sábado, 3 de noviembre de 2012

COLOMES


En los albores de mi memoria, decir de mi conocimiento sería presuntuoso ya que empiezo a dudar de haberlo tenido nunca, quedó grabada sin el más mínimo titubeo la cantinela que en un momento del desarrollo de la ceremonia religiosa, o sea la misa, se oficiaba. Le llamaban “la rogativa” y era ni más ni menos que la relación de personas difuntas sobre las que se pedía, previo óbolo al mósen de turno, un paternóster por el eterno descanso de su alma. Esta salmodia comenzaba inexorablemente de esta forma: “Por el eterno descanso de las almas de Baltasar y María Gómez, Paternóster”.

Durante mi estancia en el pueblo en el próximo pasado verano/otoño, inquirí a mis parientes mayores, y en concreto a mi tío, sobre varios temas y uno de ellos trataba de averiguar quienes eran los finados. Me explicó que debieron ser los donantes de alguna o todas las campanas de la iglesia, pues en una de ellas así figura “escrito” en la misma. Quedé estupefacto pues con la de veces que habré estado en el campanario, nunca se me ocurrió ilustrarme sobre los escritos que en ella, o ellas, figuran. O falta de interés o escrito en algún latinajo indescifrable. He de confesar que no fui nunca aguerrido atacante de las campanas; las traté siempre con respeto y a distancia, lo cual no quiere decir que no las bandeara cuando subía al campanario; había mozos que se colgaban de ellas para conseguir darle la vuelta en una acción muchas veces temeraria según mi cobarde opinión. Pero luego las abordaba junto al resto para intentar “encanarlas”. Significaba que era tal la velocidad del volteo, que el badajo se mantenía sin tocar y tañer al bronce.
Dispuesto a iluminar mi ignorancia sobre la información obtenida, decidí que cuando el mósen, que viene de fuera, tocara a misa el domingo, le esperaría y pediría permiso para subir al campanario. Tal acción me libraría de posteriores posibles problemas. Así lo hice y cuando salía de dar el primer toque, lo abordé realizando la petición y el motivo que la inducía. “Soy nacido aquí y he subido cientos de veces al campanario”.  “Tenga cuidado que no se como están las escaleras, prefiero que se caiga una campana a una persona”. “No se preocupe, ahora voy por una linterna”. Así lo hice, más que nada para tranquilidad de ambos ya que nunca empleábamos linterna alguna para subir o bajar al campanario, aunque reconozco que existe un tramo bastante oscuro.

El abandono en el que encontré tanto la escalera como el campanario es total. Las palomas, esos bichos por los cuales sentimos tanta reverencia y admiración, los han colonizado y llenado de sus mierdas, llamadas palomina. Construyen sus nidos en la escalera, -hallé dos pichones ya grandes, hasta el punto que uno arreó escaleras abajo volando a trompicones, y un nido con dos huevos-, y el campanario daba asco de como se encontraba. Me resultó imposible poder discernir cualquier texto en alguna de las campanas debido a las cagadas que sobre las mismas habían depositado las piadosas aves. Como esperaba que de un momento a otro hiciera sonar el segundo toque, esperé para que no me cogiera de improviso dándome un sobresalto. Tomé algunas fotos del exterior y del interior, dando lástima las últimas. Pobres campanas. Seguro que los anteriormente nombrados donantes, se revolverían en sus tumbas de verlas en el estado actual; aunque ya lo harían cuando la citada rogativa fue eliminada, desconozco el porqué.
 

 
Al bajar la escalera, tuve oportunidad de fotografiar el nido con dos huevos y al palomo que había quedado, y que como estaba a oscuras, no vio la mano que lo atrapaba; el flash lo reflejó perfectamente en un rincón de los peldaños. Al llegar a la entrada de la iglesia, el pichón ahuyentado volvió hacia la entrada de la escalera, donde pende la cuerda para accionar el badajo de la campana de llamada a misa. Como el tramo oscuro comienza allí, tengo para mí que el bicho la palmó pues no sabría subir en busca de su hermano. No quise perseguirlo pues acudía personal y pensarían mal, aunque seguro que más de uno me vio como ladrón de pichones, ignorando el motivo de mi estancia allí. Esperé a que el cura viniera a dar el tercer y último toque para darle las gracias pero en su lugar acudió un feligrés. “Déjame, ya doy yo el tercer toque, que me hace ilusión” “Vengo por lo mismo”, me contestó. “Pues démoslo al alimón”. Así, agarrados a la soga, lo hicimos como dios manda, a la antigua; este cura, con siete u ocho badajazos, se conforma y las mujeres no se enteran.
 

Para darle vueltas a esta, hay que echarle tres pares, por lo menos
 
De esta excursión saqué una conclusión: hacienda tu amo te vea y si no, que te venda. Solo hay un problema: la hacienda es de la iglesia excepto cuando hay que ponerlas, pues han de ser los parroquianos o los gobiernos, en definitiva la ciudadanía, quienes con sus dineros deben conservar los edificios. Son muy listos los curas, han puesto a su nombre cuanto bien mueble o inmueble ha quedado al alcance de sus manos y luego lo han vendido, como la casa parroquial del pueblo. Pasó a manos particulares sin enterarse nadie de la venta ni del precio. Eso sí, el nuevo propietario es primo hermano de un cura nacido en el pueblo. Al fin, todo queda en casa, dineros incluidos.