miércoles, 18 de enero de 2012

Al borde del camino

Navegando por procelosos e ignotos mares arribó al sitio. Al borde del camino, en la maraña de aquella tupida red, no percibió que quizá el sendero ocultara alguna trampa o tal vez le introduciría a un bosque encantado. Era necesario penetrar a fondo aquel frondoso y lujurioso follaje para vivirlo y escucharlo; para disfrutar de la armonía más maravillosa. El trino de los mirlos, de los ruiseñores más exquisitos a dúo con las oropéndolas, los grillos más incansables con su cric-cric monocorde, la fragancia de sus sotos y sobre todo ella, el Hada Blanca de los sueños inacabados. Siempre rodeada de un halo que la ocultaba y precedida por una corte de ninfas y elfos saltarines. Sería llamado a ser el roble bajo cuya copa la magia buscaría refugio. Cautivo de aquel hechizo, creyóse de verdad sus sueños, hasta que un día la dama blanca despreció su cobijo y desapareció; el bosque se marchitó y las ramas y hojas del viejo roble, se consumieron. Cuando pasado un tiempo al Hada llegaron los atribulados ruegos del lobo, quiso regar las raíces del árbol con sus lágrimas y devolverle la vida. Solo percibió el triste lamento de los moradores del atribulado bosque.

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