martes, 13 de marzo de 2018

DIARIO DE UN GLÓBULO, ROJO

Esta tarde, tras un rato de descanso, he acometido la difícil tarea de seguir el culebrón que por circunstancias ajenas a mi voluntad llevo tiempo visionando (joder que palabro). Me he piscoanalizado llegando a la conclusión de que su seguimiento es producto de la imposibilidad de huir de él. Nadie me obliga a verlo, pero si no lo hago, ¿cómo diantres (coño) voy a quemar esa hora de reloj y tarde?

Más tarde me he liado, nunca mejor dicho, con un aparato de TV que el muy vaina (cabrón) pierde la imagen, no el sonido, una vez consumidos unos minutos, encendido. Lo he tenido 15 días en una clínica de aficionados pero me lo han devuelto con los mismos síntomas y sin arreglar. Metido en camisa de once varas, -por cierto que el otro día comprobé en una web la medida en metros de una vara, 0,768, aunque en las costillas resulta demasiado larga y muy pesada-, mando en ristre, al final ha ocurrido lo que era presumible que sucediera: he perdido lo poco de TV que me quedaba. Han desaparecido los canales y la pantalla de configuración y búsqueda de emisoras. Como la Virgen solo se aparece a los tontos, cuando ya estaba lamentando mi estupidez, he apretado un botón del mando y como por arte de magia han vuelto los canalones previamente sintonizados. Pero no he quedado conforme ni me he dado por vencido: varias frecuencias no se pillaban, no las captaba el vaina (cabrón) del aparato. He desmontado el terminal de la antena y añadido un poco de papel de aluminio para reforzar la masa del mismo. Al final he conseguido tener los canales y eliminado los que detesto, sobre todo los TDTs del tintorro party, pero la televisión sigue perdiendo la imagen cual si estuviera o estuviese, el menda, en una cabina porno a la que continuamente hay que añadirle monedas para que siga dando calor. Moralmente reforzado, pero sin plumas y cacareando como el gallo de Morón, sentado en el sofá me he liado la manta a la cabeza, literalmente, y desconectando del exterior, he comenzado a divagar de forma inconexa, ya que es lo que mejor se me da. Entonces ha surgido lo de fabricar un post con el título de la entrada actual u otro distinto: “diario de una avispa cojonera”. Ya sé que no pega ni con cola, pero es que tengo fijación con las (hijoputas) avispas. De crío, me picó alguna abeja con causa y otras sin ella. Cuando iba con el tío a cortar las colmenas, era obligatorio y hasta un orgullo, que alguna abeja te clavara el aguijón y volvieras luciendo las manos hinchadas. No lo fue tanto aquella vez en la cual, tras apedrear unas colmenas, un bicho de aquellos me picó en la sien y pasé dos días con el ojo hinchado y cerrado. Alguna te espabilaba cogiendo rosa o esbrinando, pero no recuerdo con especial odio a esos insectos. Todo lo contrario a las avispas: las odio a muerte. Llevo unos años de mala suerte con ellas: no me escapo sin que alguna, por fas o por nefas, me pique en la mano (y menos mal). Sobre todo al tirar botellas a los contenedores de reciclado. Las muy putas están dentro, y cuando de forma cívica y cándida te acercas a depositar tus botellas dando ejemplo de buen ciudadano, sientes una fortísima quemazón en un dedo que en principio te deja dolorido, desconcertado y amargado por el escozor. Te das cuenta de quien ha sido, cuando la muy puta u otra, intenta repetir la hazaña y tienes que defenderte como puedes y poner pies en polvorosa. Este verano, en el pueblo, llovía y dejé el paraguas fuera de casa, en la puerta, pero dentro de la cortina antimoscas (es un decir). Al ir a recoger el paraguas para guardarlo dentro del baño, lo agarro por la empuñadura sintiendo a la vez el fuego eterno en un dedo. Incrédulo, miraba el mango y el dedo sin dar crédito a lo ocurrido hasta que algo se iluminó en mi mollera: ha sido una avispa. Salgo a la puerta y efectivamente, en el suelo estaba la hijaputa autora del picotazo. Pagó caro el evento: mi pie no tuvo piedad con ella; se cebó hasta vengar a la otra extremidad herida, pero no me pude librar durante tres días con sus noches del picor exacerbado, la inflamación y la desazón, a pesar de ponerme amoniaco, vinagre y hielo sobre la misma. Una vez, en el monte cazando, me di de bruces, bueno encontré, un caño de zorra en un ribazo repleto de avispas; cientos, quizá miles. Nada les hice ni me atacaron, aunque tentado estuve de pegarles un par de tiros. Quizá hubiera significado mi pena de muerte de haber obrado de forma tan inconsciente. Eso creo y pienso ahora. Es una lástima que no tengamos un disco duro externo al cual conectar nuestro cerebro cuando navegamos por el espacio etéreo e incontrolado de la mente. Se podrían escribir cientos de post y hasta algún libro. De forma analfaburra, pero libro al fin y al cabo ¿no hay premios Nobel que plagian obras ajenas y otros que da cagalera leerlos? Como el vino de baja graduación que se elaboraba de las viñas de mi pueblo: ácido y malo malismo, pero caldo de uva puro, sin trampa ni química. Y es que aquello de sintagma, a quienes no hemos pasado de sujeto y predicador, que ahora ya confundo con un fraile pensionista recuerdo de mi niñez subido al púlpito de la iglesia en visita evangelizadora, nos pilla ya muy lejano a pesar de que ahora está en boca de todos por las movidas que preparan allí los griegos atenienses y los que no, en la plaza del mismo nombre. Pasan raudos, pensamientos e imágenes; imposible cazarlos todos al vuelo para poder pergeñar algo con sentido o que no chirríe al leerlo. Hazañas imposibles en el tiempo y el espacio que, en la soledad, hasta el más cobarde urde. Desde volar sin alas, hasta romperle los morros al matón o al hijoputa que no tragas; le dices de todo y le pones los ojos a la funerala e hinchados pero sin botox. Hasta pensamientos impuros que acaban siendo inconfesables. Solo aquí te atreves a asomarte a los Casares desde lo alto del castillo y entonces recuerdas aquellos sueños, mejor pesadillas, en las que te ves al borde del abismo, presa del vértigo y la altura y que tras esos momentos de angustia, inexplicablemente, te ves con los pies en el suelo libre de aquel precipicio. Dicen que el subconsciente te advierte de algún peligro; en demasiados he debido hallarme yo, pues muchas han sido las veces, a lo largo de mis insomnios, que mi Pepito Grillo me ha avisado. No veas como te lo pasas si entra por casualidad alguna cara conocida; vas de flor en flor, libando como un abejorro atontao de los labios conocidos, de los desconocidos y de los que te hubiera gustado conocer. Libre de ataduras y presencias, exploras y recuerdas hitos del pasado, perfumes y sabores y cual judío errante en tu particular muro de las lamentaciones, lloras, suspiras e imaginas aquellos perfumes y sabores que nunca fueron y los que habiendo sido, jamás renacerán. Como mis infelices años veinte. El tiempo y el espacio te alejan de ellos a la velocidad de la luz o quizá mucho más: la imaginación te lleva y te trae a un sinfín de lugares y recuerdos que resultan inaccesibles sin ese disco duro externo. Invades intimidades ajenas, te solazas con ellas y estando en ellas, un microsegundo después te hallas en los confines del mundo mundial, allá donde el universo finaliza y te preguntas, ya no por lo que llevabas entre manos ese nanosegundo anterior, sino por dónde ha ido a parar el Creador de todo esto. Y estando allí, adivinas que algunos han vivido equivocados durante demasiado tiempo: no es posible que ante tanta grandeza incomprensible, su hacedor se haya dignado venir aquí a morir a manos de tanto bárbaro asesino. Si con los teratrillones, o más, de estrellas y planetas que existen o han sido, es imposible incluso para Él dar con esta minicagarruta universal.Y piensas en lo grande y maravilloso que debió ser este planeta hace unos cuantos días cuando lo moraban animales gigantescos hoy extinguidos; árboles no menos impresionantes y que algo se le debió ir de la mano al informático fundador del código fuente para que todo aquello desapareciera, quizá un cesto de bytes cuando fue a buscar setas; para mí que fue la sal. Y después, acojonado, ya no ha tenido valor (cojones) para volver más. De pequeños nos enseñaron que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Embusteros, el asunto fue al revés: el hombre, algunos hombres, crearon a Dios. Maquino como sacar adelante las confidencias con Agapito, un ratón que es muy pito. Me estanco en las mismas, porque tan pronto estoy cascándome con los primos que me engañaron la noche de san Juan, como pensando en los años que tendría Matesa cuando yo trillaba en la era del tío y ella subía a la de su padre. Pardonne-moi, c'est un caprice d'enfants. Tenía ya casi completa la aventura del descubrimiento de la biblioteca en la roca de la fortaleza y un cortocircuito en la alimentación jodió el disco duro y con él, cuantos archivos vivos o muertos se guardaban en su interior. Eine Grossen Putaden. Ya tengo algo en común con el creador del Algoritmo mundial: ambos la cagamos. A pesar de mis irreverentes palabras en su contra, ayer participé, una vez más, en un putiferio de estos de escribidores. Se precian de dar el premio más grande del mundo por palabras escritas. Por cien palabras, 20.000$ Y digo yo, si las editoriales solo premian a escritores consagrados, cuando no les encargan directamente los libros ganadores, como el nobel plagiador ¿Para qué convocan concursos? Mi no comprender, pero a pesar de ello, yo sigo. Y menos mal que la mayoría de las ideas han desaparecido, si no, me canta el lucano escribiendo tonterías. Reitero el lamento por no poseer un disco duro de memoria externo, quizá se haya perdido algún flash o idea mucho más positiva y brillante que estas. Lo cojonudo es que los fines de semana lo hecho de menos.
Rosa de zafrán con abejita

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