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miércoles, 18 de enero de 2012

Viaje a Santiago



Ya conocía Santiago pues había estado estudiando allí. Pero sentía morriña, lo mismo que ahora. Dicen, que quien bebe agua de la fuente de Canaletas en las Ramblas de Barcelona, -otro lugar añorado-, vuelve. A ambos lugares, es mi intención retornar.

Acababa de estrenar coche. De segunda mano, que las finanzas no andaban boyantes. (Como escribí en un post, cuando podemos gastar el dinero, no lo tenemos). Deseaba hacer un viaje a Compostela y aproveché que mi primo estaba de baja por accidente de trabajo para convencerle -no necesitó mucho, la verdad-. Así es que un jueves, a las doce de la mañana, emprendimos la aventura. Previo estudio de la ruta a seguir.

En Calatayud, comimos una ensalada y unas costillas a la parrilla, que recuerde. Fuimos por carreteras secundarias acortando terreno hasta salir a Aranda de Duero. Siguiendo la misma pauta, llegamos a Astorga donde cenamos. Entre otras cosas, unas rodajas de merluza de primera.

Cruzamos, ya de noche, el puerto de san Clodio con un talud de metro y medio de nieve. Los ojos brillantes de una raposa nos saludaron al coronar la cima. En aquellos tiempos, mencionaban a menudo por la radio, al puerto de Piedrafita y a este. Eran muy nombrados por las veces que estaban cerrados. A dormir, a Monforte de Lemos.

Precioso amanecer el que pudimos contemplar en esa localidad. Ya en ruta, nos dedicamos a requisar unas castañas. Era otoño y estaban en el suelo. Carreteras horribles y malas en aquellos tiempos. Y no encontrábamos un lugar en el cual poder almorzar. Cosa que no pasa aquí, que en cualquier sitio había/hay un bar y más en carretera. Pero hallamos, tras preguntar, un establecimiento en el cual nos sirvieron unos huevos fritos con pan del día (Jo, la boca se me hace agua).

Al medio día, llegamos a Santiago. La visita de rigor a la catedral y al Apóstol. Un garbeo por los alrededores, la rúa del Villar?? y asomarnos al Campo de las Naciones, lugar donde estuve estudiando. Un botafumeiro de plata para el coche.....y carretera y manta. A comer, a Lugo ya rozando las cuatro de la tarde. Un entrecot como dios manda de segundo. Menestra de primero.

Conduje hasta La Bañeza donde cenamos. Allí me derrumbé....

To be continued

Al borde del camino

Navegando por procelosos e ignotos mares arribó al sitio. Al borde del camino, en la maraña de aquella tupida red, no percibió que quizá el sendero ocultara alguna trampa o tal vez le introduciría a un bosque encantado. Era necesario penetrar a fondo aquel frondoso y lujurioso follaje para vivirlo y escucharlo; para disfrutar de la armonía más maravillosa. El trino de los mirlos, de los ruiseñores más exquisitos a dúo con las oropéndolas, los grillos más incansables con su cric-cric monocorde, la fragancia de sus sotos y sobre todo ella, el Hada Blanca de los sueños inacabados. Siempre rodeada de un halo que la ocultaba y precedida por una corte de ninfas y elfos saltarines. Sería llamado a ser el roble bajo cuya copa la magia buscaría refugio. Cautivo de aquel hechizo, creyóse de verdad sus sueños, hasta que un día la dama blanca despreció su cobijo y desapareció; el bosque se marchitó y las ramas y hojas del viejo roble, se consumieron. Cuando pasado un tiempo al Hada llegaron los atribulados ruegos del lobo, quiso regar las raíces del árbol con sus lágrimas y devolverle la vida. Solo percibió el triste lamento de los moradores del atribulado bosque.

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