Amigos del castillo de Peracense

https://www.facebook.com/amigosdelcastillodeperacense/

martes, 31 de enero de 2012

domingo, 22 de enero de 2012

Atrincherada

El general Palafox, se levantó de madrugada presa del insomnio provocado por el asedio de los franceses a la ciudad. Había mandado fortificar con trincheras y fosos los puntos más débiles de las defensas ciudadanas. Le extrañó no ver a nadie en los pasillos por lo que raudo se dirigió a la salida creyendo que la toma se había consumado. Al llegar a la calle, casi le da un soponcio. Todo vallado, la calzada llena de zanjas y pozos cual si varias compañías de zapadores hubieran desarrollado una actividad frenética construyendo fosos para contener al invasor. ¿Qué está ocurriendo aquí? Esa pregunta sin respuesta, pues a nadie en concreto iba dirigida, se había hecho a sí mismo Juan, cuando por necesidad médica hubo de ir al centro a primera hora de la mañana. Solo “bajaba a Zaragoza” en caso extremo y este lo era. No había autobuses para ir al Paseo Independencia, las calles por las que mentalmente preparó el itinerario, estaban cortadas o en dirección contraria. No hablemos de las retenciones y atascos de circulación. Harto de soportar tanto contratiempo, se metió por una calle sin salida tras Capitanía y dejó el auto, más bien lo abandonó a su suerte. “Que se lo lleven los municipales si quieren” murmuró entre dientes, de mal humor. Al pasar por la fachada del edificio de Capitanía, entre los escombros de la Plaza Aragón, creyó ver a alguien que, vestido de una forma rara o disfrazado, entraba al edificio echándose las manos a la cabeza y gritando “¡los fusilo! ¡los fusilo!”.
Dibujo tomado del blog de JR. Gracias

Relato premiado por la federación de <asociaciones de Barrios de Zaragoza

viernes, 20 de enero de 2012

El Moro

Anochecía cuando llegaron a los límites del bosque. Los viajeros estaban perdiendo la esperanza de llegar con aquel tiempo a la Posada de las Merindades, sita a unos centenares de metros del final de la frondosa pineda. Jalonada esta por centenarios árboles como encinas y sabinas, la fuerte nevada estaba borrando toda huella del discurrir del camino, solo adivinado por los troncos de los árboles que, a modo de guías, lo señalaban. Los caballos inclinaban la frente intentando protegerse del azote de la ventisca que comenzaba a arreciar por momentos.
-Dios mío, ¿qué vamos a hacer?, se lamentaba la viajera. Vamos a perecer helados si nos quedamos atrapados. El Moro, de raza Mastín del Pirineo, adaptado a esas duras condiciones climáticas y buen conocedor del contorno, -se crió en la venta-, intuyendo el problema avanzó unos metros y con sus ladridos, alertó de una oquedad en el terreno preservada por una frondosa sabina. Allí podrían pasar la noche protegidos, personas y animales.

Hecho esto desapareció, dejando preocupados a los pasajeros. Al cabo de dos horas, reapareció ladrando con fuerza. Tras el venían gentes de la posada en su socorro. La mujer, no pudo reprimir el llanto abrazando  al can salvador. 
(y III)

jueves, 19 de enero de 2012

Xiscu

Había en el bosque una enorme carrasca en cuya cúpula un par de cigüeñas tenían su hogar. Año tras año, allí criaban a sus hijos. Xiscu era un niño de unos ocho años, que se encontraba solo y en silencio, pedía un/a hermanito/a para jugar.  

Un día, su amigo Colás, estaba eufórico: ¡la cigüeña me ha traído un hermanito! Xiscu no salía de su asombro ¿cómo podía ser eso? Él llevaba mucho tiempo formulando ese deseo sin obtener resultados. Entonces recordó como en el bosque, en lo más alto de la gran carrasca, estaba el nido de las cigüeñas. En su imaginación comenzó a tomar fuerza una idea. Iría hasta allí, al pie del gran tronco, a rogar a las cigüeñas la entrega de un hermanito. Y no pensaba regresar sin una promesa en ese sentido. Dada la voz de alarma por la desaparición del niño, organizaron batidas para buscarlo. Recorrieron lo más intrincado del bosque sin éxito y cuando al amanecer unos batidores regresaban por el camino que cruza bajo la encina, hallaron al niño acurrucado y dormido al pie de esta.

-¿Qué haces aquí? Le preguntaron estupefactos.

-Quiero pedirles a las cigüeñas un hermanito, fue su respuesta.

miércoles, 18 de enero de 2012

Viaje a Santiago



Ya conocía Santiago pues había estado estudiando allí. Pero sentía morriña, lo mismo que ahora. Dicen, que quien bebe agua de la fuente de Canaletas en las Ramblas de Barcelona, -otro lugar añorado-, vuelve. A ambos lugares, es mi intención retornar.

Acababa de estrenar coche. De segunda mano, que las finanzas no andaban boyantes. (Como escribí en un post, cuando podemos gastar el dinero, no lo tenemos). Deseaba hacer un viaje a Compostela y aproveché que mi primo estaba de baja por accidente de trabajo para convencerle -no necesitó mucho, la verdad-. Así es que un jueves, a las doce de la mañana, emprendimos la aventura. Previo estudio de la ruta a seguir.

En Calatayud, comimos una ensalada y unas costillas a la parrilla, que recuerde. Fuimos por carreteras secundarias acortando terreno hasta salir a Aranda de Duero. Siguiendo la misma pauta, llegamos a Astorga donde cenamos. Entre otras cosas, unas rodajas de merluza de primera.

Cruzamos, ya de noche, el puerto de san Clodio con un talud de metro y medio de nieve. Los ojos brillantes de una raposa nos saludaron al coronar la cima. En aquellos tiempos, mencionaban a menudo por la radio, al puerto de Piedrafita y a este. Eran muy nombrados por las veces que estaban cerrados. A dormir, a Monforte de Lemos.

Precioso amanecer el que pudimos contemplar en esa localidad. Ya en ruta, nos dedicamos a requisar unas castañas. Era otoño y estaban en el suelo. Carreteras horribles y malas en aquellos tiempos. Y no encontrábamos un lugar en el cual poder almorzar. Cosa que no pasa aquí, que en cualquier sitio había/hay un bar y más en carretera. Pero hallamos, tras preguntar, un establecimiento en el cual nos sirvieron unos huevos fritos con pan del día (Jo, la boca se me hace agua).

Al medio día, llegamos a Santiago. La visita de rigor a la catedral y al Apóstol. Un garbeo por los alrededores, la rúa del Villar?? y asomarnos al Campo de las Naciones, lugar donde estuve estudiando. Un botafumeiro de plata para el coche.....y carretera y manta. A comer, a Lugo ya rozando las cuatro de la tarde. Un entrecot como dios manda de segundo. Menestra de primero.

Conduje hasta La Bañeza donde cenamos. Allí me derrumbé....

To be continued

Al borde del camino

Navegando por procelosos e ignotos mares arribó al sitio. Al borde del camino, en la maraña de aquella tupida red, no percibió que quizá el sendero ocultara alguna trampa o tal vez le introduciría a un bosque encantado. Era necesario penetrar a fondo aquel frondoso y lujurioso follaje para vivirlo y escucharlo; para disfrutar de la armonía más maravillosa. El trino de los mirlos, de los ruiseñores más exquisitos a dúo con las oropéndolas, los grillos más incansables con su cric-cric monocorde, la fragancia de sus sotos y sobre todo ella, el Hada Blanca de los sueños inacabados. Siempre rodeada de un halo que la ocultaba y precedida por una corte de ninfas y elfos saltarines. Sería llamado a ser el roble bajo cuya copa la magia buscaría refugio. Cautivo de aquel hechizo, creyóse de verdad sus sueños, hasta que un día la dama blanca despreció su cobijo y desapareció; el bosque se marchitó y las ramas y hojas del viejo roble, se consumieron. Cuando pasado un tiempo al Hada llegaron los atribulados ruegos del lobo, quiso regar las raíces del árbol con sus lágrimas y devolverle la vida. Solo percibió el triste lamento de los moradores del atribulado bosque.

http://estanochetecuento.blogspot.com/

lunes, 16 de enero de 2012

RAMBO

Rambo, era el apelativo que empleaban sus numerosos colegas para dirigirse a él, aunque en realidad su nombre era Raimundo. Carpanta, su perro, era inseparable en sus andanzas y quehaceres, y cuando por algún motivo o necesidad debía abandonar sus exiguas pertenencias en la calle, el can se encargaba de que nadie, bajo ningún concepto, se acercara a ellas y mucho menos las robara. Más de uno, en sus manos o pantorrillas, podía dar fe de ello. Rambo, había ido dando tumbos por la vida, como un canto rodado es arrastrado por un torrente de aguas turbulentas. De aquí para allá, permaneciendo algún tiempo sosegado, hasta la próxima riada.
Sin ocupación habitual hacía años, su vida transcurría entre la descarga ocasional de camiones en el mercado de abastos de la ciudad y buscar el sol o la sombra, según la estación y el clima. Últimamente, se había aficionado a frecuentar un bar aledaño al mercado, La Patata Brava, cuya barra era atendida por una camarera de la cual Rambo bebía los vientos. Así era normal ver a los dos, dueño y perro, embelesados por lo que había tras y encima de la barra. Con la cabeza entre los brazos y estos apoyados en el mostrador del bar, sus ojos la seguían incansablemente del mismo modo que los aficionados al tenis siguen la trayectoria de la pelota. Bien es verdad que ambos dos tenían razones bien diferentes para tan singular seguimiento: Rambo se extasiaba viendo e imaginando el contorno de sus bien modelados muslos, hasta donde la espalda pierde su casto nombre. Carpanta, por un lado estaba pendiente de la chica, Susi, que así se llamaba, por si esta le lanzaba alguna chuchería o resto de comida; de otro, al tiempo que la boca se le hacía agua, contemplaba las bien surtidas bandejas llenas de madejas, callos, tortilla de patata, el jamón –sin importarle que no fuera pata negra- y otras muchas cosas, alguna de las cuales no peligraban de ponerlas a su alcance. También tenía su paladar.
Raimundo, recordaba como en sus años mozos trabajó de camarero de barra y comedor, en bares y restaurantes de su ciudad, en la Costa Blanca y la Costa Cálida.

Divina juventud que todo lo puede y que en su inconsciencia no prevé el futuro. Trabajaba al verano y el invierno lo dedicaba a fundir las ganancias. Intentó en varias ocasiones conservar un trabajo fijo, pero él no estaba hecho para eso. Fuera de temporada, solo hacía extras en banquetes. Con la llegada de las golondrinas, emprendía el vuelo en busca del mar. Un mal amor, hundió a Raimundo en la más absoluta miseria moral, perdiendo a raíz de esa amarga experiencia el interés por la profesión y la vida; convirtiéndose en uno de esos parias que por razones inexplicables, para los demás, se ven abandonados, en cualquier banco, o cajero, por las ciudades. A veces recordaba los malabarismos que tras la barra realizaba encandilando a las clientas; su pajarita y estilo, impecables. Incluso como en ocasiones, junto al dinero de la cuenta, halló un número de teléfono o de habitación, invitación a pasar una noche de amor. Ahí encontró su talón de Aquiles y su perdición.
De pronto, unos gritos lo sacaron de su ensimismamiento. Un asaltante, empuñando una navaja, había cogido del cuello a la camarera y le exigía el dinero de la caja. “¡Hombre no! Esto degenera, vamos de mal en peor… Cómo puede ser que a estas horas de la mañana, de madrugada, venga alguien a desvalijar a los trabajadores.” Raimundo se escandalizó.
 -“Si no me sueltas no puedo hacerlo”, argumentó Susi casi sin voz. El ladrón, la dejó y amenazó al resto de parroquianos presentes en ese momento en el bar. Rambo no se había movido, pero había cruzado una mirada con Carpanta y ambos, al pasar el caco a su lado, se lanzaron en tromba contra él. Rodaron por el suelo y el perro agarró una mano al navajero al tiempo que Rambo intentaba sujetar la mano armada del asaltante. En el forcejeo, la navaja se clavó en su costado y el perro, al ver herido a su dueño, se lanzó a la yugular del ladrón zanjando de inmediato la pelea. La reacción de los presentes hizo el resto. Acudieron policía y ambulancias a cumplir su cometido y socorrer a los heridos. Cuando a Raimundo, malherido, lo evacuaban los sanitarios, Susi se acercó a la camilla y le dio un beso.” Mal debo estar, -pensó para sí-, cuando los ángeles salen a recibirme”. “Tranquilo, tú ponte bueno, que de Carpa me encargo yo”, susurró a su oído agradecida.
(CARPANTA MENEA SU COLA DE ALEGRÍA)