domingo, 22 de enero de 2012

Atrincherada

El general Palafox, se levantó de madrugada presa del insomnio provocado por el asedio de los franceses a la ciudad. Había mandado fortificar con trincheras y fosos los puntos más débiles de las defensas ciudadanas. Le extrañó no ver a nadie en los pasillos por lo que raudo se dirigió a la salida creyendo que la toma se había consumado. Al llegar a la calle, casi le da un soponcio. Todo vallado, la calzada llena de zanjas y pozos cual si varias compañías de zapadores hubieran desarrollado una actividad frenética construyendo fosos para contener al invasor. ¿Qué está ocurriendo aquí? Esa pregunta sin respuesta, pues a nadie en concreto iba dirigida, se había hecho a sí mismo Juan, cuando por necesidad médica hubo de ir al centro a primera hora de la mañana. Solo “bajaba a Zaragoza” en caso extremo y este lo era. No había autobuses para ir al Paseo Independencia, las calles por las que mentalmente preparó el itinerario, estaban cortadas o en dirección contraria. No hablemos de las retenciones y atascos de circulación. Harto de soportar tanto contratiempo, se metió por una calle sin salida tras Capitanía y dejó el auto, más bien lo abandonó a su suerte. “Que se lo lleven los municipales si quieren” murmuró entre dientes, de mal humor. Al pasar por la fachada del edificio de Capitanía, entre los escombros de la Plaza Aragón, creyó ver a alguien que, vestido de una forma rara o disfrazado, entraba al edificio echándose las manos a la cabeza y gritando “¡los fusilo! ¡los fusilo!”.
Dibujo tomado del blog de JR. Gracias

Relato premiado por la federación de <asociaciones de Barrios de Zaragoza
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