas, las aves entren y salgan. Siempre hemos vivido en coexistencia pacífica con los trolls. La tierra da frutos para todos. Pero ahora se hallan gobernados por un energúmeno salvaje e inculto el cual cree que todos debemos estar a su servicio, que lo posee todo. Ellos viven en el interior de cuevas, no en el exterior como nosotros, y están embrutecidos. Se han dado al vicio y a la molicie y no trabajan. Ahí radica el problema, quieren vivir a costa nuestra y de nuestros bienes y posesiones. Hemos debido aprender a defendernos y a la vez tenemos que enseñar a defenderse a nuestros amigos los ciervos y al resto de animales.

-Son los únicos, prosiguió el jefe, con capacidad de defensa en el cuerpo a cuerpo debido a sus enormes cornamentas. Por eso atacaron a traición a Bert, que es nuestro máximo defensor.

-Muy necesitados os habéis debido de sentir para solicitar mi ayuda y romper vuestro aislamiento de siglos.

-Tienes razón. Aunque ese aislamiento no ha sido tal como has podido comprobar.

-Conocemos el exterior, añadió, pero no nos damos a ver. Sabemos de tus idas y venidas y que eres un hombre pacífico. Quien trabaja para los demás, no puede albergar sentimientos malsanos o violentos.

-Y esa entrada a través de la montaña, ¿la habéis construido o es natural?

-Las dos cosas. En un principio, era solo un pasadizo estrecho por el cual apenas cabía nadie. El tiempo y las generaciones han hecho el resto.

-¿No teméis ser descubiertos y aniquilados?

-Sí, pero para ello tenemos dispuestos los medios necesarios que lo impidan.

-¿Puedo preguntarte en que consisten?

-Sí, pero mi respuesta es el silencio. Jajajajaja. No te molestes, mejor para ti no estar al corriente.

Larga conversación mantuvieron sobre la vida y los moradores de aquel pequeño mundo. Allí el tiempo parecía no correr. El jefe SMU le confesó que tenía 475 años y podía considerarse entrando en la madurez. Ton y Son, los dos duendes que le requirieron podían considerarse unos chavales, tenían tan solo 120 y 135 años. Presa de la excitación quiso saber la causa de esa longevidad.

-Debe ser por la tranquilidad que disfrutamos....

Esa noche debería pasarla allí ya que pronto anochecería.

El jefe SMU le había hecho esa petición en agradecimiento a cuanto por ellos estaba haciendo, sin olvidar que se encontraba allí a requerimiento suyo. Decidió dar una vuelta y visitar a sus borricos. Le indicaron donde se hallaban y poco antes de llegar quedó paralizado por la sorpresa: ¡había cinco unicornios refulgentes como la nieve entre ellos! Una vez más, se frotó los ojos y pellizcó los mofletes para cerciorarse de no estar dormido. Allí estaban entre los suyos paciendo tranquilamente. Esto es insólito, debo estar soñando.

Las leyendas nos han hablado de duendes, trolls, ninfas, elfos y demás habitantes del inframundo. Como en un cuento de hadas, aquí moraban todos pues en el lago de aguas cristalinas y en los arroyos que a el conducían, residían y jugaban esos míticos seres acuáticos según le relató a Cefe el gran jefe SMU. De hecho, el era jefe de los duendes.

Para dormir, habilitaron un lecho en el suelo pues no había cama que se ajustara a su tamaño. Al otro día, al despuntar la aurora, los burros de su reata estaban dispuestos y cargados tal y como el día precedente. Cada cosa en su sitio, nadie diría que fueron descargados. Tras un copioso desayuno regado con el vinillo tan amable ofrecido por el jefe SMU, iniciaron el regreso. Ceferino dio un último vistazo para poder mantener el recuerdo de aquella maravilla y poder contar lo que había visto. Tras efusivos abrazos, iniciaron el regreso. Le vendaron los ojos cuando se hallaban al final del túnel, antes de salir de el. Una vez fuera, montó sobre Manzanita y con el suave balanceo de su caminar, no tardó en amodorrarse como era costumbre en él. Ahora los duendes, tras tomar precauciones, no se andaron con rodeos.

Enseguida llegaron al lugar del encuentro del día anterior. Con suavidad, quitaron la venda de los ojos de Ceferino y dando un suave golpe en la grupa de Manzanita, le animaron a seguir adelante. El borrico, alentado por el conocimiento del camino, emprendió alegre marcha.

Pasaron unas horas sin que Cefe despertara. ¿Le habrían puesto algún somnífero en el vino? No fue hasta entrada la tarde, al cruzarse con otro viajero en sentido contrario, cuando se espabiló de su somnolencia. Todos le conocían y sabían que sobre el burro, siempre dormitaba.

-Hola Ceferino ¿Qué tal el viaje? Le saludó socarrón el Genaro, de Rubiales de la Peña. Con un sobresalto despertó desorientado.

-¿Qué? ¡Ah! hola Genaro. Pero éste ya se alejaba.

Rascándose el cogote, comenzó a hacer cábalas sobre todo lo vivido. Lo debían haber dejado a la misma hora y en el mismo sitio que lo solicitaron pues el lugar donde se encontraba ahora sería el mismo, mas o menos, donde se hubiera encontrado ayer de no haberse desviado. Aunque, ¿existió el desvío? ¿No sería todo fruto de un calentón o una pesadilla? ¿acaso del tintorro?

Dicen que no hay burro que tropiece dos veces en la misma piedra. Pues Manzanita debía ser el único o esa piedra antes no estaba allí. Del traspié del pollino, Cefe salió lanzado por las orejas dando con sus costillas en tierra. Fue tan rápido y el accidente tan oportuno, que despejado completamente se echó a reír al comprobar que no tenía ningún hueso roto y por la ausencia de dolor.

-Caminaré un rato que buena falta me hace.

Al tener quien le marcaba la marcha, la reata de burros aligeró el paso sin darles tiempo a mordisquear la hierba o los arbustos. Conforme ascendían, el arriero oteaba el horizonte en busca de montañas nevadas. Recordaba los picos altísimos y de nieves eternas, mas allí o en la redonda, en muchos cientos de kilómetros, no divisaba ninguna. Cada vez se hallaba más ofuscado y compungido. Aquello no pudo haber sido real por razones obvias. El entorno lo desmentía.

Recordó le habían prometido una recompensa por su ayuda pero bajo el influjo fantástico de aquella realidad, no pasó por su imaginación reclamarla o exigirla. Allí se sintió libre de preocupaciones y egoísmos como si su alma se encontrara en paz pero ahora había vuelto a la realidad y todo seguía igual, que no era poco. ¿Contaría a alguien su sueño? Le era cada vez más evidente que había sido fruto de una pesada digestión y del vino trasegado. Sin poder confirmar el día en que se hallaba, no cayó en la cuenta de la tarde soleada y calurosa que estaba viviendo cuando por la mañana, al iniciar el viaje, estaba algo nuboso y fresco.

Enfrascado en esas cábalas, llegó al anochecer al pueblo de Portela donde tras liberar de su carga a los burros y repartir los encargos, después de una ligera cena, sin vino, se tumbó a descansar en el heno de las cuadras donde solía pasar la noche con sus animales. Mas la desazón y los acontecimientos vividos, le impedían conciliar el sueño.

Como un martillo, incesantemente, le golpeaban los comentarios de los lugareños: ¿Qué te ha ocurrido? Te has retrasado un día. Te esperábamos ayer.... Así uno tras otro. Lo peor era que no podía contar o compartir nada; de hacerlo, hubiera servido para levantar el pitorreo general. O considerarlo un borrachín empedernido. Y eso no.

La incredulidad natural de las gentes acostumbradas a tener los pies en la tierra, hubiera sido demoledora para él. Sus cábalas y pensamientos encontrados, marcaron los siguientes días de la ruta. Ensimismado, su locuacidad y verborrea habían disminuido hasta casi desaparecer. Y la gente lo notó.

-¿Te ocurre algo Cefe? Te encuentro muy apagado y cambiado.

-Nada, nada, el trabajo me agobia. Rehusaba dar más explicaciones.

Llegado al último pueblo, Villafría, había repartido o vendido todo el género acarreado cuando recibió una sorpresa. En lo más oculto de los serones de Manzanita, halló una botellita de agua con una nota en la cual el jefe SMU le rogaba encarecidamente que solo bebiera de ella en caso de enfermedad. Con moderación. El equivalente a una copita de anís.

“RECUÉRDALO, PUES ESTA NOTA SE BORRARÁ EN CUANTO LA HAYAS ABIERTO”. ¡¡Arrea!!, es cierto. Al darle el aire o el sol, que no estaba claro cual fue el actor que la borró, poco a poco las letras fueron desapareciendo. ¡¡Es cierto, es cierto!! ¡¡No fue un sueño!! Aquello le cambió el humor, pero no le desató la lengua pues seguía sin poder probar ante los demás la existencia de los duendes ¿Gnomos? Pero no sería la última sorpresa.

Tan oculta que no la encontró, se hallaba una bolsita con unas piedrecillas verdes, doradas y blancas, casi incoloras. Para que le dieran suerte. Mucho más animado que en días precedentes, a la mañana siguiente inició el viaje a la inversa, cargando las cosas que en el pueblo había recogido para vender en el mercado de la ciudad. Acción que repitió en los pueblos de la ruta.

Desde el principio lo llevaba en la mollera, pero al hallar el agua, la idea se hizo fuerte en su cabeza y al volver, en el mismo lugar donde halló a los gnomos, intentó que Manzanita siguiera el viaje emprendido en compañía de los genios. Ya no sabía como llamarlos, su desconocimiento era total. A partir de ahora, los llamaré hombrecillos, ea, aunque es un poco largo. Mejor duendes. Perdido en estas disquisiciones, pasó una hora, el tiempo empleado por el asno en dar vueltas sin rumbo ni fin.

Se equivocó al pensar que Manzanita encontraría el camino hacia la entrada del poblado mágico. Cualquier conjetura podía ser tanto errónea como válida, por lo que tomó la determinación de regresar a casa sin más demora.

Pasaban el tiempo y los viajes sin novedad. Ceferino, al transitar por el lugar del encuentro siempre estaba alerta, había dejado de dormir cabalgando el asno con la secreta esperanza de volver a encontrar a los duendes. No dudaba que a él lo observaban mas nunca se dieron a ver. Entre tanto sus negocios fueron prosperando; pronto dejaría de realizar aquellos viajes, pues si bien le divertían y ocupaban, debía modernizar su negocio ampliándolo en la ciudad dando cabida en el a los productos que antes recogía por el campo, también ahora admitiría los ajenos sin tener que moverse de su casa. Quizá contratara a alguien que supliera su presencia en los viajes.

Y al fin descubrió la bolsita con las piedras de la suerte. Por poco las tira a la basura. No sabía que hacer con ellas. Tras muchos titubeos, decidió acudir a un experto en minerales para que le informaran sobre las mismas. Parecían bonitas, lanzaban destellos irisados y verdosos a la luz del sol. El experto, indiferente, no les dio importancia. Solo pareció interesarse por su procedencia sin darles valor alguno.

-Son simples piedras, le argumentó. No contento con esta opinión, visitó a un joyero que tenía fama de honrado.

-¡Qué maravilla! ¿Donde las ha encontrado? ¿Son de por aquí? Perdone mi indiscreción, me he emocionado por su belleza. Estas piedras verdes, son esmeraldas, las doradas, pepitas de oro y estas traslúcidas, diamantes en bruto. Es una pequeña fortuna que yo le compraría si usted las vende.

-Son mis piedras de la suerte. Las hallé al hacer limpieza en casa. No se de donde proceden ni porqué estaban allí. Por ahora no tenía intención de venderlas, pero pagaré su tiempo, señor.

-¡Por Dios, no es necesario! Solo le pido que si un día decide venderlas, se acuerde de mí.

Ceferino no salía de su asombro. Desde su encuentro con el jefe SMU, le ocurrían las cosas más insólitas y su suerte había mejorado. ¡Hasta los burros habían rejuvenecido! Sin embargo, tal buenaventura no duraría mucho.

El “ingeniero” en minerales puso en conocimiento de otros individuos el hallazgo y se confabularon para robar las piedras y averiguar de donde procedían. Organizaron una emboscada en el bosque y asaltaron a Cefe en un viaje a las montañas. Cerca del lugar del encuentro con los duendes.

-Nos vas a decir de donde has sacado las piedras.

-Las encontré en mi casa haciendo limpieza. Desconocía que estuvieran allí. El mismo argumento que al joyero. Pero estos facinerosos no se conformarían tan fácil. Le condujeron a una cueva que se encontraba en las inmediaciones y que desconocía. Las manos atadas en la espalda, comenzaron a golpearlo. Para ablandarlo.

Al principio resistió los golpes repitiendo lo que ya les había dicho. Poco a poco, los palos fueron minando su resistencia y moral y acabó por confesar toda la historia. No solo no le creyeron sino que arreciaron en su maltrato pues entendieron se burlaba de ellos. Al cabo de unas horas, estaba tan extenuado que se desmayó. Cuando recobró el sentido, se vio solo pero en el exterior oyó como hablaban sin entender lo que decían.

¡Qué razón tenían los duendes al decirme que era mejor desconocer el lugar y la entrada a la cueva! Y que guardar silencio era primordial. Las piedras han desatado la codicia de estos hombres y puede que mi fin. Realmente debían haberlo previsto y nunca debieron hacerme un obsequio tan peligroso ¿O seré un necio? Un nuevo puñetazo lo sacó de su ensimismamiento.

-Vamos contesta o te sacaremos la piel a tiras. Casi sin fuerzas repitió una y otra vez la verdad. Para ocultarla y no la vean, lo mejor es mostrarla sin tapujos. En la mente del jefe de los torturadores comenzó a hacerse luz creyendo que decía la verdad.

-Hay que cambiar el método y lograr que nos guíe al lugar donde halló las piedras.

-No lo se, me vendaron los ojos al entrar y al salir para que no reconociera el terreno. Latigazos de nuevo, en vano. La cuadrilla de secuestradores la formaban cuatro hombres. El “ingeniero de minas”, que era el jefe, y tres sicarios más.

Cuando se presentó en su oficina con las piedras en busca de información, ordenó a uno de ellos el seguimiento, localización e información sobre Ceferino. Estaban al tanto de su visita al joyero y de sus actividades mercantiles. Sabedores de sus continuos viajes a las montañas con sus burros, decidieron asaltarlo y averiguar todo sobre las piedras y robárselas si las llevaba consigo. De momento, solo habían conseguido martirizarlo y dejarlo con el sentido perdido de nuevo.

-Hay que conseguir que nos indique donde está la entrada de la cueva. Creo que dice la verdad. Nadie aguantaría una paliza tan severa poniendo en peligro su vida mintiendo. Muerto no le servirían de nada. En estas disquisiciones se hallaban cuando uno de ellos exclamó:

-¡¡Mirad!! Un ciervo enorme con dos hombrecillos encima acaba de salir de aquella mata de chaparro.

Era cierto. Los recién aparecidos se quedaron mirando al grupo de hombres sin decidirse a tomar una dirección pues parecían haberse asustado al verlos.

-¡¡Vamos a por ellos!! Gritaron los ladrones.

Entonces el ciervo, esperando se acercaran un poco más, dio la vuelta penetrando otra vez en la cueva de donde acababa de salir. Esta se hallaba oculta por la vegetación. Llegados a este punto, los cuatro hombres se pararon e inspeccionaron la entrada. Parecía una mina abandonada.

-Hay que conseguir algo para poder ver. Trae una linterna.

Por las dimensiones de la entrada, aquella no era la que Ceferino había seguido pero sin duda los dos duendecillos podían ser los mismos que a él recurrieron. Ya con la linterna a punto, los cuatro penetraron comprobando que la cueva se prolongaba hacia el interior. Convencidos de que eran los duendes de los que les habló Cefe, no dudaron en seguirlos dentro. Cuando ya habían avanzado lo suficiente como para impedirles retroceder rápidamente, se produjo un hundimiento que enterró prácticamente a los hombres para siempre dentro de ella. El tamaño de las piedras haría imposible removerlas.

Aunque Ceferino nunca lo averiguaría, este era el secreto que el jefe SMU se negó a revelarle en la conversación mantenida tras la cena. Cuando el secuestrado recobró de nuevo la lucidez, se encontró a Ton y Son junto a él y al ciervo Bert echado a su lado.

-Me dijisteis que no me penaría ayudaros y así es, pero mirad como me encuentro. Un poco más y no la cuento por culpa de estos miserables.

-No podíamos dejar que esos hombres te mataran a palos. Al fin y al cabo te encuentras en este estado por nuestra culpa. Bert, cuando se enteró de tu situación, quiso devolverte el favor que le hiciste al salvarle la vida. Ahora todo ha acabado, esos hombres ya no son un peligro para tí. El gran jefe SMU te recomienda que si necesitas vender las piedras, lo hagas lejos, donde no te conozcan para que no vuelvas a encontrarte en una situación tan trágica y peligrosa como esta.

-Y debes conocer algo más de nuestro país. Es la tierra de la fantasía y la ilusión. Todo el año nos dedicamos a fabricar juguetes que luego se reparten por todo el mundo en una noche mágica. El ciervo Bert, al que aquí ves completamente recuperado, es el guía que conduce al trineo cargado de regalos. Por eso nos era imprescindible su recuperación que gracias a tí tuvo lugar.

-Toma un sorbo de este frasco para que te recuperes de las heridas con rapidez. Cuando estés en condiciones de viajar de nuevo, reanuda tu vida de siempre y sé prudente; NUNCA jamás vuelvas a mencionar estas vivencias pues ya ves que solo acarrean problemas y desdichas por la codicia de los inmorales. Si te hallas enfermo, bebe un sorbito del agua que el jefe SMU te regaló, hará que mejores.

El ciervo, acercó su testuz a la mano del herido para que lo acariciara. Dándole unos lametones, quiso mostrarle su agradecimiento.

-Adiós amigo. Y montando sobre Bert, desaparecieron.

Ceferino, tomó al pie de la letra los consejos recibidos. Se casó, tuvo niños y cada Navidad veía a sus amigos en el balcón de su casa. Y gracias al agua milagrosa, y la prudencia, se hizo muyyyy longevo....

Dedicado a mi nieta
AL BORDE DEL CAMINO Código: 1106039372947